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martes, 11 de marzo de 2008

Mamá se muere

Una asfixia ciega sale de mi boca cada vez que te oigo gritar de dolor entre las sábanas de tu cama, tu sarcófago blanco. Estás cercada por goteros y mascarillas de oxígeno que conseguirán que la agonía dure más, que tu dolor continue más allá de lo que la naturaleza te prestó hace 90 años. Tienes llagas en el cuerpo, los huesos raídos por el tiempo, los pulmones infectados, los labios apretados, la lengua seca y los ojos arrasados por la ceguera. No es difícial, a pesar de todo eso, saber que tuviste un cuerpo bello, unos muslos rotundos, unos pechos hinchados, y un vientre fértil que parió diez hijos. Uno se murió hace quince años, y ya solo quedan nueve. Y los nueve hacen turnos sujetándote la mano para que no te mueras. Y yo, que soy el ocho, digo aquí, por si me escuchan, que quiero sujetar tu mano para ayudarte a morir en paz, no para prolongar tu muerte. Les he pedido a mis hermanos que te seden. Que no permitan que tu dolor continue. Espero que me escuchen, y exijo que conmigo hagan lo mismo cuando me llegue la hora.
Mantengo la misma opinión de hace unas semanas en el post Ten mucho miedo, y coincido punto por punto con Bea (muchas gracias, Bea) en su artículo de ayer.
Abrazos para todos.