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lunes, 20 de septiembre de 2010

He tenido un sueño

Anoche tuve un sueño. No voy a decir que era un sueño raro, porque lo raro es que un sueño sea normal, y en este al menos todos los personajes, probables trasuntos de mí mismo, eran normales, es decir, que no tenían dos cabezas, ni levitaban, ni eran el capitán Trueno. Era un sueño hipoglucémico, de esos que a mí me gustan, porque son como una adivinanza estructural, un acertijo, y al mismo tiempo un aviso de muerte, una espada de Damocles escondida en el subconsciente. En este caso la repetición, que siempre cambia a condición de ser siempre la misma señal de alerta subrepticia, consistía en que todos los comensales de una mesa hablaban por turnos del mismo amigo muerto hacía pocas semanas: Toledo, también llamado Tacoronte. O sea, yo mismo, en un coma diabético irreversible como no me despertara y me levantara de la cama. Pero me estoy adelantando, porque eso sucedió a mitad del sueño.

Estábamos caminando por el monte, tal vez haciendo el camino de Santiago asilvestrado, y éramos creo que tres, aunque tal vez fuéramos cinco. Yo no notaba el cansancio, cosa imposible si eso sucediera en la realidad. Llegamos hasta un barranco monumental que dejaba brotar agua y barro entre las fallas y fisuras de su orografía. Un especie de Niágara de aguas freáticas, subterráneas. Vale la pena ir a verlo, es un espectáculo de una belleza desmedida, pero como solo existe en el sueño que tuve anoche, no sé cómo indicar el camino. Ni yo mismo sabría regresar allí.

Luego cruzamos las vías de un tren. Miramos con prudencia de un lado al otro, para comprobar si venía o no venía. Al final de las vías había que detenerse unos instantes para subir un repecho de metro y medio de altura. La altura del andén del metro, visto desde las traviesas. Yo fui el primero en alcanzar esa meta volante, y cuando miré a un lado, vi que el tren se acercaba a toda velocidad, y que a los demás no les iba a dar tiempo a pasar, a no ser que se dieran prisa.

--Rápido, que llega el tren --grité al ver que mis amigos caminaban demasiado despacio.

Supe que ellos no lo habían visto, porque era difícil de distinguir. El tren era de piedra, o estaba forrado todo de piedra, la misma piedra de los alrededores, mimetizado con el paisaje. Una bala de piedra deslizándose rápida y silenciosa sobre los raíles. Un tren ecológico, camuflado, una pedrada mortal en busca de una víctima. Mis amigos lograron, por los pelos, evitar la acometida del tren.

Recorrimos el último kilómetro caminando por un túnel lleno de vías de tren, hasta llegar al pueblo de destino, tal vez Hervás, pero también Madrid, Nerja y Nueva York. A veces los trenes pasaban veloces a pocos centímetros de nuestros cuerpos, pero sin llegar a tocarnos. Ya no éramos tres, ni cinco peregrinos, sino más de un centenar de desconocidos que llegaban a las fiestas patronales en busca de un poco de diversión. La entrada a la estación, que ni de lejos era una estación, fue impresionante: una gigantesca bóveda llena de estalactitas y estalagmitas, que podía albergar a más de 500 personas, se iluminaba con una luz dorada y pequeñas cascadas de agua por todas partes. Tal vez fueran las cuevas del Drac, o las de Nerja, o los jameos del agua de Lanzarote. Una catedral atea descomunal. En algún momento me pregunté por qué razón no había ido más veces allí durante los casi tres años que viví cerca de Hervás. Quizá porque aunque fuera Hervás, no era Hervás, claro, pero no había nadie que interrumpiera mi monólogo interior.

El pueblo estaba en fiestas. Los habitantes del pueblo, previsores, llevaban zurrones con pan, queso, fuet y bebidas. Nosotros no. Yo estaba muerto de hambre, así que arrastré a mis amigos, que ya éramos siete u ocho, hasta un pequeño restaurante al aire libre, a la sombra de unas acacias. Era parecido a la avenida de la Sagrada Familia, de Barcelona, y a algunos rincones del Albaycín en Granada. Entre los que se sentaron a la mesa estaba Bea, y también Pelayo, pero Pelayo era mucho más joven, no más de 25 años, y también más delgado. Llevaba una camiseta con el logo de las fiestas, y cuatro o cinco tiritas de tela prendidas con un alfiler a la camiseta, cerca del corazón, con los nombres de sus amigos muertos bordados en cada una de ellas. Me pareció un detalle hermoso, la memoria constante de un amigo fiel, más allá de la muerte.

Junto a nosotros, en la mesa contigua, había otras personas, cinco o seis, que muy pronto, por las conversaciones supe que eran cuentacuentos, como la mayoría de los que estaban sentados conmigo. Les invité a unirse a nosotros, a entremezclarse, y traté de presentarles unos a otros, pero para cuando quise hacerlo ellos ya estaban hablando entre sí, sin mayores ceremonias. Uno de ellos, un catalán apellidado Vilardebó, me dijo que unos momentos antes había estaba a punto de protestar por no habernos juntado todos en una misma mesa, y que lo que más echaba en falta en la Red Internacional de Cuentacuentos era el contacto personal, oral, directo, entre los miembros de la RIC.

--En eso estamos ahora --le contesté. Pero es verdad --continué-- que nos hemos puesto todos en contacto a través de Internet, cuando el oficio que nos une es el de contar cuentos de viva voz y comunicarnos cara a cara.

De pronto me acordé de Juan Gamba, que estaba también sentado en la misma mesa, y de aquella vez en que coincididos sin llegar a cruzar palabra, en La Rochela, en Madrid, con Nelson Calderón y Lili Cinetto. En aquel entonces estábamos en dos mesas distintas, pero esta vez había logrado que nos sentáramos todos juntos. A veces se desaprovechan coincidencias en el tiempo y el espacio, aunque también es verdad que no siempre hay necesidad de forzar el encuentro.

Antes de pedir la comida, que ya sabía yo de antemano que iba a ser mala, cuartelera, hinchatripas, de aluvión, le hicimos hueco en la mesa a dos chicas muy jóvenes, rondando los veinte, las dos novias de los muertos que de algún modo estábamos despidiendo. Tenían una belleza trastornada, casi trágica, y apenas podían pronunciar palabra. Uno a uno, quitándose la palabra los unos a los otros, hablaban de su amistad con Toledo, al que algunos conocían como Tacoronte. Yo les dije que tenía unas fotos que nos habíamos hecho con él tres meses antes, en un mirador, creo que de La Valetta, pero que volvía a ser Hervás en lugar de Malta. No podía decir que lo conociera mucho, pero sí que le tenía un aprecio especial, no sé bien por qué. Como a Pelayo, como a casi todos los que estaban allí sentados.

--Tendríamos que estrechar lazos. Tenemos que ponernos más en contacto directo, además del virtual. Deberíamos buscar el modo de multiplicar los encuentros con cualquier excusa. La vida es demasiado corta --dije.

Me acordé también de Pep Durán, y de cuando nos contaba en Santiago cómo una enfermedad terrible puede hacernos madurar a toda prisa, poner las cosas en su sitio, y encontrar el centro de gravedad auténtico de nuestras vidas. Aquella mesa al aire libre, con catorce personas sensibles sentadas alrededor, celebrando un banquete precario donde lo importante eran los abrazos y no las croquetas, me pareció que era como la reunión en Ouro Preto, en Brasil, donde los coordinadores de la Red Internacional de Cuentacuentos nos juntamos una larga mañana a discutir el futuro y las propuestas de la RIC a cinco años vista. Nos dieron las tres, y no llegamos a comer, en parte también porque los de televisión de Minas Gerais se empeñaron a hacernos cuatro entrevistas para sus telediarios.

Lo de anoche fue un sueño, ya lo he dicho, pero ocho años de psicoanálisis intensivo, entre dos y tres sesiones semanales, me han enseñado a leer los sueños hasta convertirlos en un aliado poderoso de la creación, de la interpretación, y de la salvaguarda de la vida misma. Ahora sé que los objetivos para la RIC que decidimos en Ouro Preto deben tener la máxima prioridad: fortalecer los lazos entre los cuentacuentos, crear, investigar, y generar nuevos proyectos solidarios, más que seguir alimentando el crecimiento exponencial que ha tenido la RIC en sus primeros doce meses de vida.

Me medí el azúcar en la sangre: 47. Hipoglucemia. Me arrastré hasta la cocina, mojé dos galletas María en un vaso de leche, y regresé a la cama.

--He tenido un sueño --le dije a Bea.

domingo, 29 de agosto de 2010

Me acuerdo de...

Me acuerdo de los raspados de hielo de Caracas, sirope de fresa y leche condensada, con la música de carrusel filtrándose a través de las persianas venecianas. Sirio ladraba en el jardín de Quinta Loló, y Paulov se reía a carcajadas. Desde el salón de tres paredes de la casa se veía el hotel Humboldt, arriba del Ávila, el teleférico, la cota mil y un anuncio que parpadeaba: "Fiesta empieza con EFE". La vecina italiana, al fondo de la calle ciega, en la avenida Casiquiare, llamaba a sus hijos: "¡Mario, Paolo, a manjare!", mientras yo le tiraba piedras al Catire y a Milena.

Me acuerdo de Mayte, mi primera novia. Tenía las tetas grandes, el pelo largo y rizado, de color castaño claro, y olía a Nenuco, una colonia de bebés. Cada vez que hundía mi nariz en su cuello y cerraba los ojos me quedaba desconcertado. Nunca supe si usaba ese perfume para seducirme o para frenar mis deseos de desnudarla.

Recuerdo que mi amigo Carlos me tiró una piedra en el patio del colegio. Yo no la vi venir, pero acertó en el medio de la frente, y empecé a sangrar como si tuviera un grifo abierto. No me dolía, no sabía qué hacer, después de explorar la herida con los dedos, empecé a chuparme las manos ensangrentadas para recuperar la sangre que perdía. Estaba salada.

Me acuerdo de Ringo y Pepa, mis dos perros mastines, que solo se escaparon una vez, porque me dejé la puerta abierta, y regresaron dos horas más tarde, contentos de haber vivido una gran aventura nocturna bajo la luz de la luna.

Me acuerdo de cuando me enamoré de mi prima Esther, que ya no existe, porque entonces ella tenía 13 años, y ahora tiene 54. Ella recibía clases de esgrima, y yo tocaba la guitarra. Ningún futuro. A decir verdad el Enrique que se enamoró de Esther tampoco existe, porque él tiene ahora 55, y no 14. Pero entonces, ¿cómo es posible que el hombre que le suplanta le haya robado también los recuerdos?

Me acuerdo de cuando Tito me arrancó el último diente de leche. Me movía mucho, y yo podía meter la punta de la lengua por debajo del diente y saborear la sangre que brotaba del interior de las encías. Tito lo empujó, sin dudarlo, y allí se terminó la infancia. A la semana siguiente me enamoré por primera vez de una compañera de clase, se llamaba Silvia.

jueves, 26 de agosto de 2010

Las cenizas de mi padre

Soy un privilegiado. Hay días en los que me doy envidia a mí mismo. Y no es tanto por la casa y la isla en la que vivo, que también, pero que en realidad eso solo es un plus, un además, sino porque soy feliz, así, dicho de modo simple. No son las paredes que me rodean, no es el entorno, sino algo interior que podría darse en cualquier lugar del mundo. O casi. Podría ser feliz, creo que sí, en una casa de adobe del altiplano de Bolivia, con una mujer, tres niños, una llama y cuatro gallinas. No sería fácil, desde luego, pero es casi seguro que podría adaptarme. Bueno, claro, no vale añadir un patrón hijo de puta, dos de los hijos enfermos y la mujer fea y gritona. No tengo un seguro de felicidad a todo riesgo. Existen límites. El hambre, el dolor... Pero estoy convencido de que algunos bobos de solemnidad son infelices incluso en las condiciones más favorables. Puede que sea un gen, una gracia, una escala siguiente en la evolución. No la evolución como normalmente se considera del modo occidental: progreso económico, adquisiciones materiales, poder social, capacidad de mando... sino ese otro modo de considerar la evolución desde el punto de vista un poco más oriental, o budista, o zen. Sí, ya sé que estoy hablando de lo que no conozco, pero ¿y qué?, ¿acaso no está permitido discurrir sobre lo ajeno, sobre lo desconocido, sobre lo hipotético? No, claro que el budismo no es hipotético, y mil millones de asiáticos lo pueden confirmar, pero mi budismo, el único que existe para mí, el único del que yo puedo hablar sin robarle la palabra a otros, ese es un tanto difuso. Y lo difuso existe, y lo desconocido. Habrá, porque de todo tiene que haber, quien me niegue el derecho a hablar de lo que desconozco. A mí plin. No tengo más de afirmarme como esencia y materia desconocida para recuperar mi derecho a hablar de mi identidad difusa, confusa y contradictoria. Habla tú de tus verdades, que yo hablaré de mis dudas.

He bajado al apartamento para escribir. Tengo abierta la puerta corredera de cristal que da a la terraza, y escucho, a lo lejos, el ruido de las olas. El horizonte marino, en esta mañana de agosto, se confunde con el cielo. Dicen las noticias que hoy va a ser el día más caluroso del verano. A mí el calor me gusta, me siento protegido, menos huérfano. Desde que murieron mis padres nos hemos trasladado a vivir al extremo sur de España, fuera de la península, en Canarias, frente a las costas del Sáhara occidental.

El frío de la muerte no desaparece nunca, ahora lo sé. El cadáver de mi padre, que ahora solo tiene escamas de ceniza, sigue siendo un viento frío que se cuela por debajo de la piel. Recuerdo que le apreté la mano, los dedos largos y huesudos de su mano, cuando ya llevaba 18 horas muerto. Dos mil doscientos kilómetros y un mar nos separaban. Murió en casa de Jaime, en el salón, tumbado en una camilla, a las tres de la tarde, en silencio, sin hacer ruido, sin siquiera un último suspiro que alertara a los que estaban a su lado. Simplemente dejó de respirar, sin más. Punto final. La soledad de la muerte sucede incluso en mitad de multitudes.

Cuando llegué al tanatorio de Santander, tras una noche de viaje sin dormir, viaje al fin de la noche, pedí que abrieran el féretro, y que me dejaran a solas con él. Estaba tapado con sábanas blancas, con una toca cubriéndole la cabeza, con solo el rostro y las manos por fuera del manto blanco que lo cubría por completo. Me recordó a las novias, y a las novicias, pero no me pareció ridículo. Tenía intacta toda la dignidad de un padre muerto. Alrededor de su cuerpo, como pétalos de flores blancas, amarillentas y de color estraza, estaban las cartas de la guerra. No pude saber cuántas, pero eran decenas. Todas las cartas que mi padre le había escrito a mi madre desde el frente de batalla, primero desde el bando republicano, y luego desde el nacional. Querida Coquina: Aquí te escribo, desde Teruel, sin demasiadas novedades en la trinchera. Espero que tú y los tuyos estén bien. También espero que ese tal César, el amigo de tu hermano, se comporte... Cartas rasgadas, con sello de haber pasado la inspección militar, y con algunas tachaduras de censura. No hay que dar pistas al enemigo. Y junto a ellas, intercaladas, sobres de cartas de color rosa pálido, las contestaciones de madre, desde Madrid, desde Vitoria, a través del Socorro Blanco. Querido Alfredo: No te preocupes, ya te he dicho que César no tiene malas intenciones. No seas tonto. Ya sabes lo mucho que te echo de menos... Cartas que mi madre guardó durante más de setenta años en la mesilla de noche, en el cajón de abajo, y que fueron leídas mil veces, según llegaban los hijos, desde los 18 años hasta los 91. Cartas que fueron incineradas con él, papel y carne, mezclando la ceniza de sus letras con las de su corazón y sus pulmones.

Traté de calentarle los pómulos de la cara fría, le eché el aliento sobre los dedos de la mano, pero no hay calor en la tierra que caliente el cadáver de un padre muerto.

Al día siguiente, cuando me dieron el cofre con las cenizas, abrí la caja y me sorprendió ver que mi padre se había quedado reducido a un puñado de cenizas grises y plateadas, en forma de pequeñas escamas. Hundí mi mano en las profundidad del pequeño arcón que contenía las cenizas de mi padre, apenas polvo de lo que una vez fue un padre soldado, todopoderoso, y me pareció, por una vez, que las cenizas estaban calientes. Tal vez fueran los rescoldos de la incineración, tal vez un mensaje desde ultratumba. Mi padre estaba allí, y como el Cid después de muerto, me calentaba los dedos de la mano por última vez.

martes, 13 de abril de 2010

El círculo y la muerte

A veces me despierto en mitad de la noche con algo de taquicardia, sudor frío, y un sueño repetido que no tardo demasiado en reconocer. Siempre es el mismo sueño, aunque siempre es diferente. Trato de dormir de nuevo, pero no puedo: en seguida regresa el sueño circular disfrazado de mil formas, cada vez más sutiles. Finalmente desisto, me levanto en mitad de la tiniebla, y a tientas llego hasta la cocina. Me bebo un vaso de leche y me como dos galletas casi a oscuras, para no despertarme del todo. En realidad me como las galletas como un pavo, a grandes bocados, sin interés en saborearlas, y uso la leche para tragar los trozos grandes y que no se me queden atrancados en la garganta.

¿Qué te pasa?, me pregunta Bea, que de pronto se despierta y no me encuentra.

Nada, es solo una hipoglucemia, le digo. Anda, vuelve a la cama.

Vale, pero no tardes, dice, creo que sin llegar a abrir los ojos.

Y vuelvo a la cama, pero no me duermo en seguida, porque el azúcar tarda un poco en subir, así que los siguientes diez minutos me quedo mirando al techo que no veo, porque estoy a oscuras, y pensando en los sueños circulares.

Algunas veces voy abriendo puertas y puertas, para volver al mismo sitio, como en aquella película que se llamaba Cube. Otras veces sueño que sueño un sueño en el que sueño que estoy soñando, y aquello se convierte en una especie de muñeca matrioska redimensionada a cada instante. Una vez soñé con espejos que cruzaba una y otra vez, sin lograr avanzar. Anoche soñé con hipervínculos de una web que me remitían de uno a otro, y a otro, y a otro, para volver siempre al principio. Es difícil distinguir el sueño circular, porque nunca anuncia su circularidad, y solo al cabo de dos vueltas empiezo a caer en la cuenta de que me he metido en una ratonera onírica, y aún dormido distingo la señal de alerta que me anuncia que estoy en una hipoglucemia, y que mi vida corre peligro. Es verdad que el páncreas y los islotes de Langerhans los tengo manga por hombro, pero a cambio tengo contratado a un guardia jurado en el inconsciente que en caso de peligro me despierta por las noches con la sutilidad de un poeta renacentista.

Qué cosas.

En cambio las dos hipoglucemias más severas que he tenido en los últimos 20 años me han sucedido estando totalmente despierto. La primera vez fue hace diez o doce años, a las 6 de la tarde, estaba yo solo en casa, mientras escribía en el teclado del ordenador algún relato que ya he olvidado. Me sentí mareado y se incorporé de la silla demasiado rápido. Nada más levantarme me di cuenta de que algo no andaba bien. Llevaba más de cuatro horas de intensa concentración en la escritura, y el mareo no me llegó a sorprender del todo. Siempre que me sumerjo en el espacio transicional de la creación literaria, y profundizo durante un periodo largo (varias horas), regreso a la consciencia como si regresara de un largo viaje por otro universo, y me cuesta despertar. Necesito que pasen unos minutos antes de darme cuenta cabal de quién soy, dónde estoy, qué hago. En aquella ocasión tuve la sospecha de que tenía que ver con la diabetes, pero no supe discernir si se trataba de hipoglucemia o de hiperglucemia. Me acerqué trastabillando hasta la cocina, abrí la nevera y me quedé dudando qué hacer: ¿me pincho insulina o como algo con azúcar? Al menos tenía una neurona despierta, porque razoné que si me ponía insulina y lo que tenía era hipoglucemia, el coma estaba asegurado, mientras que si tenía hiperglucemia y comía algo con azúcar simplemente me subiría aún más el azúcar, que era algo así como darle una patada a los riñones y clavarme un alfiler en los ojos: malo, pero no mortal. Me decidí por comer algo. La neurona ya había hecho demasiado esfuerzo, así que dejó de aconsejarme. El resultado fue que me comí tres filetes de lenguado crudo, a dentelladas sobre el fregadero de la cocina. La única parte del cerebro que me funcionaba en esos momentos era el hipotálamo del cerebro reptiliano. No me dio asco comer pescado crudo a mordiscos desatinados, yo era totalmente inconsciente de lo que hacía, pero sabía raro. Muy raro. Luego empecé a hacer cosas absurdas, a sabiendas de que eran absurdas, como colocar una silla boca abajo en mitad del pasillo, extender por la casa entera un rollo de papel higiénico desenrollado, y meter tres pares de zapatos y dos libros de poemas dentro del lavabo. Era consciente de que lo que estaba haciendo era raro, pero justamente me estaba dejando un mensaje a mí mismo, por si me quedaba dormido y al despertarme no recordaba nada. Quería extrañarme a mí mismo en el futuro, porque lo que estaba viviendo era descabellado, y no quería que se me olvidara.

Consciente del peligro que yo suponía para mí mismo, al día siguiente reanudé las sesiones de psicoanálisis con el doctor Blanco. Él me mostró que tenía más peligro despierto que dormido, que mi inconsciente detectaba el peligro mucho mejor que mi consciente. Que corría más peligro despierto que dormido.

La segunda hipoglucemia fue cenando con mis hermanos, en Santander. Tenía un trozo de pizza en la mano mientras alucinaba. Oía el rumor de sus conversaciones como en sordina, a lo lejos, a pesar de que estábamos todos sentados alrededor de la misma mesa. Cerré los ojos y supe con claridad absoluta que todos mentían, y también yo. Supe también que ninguno sabía que estaba viviendo en una mentira prolongada durante décadas, y tuve miedo de que en mi cara o en mis ojos se pudiera leer que yo era la falsificación de un escritor. Entré en pánico. Estábamos a finales del verano, en casa de Coque. Me preguntaron si estaba bien, y yo les dije que sí. Yo sabía que aquello era una hipoglucemia de caballo, así que esperé entre visiones y revelaciones a que me subiera el azúcar de la pizza desde el estómago hasta la sangre, y de allí al cerebro. Entre tanto nos fuimos todos a ver los fuegos artificiales de Santoña.

¿Por qué son circulares los sueños de mis hipoglucemias?

Solo tengo sospechas. Cerrar el círculo es morir: volver a la tierra convertido en materia y energía (que ni se crea ni se destruye, solo se transforma). El círculo no avanza, no crece: es un péndulo que regresa al mismo punto, sin avance dialéctico. No hay síntesis tras la tesis y la antítesis, sino puro regreso al mismo punto. Repetición de lo que ya se ha vivido, monotonía en el tiempo: muerte en vida. El círculo de amigos, el círculo familiar, el círculo laboral: formas de protección y autoexclusión, negación de lo ajeno, parálisis.

viernes, 9 de abril de 2010

Mi abuelo Antonio

A veces me acuerdo de mi abuelo Antonio, que me llevaba al parque de San Telmo los domingos por la tarde, y me compraba una bola inmensa de algodón de azúcar de color azul. Los hilos de azúcar se me quedaban pegados en la punta de la nariz y en los carrillos, y tenía que quitármelos rápido antes de que mi abuelo se diera cuenta, porque si no él sacaba del bolsillo de su pantalón un pañuelo gris con sus iniciales bordadas, lo mojaba con saliva y me rascaba la cara hasta dejármela escocida. Otras veces me compraba un palulú de regaliz negro, o un chicle bazooka de tres pisos. A mi abuelo le olía la mano a tabaco, tenía la punta de los dedos y los dientes de color amarillento, y usaba jerseys abiertos de pico con botones grandes. Por la noche me leía las aventuras de Simbad el marino, Riquete el del copete y La llamada de la selva. Ponía la voz muy grave cada vez que hacía hablar a los malos, y yo me escondía debajo de las sábanas para que no me descubrieran. Si la historia daba mucho miedo, esa noche me meaba en la cama, y mi madre le echaba las culpas al abuelo. Cuando cumplí seis años me regaló un barco de plástico insumergible con motor y pilas, y en mi primera comunión una bicicleta BH plegable. Lo quise mucho, mucho. Todavía lo echo de menos. Debería acordarme de su muerte, pero no puedo, porque ocurrió tres meses antes de que yo naciera.

martes, 6 de abril de 2010

Mamá, ven, diles algo

Me dice Bea que deje de hacer el bobo y me ponga a escribir. Me lo dice en tono amenazante, como el que ponía mi madre cuando me decía: “¡Enrique, ponte a estudiar!” Al menos a eso me suena. O tal vez quiero que me suene a eso, porque mi madre está muerta desde hace año y medio, y es muy probable que la eche de menos sin saberlo. El caso es que Bea me dice que escriba, y yo estoy cabreado. No con ella, ni con mi madre, sino con los derechos de autor, porque resulta que hace unos pocos días recibí dos cartas de las editoriales, y en ellas me hacen el saldo de ventas de libros del año anterior. En realidad, más que un saldo es una catástrofe, porque de golpe las regalías por la venta de mis libros han bajado a la mitad de lo que cobré el año pasado. Exactamente a la mitad. Y no solo eso, sino que son la tercera parte (¡la tercera parte!) de lo que cobré hace dos años, tres, o cuatro años. No puedo decir que sea una ruina, pero de golpe y porrazo me acabo de convertir en el vizconde demediado. Mis libros de texto de la ESO han sido descatalogados, porque un nuevo plan de estudios ha barrido el conocimiento anterior, y ahora las pirámides ya no están en el Cairo, sino en Yakarta, posiblemente. Los libros cada vez duran menos (llevo décadas oyendo esa cantilena), así que los que se hayan comprado la Enciclopedia Británica o la de Espasa Calpe, que empiecen a calentar la chimenea tomo a tomo, porque ya no vale ni un carajo. Ni para decorados de “Amor en tiempos revueltos”, porque ahí siempre los ponen de cartón piedra, y dentro los productores esconden las camisetas de cocaína. Porca miseria.

Pero como Bea lo dice, y yo soy muy bien mandado, o a lo mejor solo es que echo de menos a mi madre, voy y escribo. Todavía me acuerdo de que cada vez que subía a Santander para verla, me decía: “Ay, hijo, a ver cuándo me escribes una novela de verdad, como las de Antonio Gala, tan bonitas, y no esos cuentos para niños que escribes”. Y ahí me dejaba bien jodido, porque a partir de ese momento yo era incapaz de escribir una línea. En el camino de regreso a Madrid iba mascullando todo tipo de blasfemias y jaculatorias, a partes iguales. ¿Una novela de verdad? Manda cojones. Uno puede pasarse la vida escribiendo, pero si no le escribe a su madre una novela de verdad, como las de Antonio Gala, nunca pasa de ser un puto escribano, un oficinista, un sub-escritor, ya ves tú, literatura infantil, para niños, ¿para niños?, ¿y qué sabrán los niños? A esos se les engaña con un caramelo y un palulú, así que escribir para niños es como darle margaritas a los cerdos. No se ha hecho la miel para la boca del asno, hijo mío, crece de una vez, ponte a escribir algo que valga la pena, algo de lo que me vaya a sentir orgullosa, y pueda decirle a mis amigas: Mira, esta novela la ha escrito mi hijo Enrique, para mí, mira, mira, si está dedicada y todo, fíjate lo que pone, “A mi madre, que me dio la vida y me enseñó a hablar, porque sin ella seguiría perdido”, qué cosas tiene, ¿verdad? Es que siempre ha sido un exagerado, desde pequeño, yo siempre le tenía que regañar: “Enrique, te he dicho diez millones de veces que no seas exagerado”, y él se reía, yo qué sé de qué, y no me hacía ni caso.

Pues sí, la culpa de que escriba es de mi madre. Y la culpa de que no escriba también es de mi madre, así que no sé si llamar otra vez al doctor Blanco para reanudar el psicoanálisis que dejamos aparcado hace ocho años. Pero con lo que ahora me pagan de derechos de autor, ni de coña puedo acudir a las sesiones del doctor Blanco. Tampoco puedo subir a Santander a protestarle a mi madre, porque está muerta, la cabrona. Podría ir disfrazado a la parroquia y confesar mis pecados al confesor, a ver qué me dice, que seguro que me sale más barato. Pero le tengo miedo, que igual me mete mano pensando que soy un adolescente que ha discutido con su madre. Vaya mierda. Podría acudir al departamento de mecánica de fluidos en astrofísica, para que me pongan la cabeza como un bombo, pero luego tendré resaca.

Así que agacho la cabeza, le saco la lengua a Bea cuando no me está mirando, y me pongo a escribir, para ver si así mi madre se aparece levitando por detrás de las cortinas, como en Lourdes, justo en el momento en el que se pone el sol y hay reflejos que ciegan la vista por unos instantes, y me dice que lo estoy haciendo muy bien, que está muy orgullosa de mí, que yo soy el preferido de todos sus hijos, porque los demás son unos vándalos, sobre todo Nacho, y que como premio me va a poner no una, sino dos onzas de chocolate incrustadas en el bocadillo de la merienda. Hala, joderos, que mamá me quiere a mí más que a todos vosotros, patanes, capullos, lerdos, mongoloides.

Pero creo que no va a ser así. Lástima, porque ya empezaba a creérmelo.

¡Mamá, ven, por favor, que se están metiendo conmigo, diles que me dejen en paz!

sábado, 3 de abril de 2010

¿San Pancracio o San Mamés?

Cuando era pequeño quise ser santo. A ser posible San Pancracio, y que me decapitaran un 12 de mayo en la Vía Aurelia de Roma. Cosas del espectáculo. O será que me gustaba el perejil. Pero como yo no era un niño consentido, también me conformaba con ser San Mamés, evangelizando leones. O San Eubulo de Cesarea, que fue destrozado por los leones y luego decapitado (de la segunda parte seguro que no iba a enterarme). O uno de los Cinco santos Mártires de Tiro, que fueron expuestos desnudos a las fieras, sobrevivieron y fueron degollados. Puro exhibicionismo. O los santos Prisco, Malco y Alejandro de Cesarea, devorados por leones y otras fieras. También las santas Máxima, Donatila y Segunda, San Marino de Anazarba, San Queremón de Nilópolis: todos devorados por leones. Vaya panzada.

Lo de los misioneros africanos que terminaban en el caldero de la tribu de negros caníbales, junto al explorador con casco, también molaba.

¿Que por qué me acuerdo yo ahora de eso?

Debe ser que la Semana Santa saca lo mejor de mí: vértigo de santidad.

O será que se acerca la hora de la cena y me preocupa que la nevera esté vacía.

Si me convirtiera en catoblepas, ese animal mítico que se alimentaba de sí mismo, podría autodevorarme.

Y si conmigo no me alcanzare, porque la hambruna fuera mucha, llamaría al vecino, que está gordito.

miércoles, 24 de marzo de 2010

La memoria que no tengo

Blanca Giles era de la pandilla, y tenía novio. Cuando yo la conocí ya estaba saliendo con Manolo Conde. Blanca vivía en Cea Bermúdez, y Manolo en Goya 116, qué casualidad, porque yo pasé mi infancia en el portal de al lado desde que nací hasta los 9 años, en que nos trasladamos a Caracas. Pero no, yo no recuerdo a Manolo de la infancia.

El Palacio de Deportes estaba en construcción, y cuando se inauguró empezaron los grandes espectáculos en su interior. Los carteles mostraban unas patinadoras con falditas diminutas, el culito en pompa y los brazos en abiertos en cruz: Holliday on Ice. Mis padres nuca me llevaron a verlo, y yo soñaba con las patinadoras cada noche. Luego cambiaron los carteles por los del Circo Price, y en ellos aparecía una trapecista columpiándose en bañador sobre un palito a 20 metros de altura: Pinito del Oro. A esa sí que me llevaron, mi padre no se puedo aguantar las ganas, y yo creí que al domador le iba a comer la cabeza un tigre. Qué miedo.

Pero no, a Manolo nunca lo vi por el barrio. No lo conocí hasta que Blanca me lo presentó 15 años más tarde: “Enrique, este es Manolo, mi novio”, me dijo hinchando mucho el pecho. Blanca era bajita y tetona, y una buenaza de cuidado. Seguimos siendo amigos cuando se casó con Manolo en Chinchón, y cuando tres años después se fueron a vivir a Málaga. Pero antes de trasladarse al sur vivieron en la calle Galileo y en San Hermenegildo, junto a San Bernardo. Blanca se quedó embarazada, y durante los exámenes de fin de curso los de la pandilla cruzábamos la noche a golpes de antetaminas (Centramina, Simpatina), pero ella se desvelaba solo con sobredosis de Optalidones disueltos en cocacola. Manolo le tenía prohibidas las anfetas. Pero a lo que iba, que me pierdo: en la terraza de Blanca había dos sillas de madera con brazos. Un día, aburrido de leer “Los conceptos fundamentales del materialismo histórico”, con un lápiz afilado y con letras grandes grabé perforando la pintura un poema espantoso en el reposabrazos. Decía así:

Blanca
desbanca
la banca
con el anca.
Aún manca
le arranca
la palanca.

El poema era malo, ya lo he dicho. Supongo que fue mi venganza contra Blanca por haberme recomendado el libro de Marta Harnecker.

No me da pena por la silla, ni por Blanca. No fue una putada demasiado grande, porque el fin de semana siguiente Manolo ya la había lijado y pintado nuevamente, y la había dejado como nueva. En realidad lo siento por mí mismo, porque aún me acuerdo de ese poema absurdo que nunca me gustó.

¿Qué por qué me da pena? Pues porque un día mi padre me dijo que la memoria tiene un límite, y que llega un momento en que ya no cabe más, y que entonces el cerebro elimina algunos recuerdos poco útiles para dejar espacio a los nuevos recuerdos, así que me yo me pregunto, no sin inquietud: ¿A qué amigo he olvidado, y que ahora debería llamar para quedar a comer el próximo domingo? ¿De qué trataba ese libro que me gustó tanto, y del que ya he olvidado hasta el autor y el título? No lo sé, está perdido en la memoria, por culpa de un poema horroroso que lo ha desterrado al olvido. Al menos Borges dejó un poema magnífico que todavía no he olvidado:

"De estas calles que ahondan el poniente,
una habrá (no sé cuál) que he recorrido
ya por última vez, indiferente
y sin adivinarlo, sometido

a Quién prefija omnipotentes normas
y una secreta y rígida medida
a las sombras, los sueños y las formas
que destejen y tejen esta vida.

Si para todo hay término y hay tasa
y última vez y nunca más y olvido
¿quién nos dirá de quién, en esta casa,
sin saberlo nos hemos despedido?

Tras el cristal ya gris la noche cesa
y del alto de libros que una trunca
sombra dilata por la vaga mesa,
alguno habrá que no leeremos nunca.

Hay en el Sur más de un portón gastado
con sus jarrones de mampostería
y tunas, que a mi paso está vedado
como si fuera una litografía.

Para siempre cerraste alguna puerta
y hay un espejo que te aguarda en vano;
la encrucijada te parece abierta
y la vigila, cuadrifronte, Jano.

Hay, entre todas tus memorias, una
que se ha perdido irreparablemente;
no te verán bajar a aquella fuente
ni el blanco sol ni la amarilla luna.

No volverá tu voz a lo que el persa
dijo en su lengua de aves y de rosas,
cuando el ocaso, ante la luz dispersa,
quieras decir inolvidables cosas.

¿Y el incesante Ródano y el lago,
todo ese ayer sobre el cual hoy me inclino?
Tan perdido estará como Cartago
que con fuego y con sal borró el latino.

Creo en el alba oír un atareado
rumor de multitudes que se alejan;
son los que me han querido y olvidado;
espacio y tiempo y Borges ya me dejan."

jueves, 18 de marzo de 2010

Esa manía de cumplir años

Debido a que ayer fue mi cumpleaños, y porque eso suele ir unido a una serie de festejos en forma de felicitaciones, regalos y piñatas, me ha dado por pensar, cosa rara en estos tiempos descerebrados, en lo que significa esa cosa rara que le pasa a todo el mundo: cumplir años. A todos menos a mi hermano Javier, que se quedó anclado hace 16 años en los 49, y dice que él no cumple ni uno más, porque hacerse viejo es una mierda, y la jubilación se la regala al Estado, porque él va a seguir siendo para siempre joven, forever young, aunque algo desmejorado por las canas y las ojeras. Peter Pan se quedó corto. Al resto de los hermanos nos sale barato el día de su cumpleaños, eso sí, pero a mí me preocupa ese extraño bucle en el tiempo, porque cuando éramos pequeños él tenía 10 años más que yo, y ahora yo le saco seis.

Así que considerando la vida como una curva de esas que tanto les gusta dibujar a los economistas, donde primero se crece a partir de cero (la fundación de la empresa, el nacimiento), para luego llegar a un cénit, y después vivir el descenso, pues me da por pensar (bobadas, ¿qué querías?) que los primeros años, pongamos hasta los 25 ó 30, la vida va en aumento: a las mujeres les crecen las tetas, a los hombres la picha, se adquiere poder, dinero, casa, sabiduría (no todos, algunos se hacen diputados), libros, infidelidades, piojos, amigos, hijos, hipotecas (¿serán lo mismo?), orgasmos, desilusiones, experiencia…
Después toca estar unos poquitos años en el cénit. Y luego, a partir de los 35 ó 40, el descenso, lento pero implacable, hasta el cierre de la empresa, por defunción más que nada. En ese declive llegará el cáncer de próstata, el de mama, el alzheimer, los músculos blandos, los entierros de los amigos, las visitas al médico y a la iglesia (no habrá salvación, ni aquí ni allí), el insomnio, las arrugas, las verrugas, las gafas de cerca, la calvicie, el cansancio, y la sensación de derrota tras haber luchado tanto para llegar a ser un inútil incapaz de retener el pis, hasta el punto de que muy pronto volverá a usar pañales desechables.

Qué raro es el desaprendizaje. Y qué injusto. Cuando un bebé se mea, su pis fresquito es fuente de risa y vitalidad; cuando un anciano se mea, su orina oscura es vergüenza de la incontinencia, puro presagio de la muerte. Los desvaríos de un niño se llaman imaginación desbordante; los de un anciano son simple demencia. El beso de un niño es alegre, el del viejo es amargo. Qué mal edificado está el armazón de la cultura, que sigue premiando al cuerpo victorioso de los que crecen, y castiga a los derrotados por el tiempo. ¿Cómo no va a querer mi hermano Javier renunciar a la vergüenza de hacerse mayor, de envejecer? “Vive rápido, muere joven, y deja un bonito cadáver”. Las enseñanzas de James Dean han calado mucho más a fondo que las de Confucio y Heidegger unidos.

Pero si regresamos a la antropología economicista, desde los 35 hasta los 85, siendo generosos, hay un tobogán descendente que termina en la tumba. No es un tobogán en línea recta, ni mucho menos. Más bien parece una curva modelo panza de burra: al principio el descenso apenas es perceptible, y en los últimos años es de vértigo, pero haciendo un promedio mentiroso, cada año nos morimos un 2 por ciento. Cada año, por nuestro cumpleaños, somos un 2 por ciento más torpes, más bobos, más feos, más doloridos, más arrugados, más incontinentes, más impotentes, más malolientes, más enfermos, más… muertos. Puesto que yo ahora cumplo 55, tengo un 40 por ciento de mi vida, mi cerebro y mi cuerpo desgastado. Es como si tuviera gangrenado un brazo, una pierna, un pulmón, un huevo, un ojo, un oído, el bazo, el páncreas y un riñón. Peor que el pirata patapalo. Tal vez pueda parecer que no es exactamente así por aquello de que la curva de la muerte no es igual en los 20 primeros años de descenso (de los 35 a los 55) que en los 20 últimos que nos llevan al cementerio. De hecho a mí no me parece que esté tan hecho polvo. Pero es una deducción engañosa, porque el tiempo y su aprovechamiento tiene una curva idéntica pero inversa a la del deterioro, y eso provoca que la capacidad de hacer y deshacer, de viajar o gozar, se verá muy reducida de los 65 a los 85. Así que lo que no vivamos, hagamos, aprendamos o gocemos de los 35 a los 55, difícilmente lo podremos hacer después de los 65.

Todo esto parece muy sombrío. Una putada de la que nadie nos había hablado antes.

Pero solo lo parece. En realidad no es así, o no debería ser así. Que la muerte llega, eso es evidente, pero que la muerte sea una putada no lo es tanto. La muerte tiene que ser el descanso final, el retiro merecido y conseguido, el sueño eterno y feliz, el atraque en el puerto de destino, por fin, ya era hora. No se trata de querer llegar antes para alejarnos de este valle de lágrimas (vivo sin vivir en mí… y muero porque no muero), sino de llegar al final de la maratón cansados y satisfechos, mirar un instante hacia atrás, y poder decir: lo conseguí. Y descansar. Al menos hasta la siguiente reencarnación, a la que llegaremos tan desmemoriados que ni siquiera sabremos que tenemos vidas heredadas a nuestras espaldas.

Lo que yo quiero ahora es reconocer la belleza terminal de la derrota, disfrutar de la hermosura de los cuerpos desgastados y curtidos por el tiempo (nos ha jodido, barriendo para casa). La belleza infantil y adolescente es fácil, no necesita esfuerzo, es inmediata, y hasta podría decir que es un poquito cursi. Es como un coche nuevo, como el inicio del amor, como el primer viaje de vacaciones. Es pan comido, no tiene densidad, no hay matices, es tan simple como los dibujos de Walt Disney. En cambio la belleza del cuerpo desgastado es la del vino curado, la del viaje fuera de las rutas turísticas habituales, la de la hermosura construida de forma personal e intransferible por un cuerpo que acumula un tesoro de experiencias y vivencias en su interior. El cuerpo joven es un cofre hermoso, pero que todavía está hueco por dentro. El cuerpo viejo es un baúl herrumbroso y destartalado, pero lleno de sorpresas en su interior. Esa es la paradoja.

Como diría Neruda en sus memorias, “confieso que he vivido”, ahora a mí me toca disfrutar de la belleza del naufragio, del final del imperio, de la hermosura fronteriza de la decadencia. Lo anterior ya ni siquiera me interesa. Hay que saber estar, saber mirar, y haber vivido para descubrir que en la trastienda de la vejez hay tesoros ocultos de los que nadie nos habló nunca. Es el secreto mejor guardado de los ancianos. Quizá nunca lo ocultaron, pero nadie lo escuchaba. Cosas de viejos, déjale, que chochea.

Pues allá tú. Tú te lo pierdes. No sabrás cómo vivirlo, y te odiarás a destiempo.

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Las cuatro fotos son de cuando yo tenía entre 19 y 23 años. Me las envió ayer Elías. Casi no me reconozco.

viernes, 15 de agosto de 2008

Vocación de eternidad

Me acuerdo de que, a los diez años, decidí ser santo. Quería ser devorado por los leones en el circo romano como san Ignacio, o decapitado en la vía Aureliana como San Pancracio, o caer en una olla de hambrientos caníbales africanos a los que yo trataba de evangelizar sin demasiado éxito. Debí poner mucho empeño en ello, porque mi madre me apuntó a unas clases particulares de santidad, en un convento de dominicos, cerca de las Torres del Silencio, a la sombra del Ávila, donde el padre Celerino trataba de calmar como podía la urgencia que tenía por morirme en loor de santidad. Eso de vivir en un valle de lágrimas, dada la gloria eterna que nos esperaba a los muertos en gracia de Dios, me parecía una pérdida de tiempo, un trámite absurdo, y quería quitármelo de encima lo antes posible.

miércoles, 25 de junio de 2008

Memoria de la sombra

Este es un texto falso que sustituye al que había antes, para evitar su copia.
Percuntia tempora fati conqueror, in uentos inpendo uota fretumque; ne retine dubium cupientis ire per acquor; si bene nota mihi est, ad Caesaris arma iuuentus naufragio uenisse uolet. lam uoce doloris utendum est: non ex acquo diuisimus orbem; Epirum Caesarque tenet totusque senatus, Ausoniam tu solus habes». His terque quaterque uocibus excitum postquam cessare uidebat, dum se desse deis ac non sibi numina credit, sponte per incautas audet temptare latebras quod iussi timucre fretum, temeraria prono expertus cessisse deo, fluctusque ucrendos classibus exigua sperat superare carina.

jueves, 19 de junio de 2008

Fragmentos del subconsciente

El hambre de luz me taladra el páncreas con plomo intermitente. Una luciérnaga etíope parpadea junto a la biblioteca de Babel. Hay un niño que nunca nació que pregunta a todas horas por sus zapatos. La vertical del miedo, desde el patio del colegio hasta el olvido, te inmoviliza los brazos y las piernas cada vez que intentas enamorarte a través de otro espejo del callejón del gato. Los elefantes no solo son contagiosos: también caducan detrás de los semáforos. Un beso de agua te araña la memoria, y nunca sabrás de quién eran las espadas ni los labios. Bajo la escalera, junto al cesto de ropa sucia, se esconde la fotografía en tono sepia del deseo y lo negado. Ya no puedes acordarte de quién de quién ibas a ser, ni de quién fuiste, tantas vidas sin vivir, cuando las palabras todavía no engañaban, no eran escudos de saliva frente al mar. Hubo una vez que fuiste humano, tal vez no fueras tú, pero entonces ¿quién movía los músculos por debajo de tu piel?

miércoles, 5 de marzo de 2008

Mi madre

Ella cosía. Cada tarde, al regresar del colegio, yo me sentaba junto a la mesa camilla repleta de hilos, cremalleras y botones, sacaba mi cartilla para hacer los deberes, y colocaba junto al plumier y los cuadernos, mi bocadillo de pan con sobrasada o con tres onzas de chocolate hundidas en su interior. Mi madre cosía y tarareaba canciones de Mª Dolores Pradera mientras yo hacía garabatos en el cuaderno de dos rayas, siempre pegado a su falda. Yo intentaba concentrarme en la tarea, pero tenía muchas preguntas pendientes:
—Mamá, si Dios conoce el futuro de todos los hombres, ¿Por qué deja nacer a los que van a ir al infierno, si ya sabe que van a ser malos y se van a condenar?
Mi madre detenía en el aire la puntada sobre el calcetín, y me decía:
—Porque nos quiere tanto que nos hizo libres, incluso para ser malos y condenarnos.
Yo regresaba a la caligrafía y los quebrados, sin tener claros los motivos de Dios. Luego lo olvidaba, ocupado en recordar los afluentes del Tajo y buscando el mínimo común múltiplo entre mordiscos de sobrasada.
—Anda, enhébrame este hilo, que yo no atino con el ojo de la aguja.
Mi madre tenía una cinta blanca de tela con los números del uno al diez bordados en rojo. Recortaba un ocho y me lo cosía en todas las camisetas, calzoncillos y pantalones. Pero antes de que acabara, yo volvía a preguntar:
—Mamá, si sólo los que están bautizados pueden ir al cielo, ¿dónde van todos los demás?
—Al limbo, Quique. Van al limbo, como los niños recién nacidos que mueren antes de ser bautizados —me respondía impaciente.
Yo ya me había acabado el bocadillo, y veía cómo mi madre se revolvía inquieta en la silla temiendo que, tal vez, siguiera con el interrogatorio teológico. No quería enfadarla. Estaba llegando al límite, lo sabía, y no deseaba que me expulsara, como a Adán y Eva, de aquel paraíso en que mi madre, al menos por unos momentos, era sólo mía, y no de mis hermanos mayores ni de mi padre. Recuerdo que yo trataba de frenar mis dudas metiéndome en la boca unos cierres de goma rosa que años después supe que se usaban para sujetar las medias con ligueros. Pero no podía dejar de preguntar:
—Y entonces, ¿allí están todos los chinos, y los negros, y los árabes, y los esquimales? ¿No te parece que son muchos, mamá? Y si ellos no tienen la culpa de no haber sido bautizados, ¿por qué nunca van a poder ir al cielo?
Más de una vez acabó pinchándose en el dedo, como la Bella durmiente, a pesar de los dedales abollados con que cubría su dedo corazón.
—¿Ya has acabado los deberes? Pues hala, vete con tus hermanos al cuarto de juegos, que tu padre está a punto de llegar.
Años después recuerdo escenas similares mientras comíamos cortezas de naranja recubiertas de chocolate junto a las Torres del Silencio, en Caracas, o haciendo cola para la matrícula en decenas de colegios, o merendando tortitas con nata en California 47.
Y yo entonces, no sin pesar, recogía mi cartera, mis cuadernos y mis lápices, y regresaba a la selva de los hermanos, de la que no he podido, o no he querido, salir todavía.

viernes, 22 de febrero de 2008

Mi padre

Si me preguntan qué recuerdo de mi padre, retrocedo en el tiempo, y me encuentro en Doctor Esquerdo, una calle grande, muy grande. Era tan grande como un río vertiginoso y ancho, lleno de peligros, en el que apenas alcanzaba a ver la acera del otro lado (los coches intermitentes me tapaban el horizonte). Demasiados coches, autobuses, sonidos de claxon. Era como un gran foso de cocodrilos alrededor de un castillo. Yo tenía cinco años. Casi podía notar el sonido de las dentelladas cerca de mis rodillas desnudas por los pantalones cortos. Lanzarse a la calzada era como tirarse por un precipicio, la muerte bajo las ruedas de un tranvía. Había demasiados imprevistos a tener en cuenta como para saltar al empedrado y pretender volver con vida. A pesar de ello, mi padre me cogía de la mano, tiraba de mí, y se ponía en marcha arrastrándome al asfalto antes de que el coche que teníamos delante hubiera pasado. Yo estaba aterrorizado. Era como si mi padre quisiera ser arrollado por su parachoques. Yo apretada la mano alrededor de dos dedos suyos, grandes y largos como ramas, y luego me asombraba el difícil cálculo que mi padre había realizado al echar a andar antes de que pasara el coche, porque sus zancadas llegaban hasta la línea de atropello cuando el coche ya había rebasado nuestra trayectoria. Yo pensaba: "Claro, mi padre es ingeniero, y lo tiene todo calculado", y no dejaba de sorprenderme el riesgo que corría y la natural seguridad con que lo afrontaba. Yo veía a mi padre grande como un árbol, y el ligero olor a tabaco que desprendía su mano me emborrachaba. Era un olor masculino y firme, un olor seco a madera y café.
Es imposible, pero siempre era invierno. Lo sé porque de todo ello el recuerdo más nítido que conservo es el del calor de su mano. Era una mano grande y caliente, con dedos largos, huesudos y potentes (no sé si ya lo he dicho). Era la mano de mi padre, y la podría distinguir entre todas las del mundo. El calor que desprendía es lo más tierno que yo recuerdo de toda mi infancia, lo más tranquilizador, lo más protector. Ese calor hacía que yo cerrara los ojos ante el abismo y me dejara arrastrar a una muerte segura, bajo las ruedas de los coches, devorado por los cocodrilos, pero siempre de la mano de mi padre, con un calor que jamás podría nadie arrebatarme.
Mi padre fue una mano que me ayudó a cruzar la calle, y sólo ahora, cuarenta y tantos años más tarde, cuando yo tengo la edad que tenía mi padre entonces, me doy cuenta de que esa mano que calentaba la mía la tengo dentro, y que me sigue ayudando a cruzar calles con la misma seguridad con la que él lo hacía.
Los padres son fuertes como los robles, y no mueren nunca. Casi asombra que enfermen.

domingo, 17 de febrero de 2008

Maytechu mía

Era verano, en 1973. Mis padres se habían ido a vivir a Algorta apenas hacía dos meses, así que en cuanto terminaron las clases yo también me trasladé a la avenida Basagoiti con el resto de mis hermanos. Fernando Esteso cantaba la canción de La Ramona a todas horas por la radio, y Quino dejó de dibujar tiras de Mafalda. Mi hermano Coque se casó con Nieves, y dos semanas después Nacho con Marisa. Cada mañana yo me subía en el tren de cercanías que llegaba desde Bilbao, y me acercaba hasta Plencia, donde me esperaba Mayte-chumía. Lo de Chumía era una coña de mi hermano Javier, porque Mayte no sabía cantar zorcicos ni de lejos. Éramos novios primerizos desde marzo de ese mismo año, cuando los dos cumplimos 18 años. Teníamos tantas ganas de discutir como de besarnos. Si no fuera porque nacimos con dos días de diferencia, podríamos haber sido gemelos dicigóticos enamorados, como Pimpinela.
Pero ella estaba enamorada de su padre.
Y no me extraña, porque incluso yo, que era tan heterosexual que no necesitaba ser homófobo, tenía que reconocer que aquel marino mercante, de rostro cobrizo y complexión etrusca, era un pedazo de tío.
—Todas mis amigas están enamoradas de mi padre. Y me da una rabia… —me decía mientras se untaba de Nivea.
Y yo, que era muy joven pero no tan tonto, ni se me ocurría decir nada contra su padre.
—No, si tu padre está muy bien. No es feo.
Yo tampoco lo era. Quizá porque tenía 18 años, y si alguien es feo con 18 años será que ha nacido torcido. Es la gran oportunidad. Es el momento de vender el pescado. Ahora o nunca.
El caso es que ese día nos fuimos a nadar. Yo con mi bañador de delfines estampados, Mayte con el de una sola pieza (bikini no, qué vergüenza), y su padre con la gorra de capitán, o con lo que le diera la gana, que para eso era el padre.
—Vamos nadando hasta la bocana del puerto —dijo Chumía—. Esa de allí.
En la vida había nadado yo más allá de dos largos en una piscina, pero a ver quién se achanta cuando se estrena novia, y delante de su padre. Aún así lo intenté.
—¿No es un poco lejos? ¿No te cansarás? —pregunté.
—¿Yo? Vamos, anda. ¿No será que no te atreves?
—¿Quién, yo?
Con dos cojones. Eso no lo dije, pero lo pensé. Nadie en toda la playa me oiría la menor queja. Vamos allá.
Llegamos media hora después al extremo de la bocana. Objetivo cumplido. Resoplando. Podíamos regresar a pie, no era necesario regresar a nado.
—Es que me da vergüenza —se quejó Mayte—. No tengo zapatillas, ni nada que ponerme por encima. ¿Cómo vamos a ir así por el puerto?
Tocaba regresar a nado. Yo me tranquilicé pensado que, en caso de peligro, me podía hacer el muerto. A fin de cuentas estábamos en aguas saladas. Regresamos al agua. Lo malo llegó a continuación. Tenía que haberlo previsto. Estábamos justo a la mitad del camino de vuelta, en medio de la bahía, cuando me dio un calambre en el muslo derecho. La pierna se me quedó encogida, y solo podía mover los brazos.
—Socorro. Me ha dado un calambre en la pierna. Me ahogo —conseguí gritar entre bocanadas de agua.
—Ayúdale, papá —dijo Mayte.
Y su padre me ayudó.
—Ponte boca arriba. Hazte el muerto. No te muevas. Yo te llevo. Así, muy bien.
Y me arrastró con suavidad hasta la playa. Después me dio un masaje.
¿Cómo se supera eso? De ninguna manera. El padre salvando de morir ahogado al novio de la niña. Eso no hay Edipo que lo cure. Mayte y yo rompimos siete meses más tarde. La relación naufragó antes de que acabáramos el primer año de Filosofía en la Complutense. Yo sentía que me ahogaba, y a ella le parecía que yo no era lo bastante hombre. No la censuro.
Años después supe que se había casado con un marino mercante, cosas de familia, y que se fue a vivir a las Rías Bajas, en Galicia. A Sanjenjo, creo. Da clases de historia y geografía en un colegio de primaria. Tiene un hijo que se llama Pablo que no conozco. Será guapo, como su madre, y como su abuelo. Digo yo.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Las secuelas del Taller

Para algunos alumnos, asistir al Taller de Escritura no significó solo un cambio de mirada sobre las cosas, sino un cambio más radical: un cambio de profesión, de vida. Dos semanas antes de inaugurar con la primera clase el primer año del Taller de Escritura, recibí una carta manuscrita por correo postal (ahora hay que especificarlo, pero hace 15 años el correo electrónico apenas existía). La carta, con cinco cuartillas arrancadas de un cuaderno escolar cuadriculado, narraba con letra apretada la historia sanguinaria de la Bella Durmiente, una máquina de matar, una asesina en serie que se ocultaba en el bosque rodeada de sangre y cadáveres descuartizados. Era un relato muy imperfecto, pero con una fuerza descomunal. Lo firmaba un estudiante de 4º de Matemáticas: Carlos Molinero. En la última cuartilla me confesaba que no tenía dinero, que sus padres nunca le pagarían el curso, y que quería asistir al Taller de Escritura por encima de todas las cosas. Para ablandar mi corazón y solicitar una beca, había añadido el cuento sangriento. Yo no tenía pensado conceder becas, pero le contesté que sí, que podía acudir a mis clases sin pagar nada. Durante el primer año acudió puntualmente a mis clases y terminó publicando el relato Megaclean, uno de los mejores del libro Historias para adultos imperfectos. El segundo año, dedicado a la novela, resistió mano a mano con Manuel Martínez Lunar hasta final de curso con la novela macabra de un repartidor de pizzas. Carlos terminó la carrera de Matemáticas ese año, colgó el título universitario en una de las paredes del cuarto de baño de su casa, y se matriculó como guionista en la primera hornada de la Escuela de Cine de la Comunidad de Madrid. Ahora que han pasado algo más de diez años, tiene un Premio Goya como guionista de Salvajes, ha dirigido dos largometrajes, ha escrito una buena cantidad de capítulos de series en televisión (Querido maestro, Quart, El comisario, Paco y Veva), y es el vicepresidente de ALMA (Autores Literarios de Medios Audiovisuales), sindicato de guionistas de España. Las matemáticas me sirven para escribir guiones cuánticos, dice. No hace falta que pague los cursos que recibió gratis, porque desde hace siete años da clase en el Taller de Escritura con Clara Pérez Escrivá. Es el profesor de Guión de cine, pero sobre todo es uno de mis mejores amigos.
Puede que este sea también un efecto secundario del Taller de Escritura, aunque algo más severo que el que describía en mi anterior entrada: un cambio insólito de profesión. También le pasó a Javier Sagarna, que era farmacéutico al entrar en el Taller, y salió como director de la Escuela de Escritores. O a Cristina Cerrada, que trabajaba de informática en El País, y ahora es novelista y profesora de novela en Fuentetaja. O Ignacio Ferrando, que era aparejador, y ahora es profesor de escritura y ganador de todos los concursos a los que se presenta. O Eugenia Rico, la novelista que dejó una deuda acumulada de más de dos años en el Taller (Yo es que no le pago ni a mi psicoanalista, decía). O un gran número de profesores de escritura creativa que imparten sus clases en Madrid ahora mismo, y que aprendieron buena parte del oficio que les cambió la vida en el Taller de Escritura, como es el caso de Carlos Sobrino, Inés Arias de Reyna, Mariana Torres, Magdalena Tirado, Ignacio Ayerbe, Enrique Valladares, Víctor García Antón, Juan Carlos Márquez, Mar Redondo, David Gallego, María José Codes, Chema Gómez de Lora, Isabel Cobo, Elena Belmonte, Clara Redondo, Antonio Rodríguez Menéndez, Alfonso Fernández Burgos, María Tena, Virginia Ruiz, y algunos más que ahora mismo se me escapan de la memoria.
¿Y a Enrique Páez? ¿No le cambió la vida a Enrique? Vaya. Es difícil resumirlo. Para mí el Taller no fue un proyecto empresarial, sino un pulmón a través del cual respiraba en la vida. La biografía del Taller está entretejida con la mía de modo indestructible. No es como un hijo, del que uno se siente orgulloso y por el que daría la vida, porque un hijo es ajeno, por más que se abracen posturas de madre garrapata. Un hijo crece y se independiza, y hasta es capaz de reproducirse, y enterrarnos, sin mayores remordimientos. Pero para mí el Taller fue más bien un cáncer de luz, una pandemia gozosa que logré infectar a unos cuantos. Ahora el virus está descontrolado. Temblad, humanos.

viernes, 1 de febrero de 2008

A veces me acuerdo

Angelines nos ha dicho que acaba de morirse su cuñado en Hervás, se llamaba Juanjo. Roberto Bermejo, el fontanero, se compró una moto BMW el verano pasado, y se estrelló contra una furgoneta en menos de dos días. Dejó dos niñas huérfanas. Antonio Guerrero tenía cáncer, y se disparó en el paladar bajo un magnolio en el jardín de la Facultad de Física. Rafael Fortes tenía cirrosis hepática, pero sus hijos no sabían que bebía. Luis Buzón y los dos hermanos Cuevas murieron de sobredosis antes de cumplir los 23 años. La madre de Rosa se ahogó en la piscina. El marido de Graciela Barbieri, ¿cómo se llamaba?, se perdió en el mar hace 30 años, dejando a Lucas huérfano. Carmen Mieza se clavó una espada de cristal al resbalar junto al balcón de su casa. A Gonzalo le falló el corazón antes de que llegara un donante, en el hospital de Valdecilla. Norma murió de pena cuando su padre no quiso hablar con ella. Carlos dejó de fumar, pero ya era tarde. La madre de Chris Debelius se lanzó al vacío desde un piso 14 en Arturo Soria. Ana Seijas murió de sida en Málaga, cuando ya estaba desintoxicándose. Eduardo Haro, el hijo, también murió de sida. Luisa Trigo no sé de qué murió, su madre nunca me lo dijo. Emilia y Pilón tenían cáncer. Samuel y Quico infartos. Qué quieres que haga, ya sé que no estamos en noviembre, pero a veces me acuerdo de los muertos.

lunes, 21 de enero de 2008

Memoria y ausencia

Un alambre se agarrota en mis dedos y me impide escribir. Un viento polar ha congelado el éter que fluía por mi cerebro y me impide pensar. Una lava pétrea ha solidificado mi pensamiento en una fotografía de tono sepia. Y así me ha dejado, con la cara vuelta a la ventana, el mar batiendo incesantemente contra mis pupilas y tus recuerdos anegándolo todo. Pasa un barco, pasan gaviotas sobrehilando con su pico la curva de las olas, y yo no veo nada. En mis manos sólo noto un derrame de tiempo, gota a gota, que me va desangrando irremisiblemente.

Así me cerca tu memoria. Cierro los ojos y te veo ante mí, acerco mi mano para tocarte y un muro de cemento y arcilla cocida me araña la piel, y no son tus labios. Te recuerdo llorando, con ese gesto de abandono y desagüe de ternura. Hoy la noche ha bajado todas las persianas, y sé que duermes mientras te imagino. Y sueñas que te deseo. Te he visto a través de una bola de cristal sonriendo entre tules e incendios, seduciéndome desde el infier­no. Sólo pido que cuando la muerte me alcan­ce, caiga como un fardo no sobre un surco de tierra, sino sobre tu cuerpo desnudo, para sobrevivir atado a ti el tiempo sin fin que se esconde al otro lado de la muerte.

Pasan los minutos como si fueran años. Pasan las horas como si fueran generaciones y dinastías en la historia, y en mis ojos se acumula la nieve de un tiempo inmemorial, rabioso de tu ausencia. Busco entre las formas cambiantes de las nubes un perfil que te recuerde, y en el cabeceo de proa de los barcos tus piernas cortando el aire. En todas las banderas veo tu falda llamándome a voces, y en todos los círculos la pompa sensual de tus nalgas. Tropiezo y creo notar tu pie poniéndome la zancadilla. Cada cosa que leo y me gusta me hace ir a buscarte para contártelo —nunca te encuentro, siempre has bajado a comprar postales—. Me despierto y ya te has levantado y te has ido antes que yo pise la cocina. Hasta las plantas se están quedando mustias. Ellas necesitan tierra, agua y sol; yo necesito tu piel, tu saliva y tu olor.

No quiero hablar de la derrota, aunque duerme abrazada a mí todas las noches desde que te fuiste. No quiero, pero se me va la letra por ese tobogán desesperado cada vez que me siento a escribir y a contarte lo que sucede junto a la bahía durante tu ausencia. Tampoco querría hablar de la tristeza, ni de la añoranza, la desesperación y la melancolía, pero es que casi ya no queda más, porque lo llenas todo tú, y todo aquí es vacío de ti. El lecho de la bahía me llama, como una sirena o un agujero negro, y asegura que estás allí, dormida bajo las olas con un beso jugando entre tus labios. Y tengo que levantarme y salpicarme la cara con agua fresca para detener el impulso de lanzarme al silencio del mar, a disputar visiones entre gaviotas y sargos, buscando el dibujo cambiante de tu sexo entre las rocas.

sábado, 19 de enero de 2008

La memoria más antigua

El 1 de enero de 1961, en el salón de casa de mis tías, a las cero horas y quince minutos, dos locutores de televisión, tal vez José Luis Pécker e Isabel Bauzá, mostraron a todos los españoles que tuvieran televisor (que no eran tantos), que el año que se iniciaba, el de 1961, se podía leer del mismo modo al derecho y al revés. Y para demostrarlo, frente a la cámara de televisión pusieron patas arriba al tarjetón en el que habían escrito los números 1961, y chan-ta-ta-chán, efectivamente, volvía a poner 1961. Eso sí, a condición de que los dos números uno fueran palotes simples, sin cabeza y sin pie. Yo ni siquiera había cumplido los seis años, pero ya conocía los números a la perfección, y aquel truco de magia matemática me pareció tan asombroso, que se lo repetí a todos mis hermanos, que eran muchos y no me hacían mucho caso, hasta que me metieron en la boca un calcetín usado de Gonzalo para que me callara. Pero del truco aún me acuerdo, porque aquellos locutores dijeron que eso no volvería a suceder hasta cuatro mil años después, en el año 6009. No es el recuerdo más antiguo que tengo, pero sí el mejor fechado.

Más antigua es la memoria que guardo de cuando era un bebé, memoria sensorial en la que me descubro braceando en la cuna, llorando, hundido en una sima con barrotes verticales, en un charco de sabanitas blancas donde, a veces, encontraba un sonajero, un chupete perdido, o el dedo de un pie que aún no reconocía como propio. Ese recuerdo solo apareció con los ojos cerrados, tumbado en el diván del doctor Blanco, después de un mes de sesiones tormentosas. Creo que llegué a llamar a mi madre, mamá, mamá, con vocativos de angustia. No me dolía nada, no estaba mojado, no tenía hambre, pero un vacío estallaba ante mí, y unos bracitos carnosos pasaban de cuando en cuando por delante de mis ojos. Aunque eran mis brazos, yo no lo sabía. Me faltaba algo, y no eran brazos: era mi madre, su vientre, la cueva, el calor, la protección final, el nirvana, el placer total. Yo no quería estar en esa cuna. ¿Dónde estaba mi placenta? Cincuenta años después sigo durmiendo acurrucado, apretado bajo un edredón que no palpita, añorando el regreso.
Bea me lee, y frunce el ceño preocupada:
--¿Te trato mal? ¿Quieres volver con tu madre?
Le digo que no, que mi madre es como todas las madres, o sea, una pesada y una lianta. Que en realidad todo esto es una metáfora, y que además somos diez hermanos, así que, como decía Celia Cruz, no hay cama pa' tanta gente.

martes, 15 de enero de 2008

Las memorias de Francisca

Adela Campoy López, Magda Rodríguez Martín y Chony Pérez Monreal estaban ya jubiladas y vivían solas cuando se matricularon en el Taller de Escritura. Se hicieron amigas en seguida.
--¿Echas de menos a tu marido, Magda? ¿No te sientes sola?
--Quita, que era un pesado. La única alegría que me dio fue dejarme viuda. Qué descanso.
Magda, la viuda feliz, había oído en la cadena SER que el Taller de Escritura estaba a punto de arrancar, y no descansó hasta que en la centralita le dieron mi número de teléfono. No lo dudó ni un segundo. Chony vio unos carteles pegados por la calle, y siguiendo el ejemplo de Hansel y Gretel siguió el rastro de pasquines hasta llegar a mi casa. Chony tenía el cuerpo grande, unos hombros titánicos, y siempre me contaba las anécdotas de su perra Carpanta y del salón de peluquería de la calle Fuencarral, donde coincidía con Almudena Grandes dos veces al mes. Adela era la mayor. Soñaba con regresar a Fuenterrabía, donde tenía una casa grande cerca de la estación de trenes, e insistió tanto que al final terminé ocupando su casa el siguiente verano, con Marisa, Marcelo Soto y Mila García Guerrero. A mí me sirvió para escribir algunos cuentos insensatos. Marcelo escribió allí de un tirón más de la mitad de Las bodas tristes, una bellísima novela sobre la condesa de Niebla en la época de los Habsburgo, que quedó finalista del Premio Herralde de novela. Mila escribía también, aunque pasarían aún diez años antes de publicar su novela Mendigo. Adela era generosa, y no nos permitió pagar alquiler, así que en los ratos libres le pintamos de blanco la fachada de su casa, y le compramos un nuevo calentador de gas, porque el que tenía era una amenaza portátil para todo el barrio. Adela, después de asistir tres años al Taller, abandonó Madrid por Vitoria, donde vivía su hijo. Allí dirigía, tal vez dirige, otro Taller de Escritura para las amigas de la infancia. Ojalá sea feliz.

Francisca sufrió abusos sexuales durante toda su infancia, hasta que se quedó embarazada de su hermano mayor. Intentó abortar bebiendo un compuesto de perejil, ajenjo, ruda y albahaca hervidas con cerveza, pero no hubo suerte. Su tía Berta le anegó el interior del vientre soplando vinagre y detergente con una sonda que dejó dentro, tras atar el extremo inferior al muslo de Francisca, hasta que tres días después le sobrevino la hemorragia. Fue vendida a unos traficantes búlgaros, y tuvo tres hijos que le arrebataron en el mismo momento de nacer. No pasó un solo día, desde que cumplió los cinco años, en que no fuera golpeada por alguien, o por muchos. Trabajó de prostituta y limpiando letrinas en las cárceles. Sobrevivió alimentándose de la comida que le quitaba a los perros. Nadie sabe cómo, pero a los sesenta años aprendió a leer y a escribir. A partir de ese momento, descubrió que su vida podía ser otra, que había sido otra. Nadie le pudo impedir escribir y disfrutar sus memorias hechas a medida. Empezaban así: “Toda mi vida he sido feliz, desde la infancia hasta ahora”.