Una asfixia ciega sale de mi boca cada vez que te oigo gritar de dolor entre las sábanas de tu cama, tu sarcófago blanco. Estás cercada por goteros y mascarillas de oxígeno que conseguirán que la agonía dure más, que tu dolor continue más allá de lo que la naturaleza te prestó hace 90 años. Tienes llagas en el cuerpo, los huesos raídos por el tiempo, los pulmones infectados, los labios apretados, la lengua seca y los ojos arrasados por la ceguera. No es difícial, a pesar de todo eso, saber que tuviste un cuerpo bello, unos muslos rotundos, unos pechos hinchados, y un vientre fértil que parió diez hijos. Uno se murió hace quince años, y ya solo quedan nueve. Y los nueve hacen turnos sujetándote la mano para que no te mueras. Y yo, que soy el ocho, digo aquí, por si me escuchan, que quiero sujetar tu mano para ayudarte a morir en paz, no para prolongar tu muerte. Les he pedido a mis hermanos que te seden. Que no permitan que tu dolor continue. Espero que me escuchen, y exijo que conmigo hagan lo mismo cuando me llegue la hora.
Mantengo la misma opinión de hace unas semanas en el post Ten mucho miedo, y coincido punto por punto con Bea (muchas gracias, Bea) en su artículo de ayer.
Abrazos para todos.
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martes, 11 de marzo de 2008
miércoles, 5 de marzo de 2008
Mi madre
Ella cosía. Cada tarde, al regresar del colegio, yo me sentaba junto a la mesa camilla repleta de hilos, cremalleras y botones, sacaba mi cartilla para hacer los deberes, y colocaba junto al plumier y los cuadernos, mi bocadillo de pan con sobrasada o con tres onzas de chocolate hundidas en su interior. Mi madre cosía y tarareaba canciones de Mª Dolores Pradera mientras yo hacía garabatos en el cuaderno de dos rayas, siempre pegado a su falda. Yo intentaba concentrarme en la tarea, pero tenía muchas preguntas pendientes:
—Mamá, si Dios conoce el futuro de todos los hombres, ¿Por qué deja nacer a los que van a ir al infierno, si ya sabe que van a ser malos y se van a condenar?
Mi madre detenía en el aire la puntada sobre el calcetín, y me decía:
—Porque nos quiere tanto que nos hizo libres, incluso para ser malos y condenarnos.
Yo regresaba a la caligrafía y los quebrados, sin tener claros los motivos de Dios. Luego lo olvidaba, ocupado en recordar los afluentes del Tajo y buscando el mínimo común múltiplo entre mordiscos de sobrasada.
—Anda, enhébrame este hilo, que yo no atino con el ojo de la aguja.
Mi madre tenía una cinta blanca de tela con los números del uno al diez bordados en rojo. Recortaba un ocho y me lo cosía en todas las camisetas, calzoncillos y pantalones. Pero antes de que acabara, yo volvía a preguntar:
—Mamá, si sólo los que están bautizados pueden ir al cielo, ¿dónde van todos los demás?
—Al limbo, Quique. Van al limbo, como los niños recién nacidos que mueren antes de ser bautizados —me respondía impaciente.
Yo ya me había acabado el bocadillo, y veía cómo mi madre se revolvía inquieta en la silla temiendo que, tal vez, siguiera con el interrogatorio teológico. No quería enfadarla. Estaba llegando al límite, lo sabía, y no deseaba que me expulsara, como a Adán y Eva, de aquel paraíso en que mi madre, al menos por unos momentos, era sólo mía, y no de mis hermanos mayores ni de mi padre. Recuerdo que yo trataba de frenar mis dudas metiéndome en la boca unos cierres de goma rosa que años después supe que se usaban para sujetar las medias con ligueros. Pero no podía dejar de preguntar:
—Y entonces, ¿allí están todos los chinos, y los negros, y los árabes, y los esquimales? ¿No te parece que son muchos, mamá? Y si ellos no tienen la culpa de no haber sido bautizados, ¿por qué nunca van a poder ir al cielo?
Más de una vez acabó pinchándose en el dedo, como la Bella durmiente, a pesar de los dedales abollados con que cubría su dedo corazón.
—¿Ya has acabado los deberes? Pues hala, vete con tus hermanos al cuarto de juegos, que tu padre está a punto de llegar.
Años después recuerdo escenas similares mientras comíamos cortezas de naranja recubiertas de chocolate junto a las Torres del Silencio, en Caracas, o haciendo cola para la matrícula en decenas de colegios, o merendando tortitas con nata en California 47.
Y yo entonces, no sin pesar, recogía mi cartera, mis cuadernos y mis lápices, y regresaba a la selva de los hermanos, de la que no he podido, o no he querido, salir todavía.
—Mamá, si Dios conoce el futuro de todos los hombres, ¿Por qué deja nacer a los que van a ir al infierno, si ya sabe que van a ser malos y se van a condenar?Mi madre detenía en el aire la puntada sobre el calcetín, y me decía:
—Porque nos quiere tanto que nos hizo libres, incluso para ser malos y condenarnos.
Yo regresaba a la caligrafía y los quebrados, sin tener claros los motivos de Dios. Luego lo olvidaba, ocupado en recordar los afluentes del Tajo y buscando el mínimo común múltiplo entre mordiscos de sobrasada.
—Anda, enhébrame este hilo, que yo no atino con el ojo de la aguja.
Mi madre tenía una cinta blanca de tela con los números del uno al diez bordados en rojo. Recortaba un ocho y me lo cosía en todas las camisetas, calzoncillos y pantalones. Pero antes de que acabara, yo volvía a preguntar:
—Mamá, si sólo los que están bautizados pueden ir al cielo, ¿dónde van todos los demás?
—Al limbo, Quique. Van al limbo, como los niños recién nacidos que mueren antes de ser bautizados —me respondía impaciente.
Yo ya me había acabado el bocadillo, y veía cómo mi madre se revolvía inquieta en la silla temiendo que, tal vez, siguiera con el interrogatorio teológico. No quería enfadarla. Estaba llegando al límite, lo sabía, y no deseaba que me expulsara, como a Adán y Eva, de aquel paraíso en que mi madre, al menos por unos momentos, era sólo mía, y no de mis hermanos mayores ni de mi padre. Recuerdo que yo trataba de frenar mis dudas metiéndome en la boca unos cierres de goma rosa que años después supe que se usaban para sujetar las medias con ligueros. Pero no podía dejar de preguntar:
—Y entonces, ¿allí están todos los chinos, y los negros, y los árabes, y los esquimales? ¿No te parece que son muchos, mamá? Y si ellos no tienen la culpa de no haber sido bautizados, ¿por qué nunca van a poder ir al cielo?
Más de una vez acabó pinchándose en el dedo, como la Bella durmiente, a pesar de los dedales abollados con que cubría su dedo corazón.
—¿Ya has acabado los deberes? Pues hala, vete con tus hermanos al cuarto de juegos, que tu padre está a punto de llegar.
Años después recuerdo escenas similares mientras comíamos cortezas de naranja recubiertas de chocolate junto a las Torres del Silencio, en Caracas, o haciendo cola para la matrícula en decenas de colegios, o merendando tortitas con nata en California 47.
Y yo entonces, no sin pesar, recogía mi cartera, mis cuadernos y mis lápices, y regresaba a la selva de los hermanos, de la que no he podido, o no he querido, salir todavía.
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