domingo, 21 de enero de 2024

LA TERNURA DEL FANTASMA, de Enrique Páez

 

Primeras páginas de mi última novela, "La ternura del fantasma", publicada por editorial Avant: 

LA TERNURA DEL FANTASMA

Enrique Páez


 
Dedicado a Bea, que me hace feliz todos los días desde hace más de veinte años

  Los que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo. (Those who cannot remember the past are condemned to repeat it).  George Santayana, The Life of Reason, 1905


Uno: El llanto del fantasma

Cuando llamaron por teléfono para decirme que te habían detenido, que estabas encarcelado —no sé si en una comisaría, o en los juzgados, la cabeza me daba vueltas—, lo primero que pensé es que se habían equivocado. Que no eras tú. O que alguien te había engañado. Que, como mucho, te habrías pasado con la cerveza y los calimochos en una noche de fanfarria y habías roto los espejos, los cristales de algún bar, y hasta es posible que un par de mesas. Por un momento el equilibrio me falló, la sangre abandonó mi cabeza y se concentró revuelta bajo el diafragma. Me dejó la piel fría, estremecida. Recuerdo que ese día estaba sola en casa, que Alberto tenía guardia, que tenía los pies desnudos, abiertos los dedos sobre las baldosas como un ave palmípeda, y que una mano helada, mi mano helada, aferraba el teléfono.

            Tu cara, de ojos grandes y negros, aún cubierta de papilla, de Nenuco y plastilina, se presentó ante mí. Fue una visión fantasma. No más de dos segundos. De pronto tenías cinco, diez, quince años menos, y hacías un avión con la palma de la mano, calentabas motores, y lo hacías volar por el pasillo, a la carrera, las rodillas con hoyuelos, los muslos gordos, con olor a leche, la otra mano cerrada en un puño de algodón, vestido con la camiseta a rayas de papá, demasiado grande, que te tapaba de forma intermitente la rodilla.

            Tú, que tantas veces habías dicho que querías ser policía, estabas ahora en comisaría, pero al otro lado del mostrador, en el lugar oscuro, contra la pared, castigado, con un cucurucho en la cabeza, orejas de burro y los brazos en cruz.

            Fue una ensoñación urgente, como un conjuro. Nada malo te podía pasar. Yo iba a cuidar de ti. Tu hermana Lola cuidaría de ti, mi pequeño Lobo. Porque si tú eras el lobo, ya no tendrías miedo a nada. ¿Te acuerdas? Cinco lobitos, tiene la loba, cinco lobitos detrás de la escoba. Te cantaba alguna vez, cuando eras solo un poco más pequeño que ahora. Sólo un poco más pequeño, Ulises. O aquello de José Agustín Goytisolo, susurrado a la oreja: Érase una vez un lobito bueno al que maltrataban todos los corderos. Hubiese seguido soñando, de pie, con el teléfono en una mano, si no hubiese sido por Daniel, al que oí llorar al otro lado de la línea.

            —Pero ¿cómo que está detenido? ¿Qué ha pasado, Dani?

            Y Daniel seguía llorando. Hipando a ratos.

            —No sé. No sé —repetía una y otra vez, como un autómata, como si alguien le estuviera interrogando con insistencia—. Estaban hablando de él en las noticias, en televisión. Se están metiendo con él, diciendo que era un asesino, y ahora la gente está llamando todo el rato por teléfono, y yo no sé nada. No me han dicho nada, Lola, te lo juro. Yo no sé nada.

            Me costó tranquilizarlo. Le pedí que descolgara el teléfono cuando dejáramos de hablar, y que me llamara si sabía algo nuevo, si volvían sus padres. Nuestros padres. Con quince años, Dani no tenía por qué aguantar llamadas de nadie. Papá y mamá estaban contigo, Lobo, en los juzgados, o en comisaría, allá donde estuvieras, y a Dani lo habían dejado solo. No pensaron que aquello fuera en serio, que la radio y la televisión dieran la noticia tan pronto.

            Cuando colgué el teléfono ya sabía que tú, Lobo, mi hermano Ulises, no habías roto sólo un par de cristales. No había sido una simple juerga de estudiantes borrachos, la despedida a un amigo que se va a la mili, una broma de adolescentes que desconocen el tamaño de su cuerpo y la potencia de sus músculos. No era nada de eso. Estabas acusado del asesinato de un emigrante magrebí, y la imagen de la muerte regresaba a mí, tras tanto tiempo mal disimulada, como un conjuro, como una herida sin cicatrizar.

            Te veía ahora, sin verte, trataba de imaginarte con una daga ensangrentada en la mano, chorreando aún gotitas de sangre caliente, con un gesto de desprecio tras la máscara de Jack el destripador, Antonio Anglés, Iván el terrible, Ramón Mercader, Calígula. ¿Qué coño tienes tú que ver con todos ellos, Lobo? No podía creerlo, pero las noticias en la radio, en televisión, y al día siguiente en los periódicos, repetían una y otra vez la verdad que yo me resistía a aceptar. Repetían una y otra vez que tú, Ulises Calero, alias Lobo, junto con otros tres rapados, en una noche brillante de alcohol, habíais golpeado hasta la muerte con las cadenas y pitones de las motos, a un emigrante argelino. A un muchacho de diecinueve años, Omar M. Jashata. Un árabe sólo dos años mayor que tú, de manos grandes y pelo ensortijado, recién salido de la adolescencia.

            Entonces supe, sé desde entonces, que estábamos todos cometiendo un gran error. No sólo tú, Lobo, mi pequeño skin.

            Por cierto, ¿de dónde has sacado esa cara de bestia, ese rostro irracional, de pura carne con ojos, que publican todos los periódicos? Me costó reconocerte en esas fotos crueles, créeme. Tal vez porque no quería verte así. Cómo iba a saber, siquiera imaginar, que eras tú el que con gritos y amenazas descerebradas se asomaba al otro lado de la pantalla de mi televisor pidiendo limpieza en las calles, barrer la basura de los emigrantes, hablando de moros y negros que vienen a robar, a acostarse con nuestras mujeres, a quitarle la comida a nuestros hijos. ¿De qué negra camada has nacido tú? ¿Quién te ha emponzoñado la frente hasta ese punto?

            Me llaman periodistas y amigos. Ya imaginas. Y muchos otros, buitres que huelen y comercian con carroña informativa. ¿El asesino es de tu familia? ¿Tu hermano es ese matón racista que confunde a emigrantes con cucarachas? No me lo preguntan así, ya te imaginas, pero yo sé traducir el asombro de la voz. Es normal. ¿Cómo no pedirle a un amigo que sea antirracista, que sea antifascista? ¿Qué no pensaría yo de ti, si no fuera tu hermana Lola, si no te hubiese atiborrado de biberones cuando aún eras un meón incontinente, si no hubiese empujado tu columpio y te hubiese esperado mil veces a la bajada del tobogán que estaba en el parque Wellington, a orilla de la iglesia? ¿De dónde sales, Ulises? ¿Desde cuándo has perdido el camino de vuelta a casa, Lobo? ¿En otro bosque, atiborrado con las flores de la intolerancia en una nueva lotofagia del averno?

  


             Hablé esta mañana con tu padre. Yo hablé con él, pero él apenas habló conmigo. Ya sabes cómo es de reservado. De pequeña yo lo confundía con el fantasma. No creo que te lo haya contado nunca, a pesar de que yo hablo mucho. Lo curioso es que, cuando llamé esta mañana, era para saber algo de ti, qué había pasado, cómo estaba tu hermano Daniel, tus padres, qué posibilidades había de que te sacaran pronto de allí; y colgué sin saber nada nuevo, pero después de haber llorado un rato. Tu padre también lloró, aunque tal vez para ti eso no sea novedoso, incluso te avergüence. Tu padre llorando. No, no creo que te agrade la idea. Y, sin embargo, te puedo asegurar que es una de las lecciones más sabias que puedes aprender de nadie. Aprender a llorar.

            Yo no lo conseguí hasta que cumplí los treinta, gracias a Alberto. A llorar con ganas, quiero decir, no como acto reflejo. No el llanto infantil que surge después de haberme arañado la rodilla contra el asfalto, después de haberme roto un diente de leche tras la zancadilla de otra niña, después de una negativa materna a comprarme un helado a mediados de noviembre. No ese llanto. Me refiero al que sale despacio al principio, como si llegara de puntillas. No me refiero al llanto que brota después de haber recibido una noticia adversa, ni después de un golpe, sea físico o mental, sino el que surge después de una tarde dedicada a la pura reflexión, al repaso de nuestra vida, de lo que hacemos, de lo que somos.

            Ese llanto, que no es por nadie, sino por nosotros mismos, ya no es un llanto de rebeldía, de protesta, centrífugo, extrovertido, sino un llanto interior, donde las lágrimas debían caer hacia dentro de los ojos, resbalar por el interior de los huesos, centrípetas, introvertidas. No es para que nadie nos consuele, sino para nosotros mismos.

            De esa manera no aprendí a llorar hasta los treinta, Lobo. Y tú me preguntarás que para qué. Que valiente aprendizaje, el de las lágrimas. Que hay que tener coraje —«huevos», dirías—, y no dejarse achantar por nadie. Ni por uno mismo. Y es que no lo comprendes todavía. Aún eres muy niño, y el llanto te parece una rendición, cuando en realidad es un acto de sabiduría.

            No te rías. O sí, ríete, pero date cuenta de que justamente son la risa y el llanto dos de las cualidades que nos separan de la irracionalidad de los animales. Las diferencias entre ellos y nosotros no están sólo en el cerebro. No es sólo una cuestión de corteza cervical y capacidad de reflexión. Hay otras más. Y una de ellas, tal vez la más hermosa, tiene que ver con las emociones. La risa y el llanto, Lobo. El llanto por nosotros mismos, no como pulsión nerviosa; y la risa también hacia nosotros mismos, el no tomarnos tan en serio todo lo que pensamos, todas nuestras absurdas trascendencias, todo ese querer sobrevivir a la historia, todos esos acopios de razón —«cargado de razones», se decía antes, como si se hablara de un almacén de ultramarinos— que nos hace ejecutar las acciones más absurdas, más contra natura. Como levantar la mano armada y descargarla contra otro sólo porque nació mil o tres mil kilómetros más al sur, o más moreno, o porque se ha dejado crecer más el pelo y lleva una camisa de flores.

            ¿Sabías que para reír o para llorar se necesita poner en marcha decenas de pequeños músculos de la cara? Más para llorar que para reír, y es que a lo mejor el llanto es más profundo, más complejo, y la risa un poco más superficial. No lo sé. Pero, desde luego, se mueven una cantidad de músculos impensables en las caras de otros animales. Por eso ellos no tienen rasgos en la cara, no tienen gestos. Y cuando algún gato, perro o mono, desde luego algunos de los más cercanos al hombre, de los que más «se le parecen», nos parece que compone un gesto, que nos lanza un mensaje de emociones —tipo risa o llanto—, nos alarmamos y damos grandes gritos.

            «Venid a verlo, fijaos cómo parece que pone cara de pena, como si estuviese arrepentido de lo que ha hecho», porque, de pronto, parece que ese animal tiene una cualidad que hasta ese momento era sólo nuestra, sólo humana.

            Es hermoso llorar, Ulises. Los hombres lloran. Es precisamente el hombre, el ser humano, el que llora. Y eso le hace más humano, más hombre. Es lo primero que hacemos, nada más nacer. El primer aliento de la vida nos llega a través del llanto: tomamos aire para seguir llorando. Y lo seguimos haciendo hasta el último momento, hasta el momento final. Después ya no. Los muertos tampoco lloran. Los lloramos los vivos; por simpatía, por hacer el gesto que ellos ya no pueden hacer, por tenerlos vivos un poco más, temblando entre nuestras lágrimas.

            Ahora que todo se estudia, que todo se aprende, ¿por qué no incorporar una asignatura de risa y llanto —la más humana, la más solidaria—, a los planes de estudio, a los rebautizados con pompa diseños curriculares? «Ya no hay espacio para las humanidades», dirá el ministro de turno. Van desapareciendo todas ellas: filosofía, historia, literatura... ¿Quién se extraña de que llegue una nueva generación deshumanizada? Cría cuervos: tendrás muchos y te sacarán los ojos. ¿Qué esperabas, ministro del alcornoque? Las nuevas promociones sabrán agradecértelo arrancándote las vísceras con pulso firme, impasible el ademán, sin que una breve duda moral haga temblar siquiera el gesto. Luego te olvidarán. Afortunadamente el futuro no depende de mí ni de ti, ministro de alfalfa, sino del péndulo de la historia, que hace que cada generación abomine, no sin motivo, de los logros de la otra. Pero tú, ministro del cencerro, tendrás el dudoso honor de llevarte la palma del destrozo.

            Pero volvamos a lo nuestro, Ulises. No sé tú, pero yo a veces me pongo a pensar en mi propia muerte. Imagino que muero en un accidente, o que alguien me encuentra fría en mi cama una mañana, que me suicido, que caigo fulminada de un ataque al corazón al salir de un cine. Da igual cómo muera —preferiblemente sin dolor—, porque lo que importa viene después de mi muerte. Imagino a mis amigos, a vosotros, a toda mi familia, mis antiguos amantes, uno a uno, cómo se van enterando de mi muerte. Y todos lloran.

            «Era buena, yo la quería, aún me acuerdo cuando... », dicen uno tras otro.

            Con una omnisciencia casi divina sé que me echan de menos, los veo llorar, arrepentirse de las veces que me hicieron daño, de alguna vez que me trataron con dureza. Yo voy con ellos, detrás del féretro donde yo estoy muerta, irreversiblemente muerta, y todos se disputan interiormente el honor de ser el que más sufre con mi ausencia, el que más huérfano de Lola se siente, el más inconsolable, el que más siente no haberme dicho aquello que no me dijo. El cortejo avanza silencioso, camino del cementerio. Los llantos no son estridentes, sino contenidos. El dolor es tan interior y tan intenso que sólo de vez en cuando se desbordan tres o cuatro lágrimas rabiosas en esos rostros de duro pedernal, de insobornable bronce. Yo sonrío en mi ataúd, complacida por tanto dolor, por tanto reconocimiento, por tanto amor. A esas alturas, normalmente estoy yo misma llorando ya como una magdalena. No puedo soportar tantas lágrimas por mi culpa entre la gente que más amo. Y no sé ya si lloro por mi propia muerte, por identificación con el dolor de toda esa gente, o porque no podré ver ese espectáculo tan hermoso, celebrado en mi honor, pero sin que yo ya lo sepa. Tú no verás caer la última gota /que en la clepsidra tiembla, decía Machado. El caso es que las lágrimas resbalan blandas por mis mejillas, y yo respiro satisfecha, tranquila al fin, al comprobar que aún me quieren y que todos se han enterado. ¿Puede alguien soportar la idea de morirse en el completo anonimato, sin que nadie lo sepa nunca, sin que a nadie le importe, sin que nadie le diga «adiós, te echaré de menos»?

 

            Porque al menos hubo una vez, un tiempo, tal vez una única tarde sea suficiente, en la que nos reímos de todo, y lo pasamos bien. No comprendo la muerte anónima, y comparto al mismo tiempo la sensación de soledad de la muerte. Puede que sea normal que nos escondamos físicamente para morir, que el último gesto animal, como los toros y los elefantes, sea el buscar un abrigo, morir a cubierto, morir en brazos de alguien, volver al seno materno, y no en el centro del ruedo, histriónicamente, como un actor excesivo, sobreactuado.

            Hace años me impresionó la crónica de los suicidas urbanos de Nueva York. Unos suicidas solitarios, hartos de todo y de todos, como todos los suicidas, que ejemplarmente se tiraban al interior del camión de la basura en marcha, para que las aspas los trituraran y dieran cuenta de ellos igualándolos a cualquier otro montón de basura. Modos paradigmáticos de morir, una vez asumido hasta las últimas consecuencias que no somos sino un montón de estiércol, inútil incluso como abono natural. Ya sé que es un ejercicio tonto, este de soñar con la propia muerte. Un ejercicio morboso e infantil, pero a mí me deja como nueva. Es como ir al cine y ver una película tremenda, como Muerte en Venecia, o La lista de Schindler.

            El fantasma sabía llorar. Yo lo escuché cientos de veces, cuando era niña, sin saber que era tu padre, mi padre. Durante años fue un lamento que me perseguía por las noches, quedo, muy bajito, sin yo saber de dónde provenía. Muchas noches me despertaba por cualquier cosa y, tú lo sabes, en La Orotava no había el menor ruido. Tenía el oído fino, más fino que ahora, y escuchaba un lamento ahogado, un llanto secreto, casi un rodar de lágrimas y un roce de sábanas en el interior de la casa. Era el fantasma.

            Tal vez por eso a mí, los fantasmas, nunca me han dado miedo. Sólo pena. Imagino una figura espectral, mitad luz mitad carne, deambulando con gemidos por cualquier mansión encantada, y en lugar de lanzar un grito de horror, una congoja me anuda la garganta y los ojos se me nublan de agua salada. Porque lo que más pena me daba no era que el fantasma llorara —sus motivos tendría, eso era algo que a mí no me afectaba—, sino que se viera obligado a esconder su llanto.

            Los fantasmas se esconden de la gente, sólo salen de noche, cuando los vivos duermen, a pasear su desgracia y sus cadenas por la casa que les vio morir. Por lo general, la idea que se tiene de los fantasmas es que son socarrones, pendencieros y bromistas. Sus modales son, si te fijas bien, demasiado infantiles, con trucos de imagen y sonido más propios de barraca de feria, que hacen la delicia de los niños. Tal vez por eso no se han ido. Aún tienen que crecer un poco, evolucionar, hacerse más adultos.

            Mi fantasma, el que habita en nuestra casa de La Orotava, era mucho más atípico. No gemía para que le oyéramos y nos asustáramos, sino que lo hacía tratando de que nadie se enterara, sin molestar, como avergonzado de su propio llanto. Se arrastraba por el pasillo de puntillas, con pantuflas o pies descalzos en lugar de cadenas, y ahogaba sus lamentos contra la almohada, en un silencio y una soledad demasiado dolorosos. Jamás en la vida un llanto me ha conmovido tanto. Muchas veces lo acompañé con otras lágrimas mías, paralelas, como un eco que iba subiendo y subiendo su volumen, para acallar el otro lamento que venía de no sabía dónde. Yo lloraba con menos control que el fantasma, tenía menos práctica, hasta que tu padre, mi padre, abría la puerta de mi cuarto y me consolaba.

            —¿Hay un fantasma en casa, papá? —le preguntaba.

            —Estabas soñando, nenita. Tenías una pesadilla. Duérmete ya, que yo estoy aquí. —Me tomaba de la mano, la suya grande y caliente, como una hogaza de pan recién horneada, y yo me dormía.

            Aquellas lágrimas nocturnas del fantasma arrojaron una sombra de tristeza sobre toda mi infancia. Pero también de calor. Yo sabía, por aprendizaje mimético, que a veces me tocaría esconder el rostro y las lágrimas; pero también encontré el calor de otro fantasma, tu padre, que venía a consolarme de las mías. No supe hasta mucho después, no sabría decirte cuando, al perder la agudeza del oído o al aprender también a llorar en silencio, que los dos fantasmas eran sólo uno: unas veces le tocaba llorar, y otras consolarme. Era un fantasma demasiado humano para ser fantasma. Yo no sabía que era tu padre. Que era nuestro padre, Lobo, cuando tú aún no habías nacido. Y sólo mucho, pero mucho después, hace apenas cinco años, supe por qué lloraba tu padre, nuestro padre. No lo podrás creer si te lo cuento, Lobo. Si en algún momento tengo fuerzas para hablar, para desvelar el secreto, te lo cuento.

            Hace un buen rato que se marchó Enzo Giacomo, el último lector de la sala Cervantes. Ya no queda nadie en Raros. Excepto yo, y los manuscritos, incunables y raros, claro. ¿Entraría yo en el catálogo como incunable, o como rara? No digo lo que escribo, sino yo misma. ¿Se podría hacer un Catálogo Decimal Universal para las personas? ¿Y un ISBN, o un ISPN —International Standar Person Number—? Tal vez así no nos llevaríamos chascos, y no mezclaríamos las churras con las merinas. Desde que Avelino Sotoa —no sé si llegó la noticia a los periódicos de Tenerife, supongo que sí, aunque dudo mucho que la leyeras— se llevó no sé cuántas páginas arrancadas de manuscritos, beatos e incunables, degolladas más bien habría que decir, el trabajo de control de los fondos es casi superior al de conservación, archivo y catalogación. Lo del abuelo Avelino me pareció doblemente incomprensible, por vándalo y conocedor, aunque bien sé que la solución tampoco es la de enterrar los libros‑tesoro en las catacumbas de la biblioteca para que los devoren las polillas o las microbacterias.

            Sospecho, Lobo, que tu propia historia te ha sido escamoteada. Te ha sido negada. Ni tu padre ni yo pudimos hacer nada por ti, casi desde el mismo momento en que naciste. Sólo te pusimos el nombre, y ahora sé que fue la última muestra de una venganza intencionada. Pero desde el mismo momento en que saliste del hospital y asomaste la cabecita por la puerta de casa, fuiste un rehén de tu madre y del abuelo Santiago. Yo escapé de todo aquello, ya lo sabes, recién estrenada mi mayoría de edad, meses antes de que nacieras. Y tu padre volvió a ejercer de fantasma, imagino, así que tal vez sepas algo de su deambular nocturno por la casa, de sus gemidos ahogados, de su desesperada soledad.

            Así que tal vez no sepas nada de ti mismo, digo. Y si es así, ¿cómo podías saber nada del otro, de Omar, de tu hermano de especie, la especie humana, Lobo, la tuya y la de él? ¿Cómo ibas a conocer su anagnórisis, la señal de reconocimiento de Omar, si ni siquiera conoces la tuya propia? Esa tal vez es otra asignatura pendiente, Ulises. Aristóteles la habría incorporado a los planes de estudio: ejercicios obligatorios de anagnórisis, de reconocimiento que sirva para aclarar el desconocimiento, en todos los niveles educativos. Serían algo así como clases antirracistas, pruebas de tolerancia, de convivencia.

            Me dirás que esas son las clases de ética, de filosofía, las marías de siempre en todos los cursos. Pues debían ser, Lobo, pero no lo son. Y la prueba la tienes delante de ti, justo al otro lado del espejo, cada vez que te rapas la cabeza por las mañanas. ¿Eso es todo lo que has aprendido?

            No reconocer a Omar, tu adversario desconocido, como a un igual, ignorar el parentesco que te une a él, no es un simple olvido, un desconocimiento intelectual, sino un fallo moral, Lobo: muestra la falta de un sentimiento puramente natural, una alienación y un endurecimiento extremo.

            Te sorprendería saber que, hasta Homero, el que creó a tu homónimo, el astuto Ulises, veía en el hecho de ignorar a alguien un indicio de inhumanidad. En toda la historia de la literatura, en todos los idiomas, épocas y regiones, la muerte de otro, el homicidio, es un momento decisivo, una señal de aviso y el momento en que el protagonista, y tú lo eres de tu propia historia, se encuentra con su destino: o se reconoce y se reconcilia consigo mismo, o se precipita a un abismo fatal.

            Y a mí me pasa lo mismo, Lobo. Me siento un poco responsable de esa muerte, y no por aliviarte el peso y tu responsabilidad, que es entera tuya, sino porque la omisión es un delito moral también, y yo busco mi cuota. Tampoco es masoquismo. Es que tú no estás sólo, Ulises. Te hemos hecho entre todos. Por error y omisión, pero entre todos, Lobo.

            El hecho de reconocer tiene que producirse desde las capas más profundas del alma humana, y forma parte del proceso de la catarsis. Eso también es de Aristóteles, Lobo, y es que me parece que has perdido dos o tres letras, hiciste novillos el día que tocaba esa lección, o tal vez tenías la gripe y no te prestaron los apuntes, pero eso no te da derecho a matar; con eso no se justifican los asesinatos. Es el no‑saber. La ignorancia no sólo es atrevida; ya ves que también es ciega, y brutal, y homicida. Tal vez sólo te faltaba saber tu propia historia, Lobo, para que no estuvieras condenado a repetirla, como una trágica burla del destino.

            Cuando un hombre mata a otro hombre, luego regresa —regresa siempre, aunque sólo sea con el pensamiento—, y va a buscar a la viuda, a los hijos, a la novia, a los padres, a los hermanos del muerto. ¿Qué sabes tú de Omar? ¿Cuántas lunas, como dicen los indios Sioux, has caminado con sus mocasines? En el periódico pone que en el bolsillo de su pantalón llevaba arrugados unos breves poemas manuscritos, casi haikus, dedicados a su novia. ¿Le diste tiempo a que te los leyera, que te explicara el sentido de sus versos? Qué ibas a saber tú, si la rabia te cegaba la vista.

            De la Odisea, de las aventuras de Ulises tras su regreso a Ítaca, se cuentan dos finales, ya no de Homero, sino del ciclo troyano. En uno, Sófocles, siguiendo la Telegonía de Eugamón de Cirene, escribe su tragedia Ulises alcanzado por el aguijón de una raya, y en ella Ulises muere a manos de su propio hijo, Telégono, hijo también de la maga Circe, a quien Ulises reconoce demasiado tarde. Anagnórisis tardía. Demasiado tarde, Lobo, date cuenta, para impedir su muerte. El otro final es inverso, y es también Sófocles el que cuenta cómo Ulises, antes de morir a manos de su hijo Telégono, por consejo de la desconfiada Penélope, mata a su vez, y también sin saberlo, a otro hijo desconocido, Euríalo, nacido de la princesa Euippe del Epiro. Los dos hijos, tanto el homicida como el asesinado, llegaron a Ítaca en busca del amor de su padre.

            ¿A qué crees que había venido Omar a España, Lobo? ¿Crees de verdad que su oculto propósito, que sólo tú descubriste, vengador por cuenta propia, era robar y arruinar a veinte millones de españoles y violarnos a veinte millones de españolas? ¿Él sólo, o tal vez con la ayuda de sus tres hermanos y de su tío Abdel? Vamos, Ulises, sé sincero: de qué se supone que tienes miedo, si tú eres el lobo. Eres blanco, europeo, varón, católico, joven, de familia media, estás en tu país, en una tranquila ciudad de provincias y no tienes taras físicas apreciables. ¿De qué coño tienes miedo para andar con la pitón de la moto abriéndole la cabeza a los que no tienen la sartén por el mango?

            Hay pintadas hermosas —y te lo digo a ti, que probablemente has usado el spray para escribir cosas terribles, como «Lucrecia: jódete», o la de «emigrantes=maleantes»—. Hay miles de pintadas llenas de esperanza, de deseos de libertad y de luz. «Ha salido el sol: corre la voz». Recuerdo, por lecturas, no por haberlo vivido, que, en París, en el 68 —«Seamos realistas: pidamos lo imposible»—, hubo una revuelta en las universidades. Los estudiantes levantaban barricadas —«Debajo de los adoquines está la playa»—, y se atrincheraban en el barrio latino —«Desabotónate el cerebro tantas veces como la bragueta»—. Se declaró el «Estado de felicidad permanente», y un joven estudiante alemán, Daniel Cohn‑Bendit, arengaba a sus compañeros y sonreía, desarmado y orgulloso, a tres centímetros de los fusiles y las tanquetas de los blindados franceses. Pronto los medios de comunicación encontraron una fisura en la estrategia estudiantil: el líder era alemán y, para colmo, judío. Fue la excusa oficial para poner en marcha la deportación, la expulsión del país. «París era una fiesta», volvería a decir Hemingway si hubiese estado allí; y las paredes se llenaron con la pintada más hermosa: «Nous sommes tous des juifs allemands» (Todos somos judíos alemanes). ¿De qué otra manera podía ser?

            No sé si lo entiendes, Ulises, pero ahí está la clave. Yo siempre seré judía alemana en París del 68, y eso quiere decir que hoy me toca ser emigrante argelina, y estoy muriendo a consecuencia de las patadas de tus botas militares con puntera de acero. ¿Cómo no voy a llorar, si apenas me llega el aire a la boca?

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