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domingo, 29 de agosto de 2010

Me acuerdo de...

Me acuerdo de los raspados de hielo de Caracas, sirope de fresa y leche condensada, con la música de carrusel filtrándose a través de las persianas venecianas. Sirio ladraba en el jardín de Quinta Loló, y Paulov se reía a carcajadas. Desde el salón de tres paredes de la casa se veía el hotel Humboldt, arriba del Ávila, el teleférico, la cota mil y un anuncio que parpadeaba: "Fiesta empieza con EFE". La vecina italiana, al fondo de la calle ciega, en la avenida Casiquiare, llamaba a sus hijos: "¡Mario, Paolo, a manjare!", mientras yo le tiraba piedras al Catire y a Milena.

Me acuerdo de Mayte, mi primera novia. Tenía las tetas grandes, el pelo largo y rizado, de color castaño claro, y olía a Nenuco, una colonia de bebés. Cada vez que hundía mi nariz en su cuello y cerraba los ojos me quedaba desconcertado. Nunca supe si usaba ese perfume para seducirme o para frenar mis deseos de desnudarla.

Recuerdo que mi amigo Carlos me tiró una piedra en el patio del colegio. Yo no la vi venir, pero acertó en el medio de la frente, y empecé a sangrar como si tuviera un grifo abierto. No me dolía, no sabía qué hacer, después de explorar la herida con los dedos, empecé a chuparme las manos ensangrentadas para recuperar la sangre que perdía. Estaba salada.

Me acuerdo de Ringo y Pepa, mis dos perros mastines, que solo se escaparon una vez, porque me dejé la puerta abierta, y regresaron dos horas más tarde, contentos de haber vivido una gran aventura nocturna bajo la luz de la luna.

Me acuerdo de cuando me enamoré de mi prima Esther, que ya no existe, porque entonces ella tenía 13 años, y ahora tiene 54. Ella recibía clases de esgrima, y yo tocaba la guitarra. Ningún futuro. A decir verdad el Enrique que se enamoró de Esther tampoco existe, porque él tiene ahora 55, y no 14. Pero entonces, ¿cómo es posible que el hombre que le suplanta le haya robado también los recuerdos?

Me acuerdo de cuando Tito me arrancó el último diente de leche. Me movía mucho, y yo podía meter la punta de la lengua por debajo del diente y saborear la sangre que brotaba del interior de las encías. Tito lo empujó, sin dudarlo, y allí se terminó la infancia. A la semana siguiente me enamoré por primera vez de una compañera de clase, se llamaba Silvia.

domingo, 19 de julio de 2009

El gato 03

Este es un texto falso que sustituye al que había antes, para evitar su copia.
Percuntia tempora fati conqueror, in uentos inpendo uota fretumque; ne retine dubium cupientis ire per acquor; si bene nota mihi est, ad Caesaris arma iuuentus naufragio uenisse uolet. lam uoce doloris utendum est: non ex acquo diuisimus orbem; Epirum Caesarque tenet totusque senatus, Ausoniam tu solus habes». His terque quaterque uocibus excitum postquam cessare uidebat, dum se desse deis ac non sibi numina credit, sponte per incautas audet temptare latebras quod iussi timucre fretum, temeraria prono expertus cessisse deo, fluctusque ucrendos classibus exigua sperat superare carina.

domingo, 12 de julio de 2009

El gato 02

Este es un texto falso que sustituye al que había antes, para evitar su copia.
Percuntia tempora fati conqueror, in uentos inpendo uota fretumque; ne retine dubium cupientis ire per acquor; si bene nota mihi est, ad Caesaris arma iuuentus naufragio uenisse uolet. lam uoce doloris utendum est: non ex acquo diuisimus orbem; Epirum Caesarque tenet totusque senatus, Ausoniam tu solus habes». His terque quaterque uocibus excitum postquam cessare uidebat, dum se desse deis ac non sibi numina credit, sponte per incautas audet temptare latebras quod iussi timucre fretum, temeraria prono expertus cessisse deo, fluctusque ucrendos classibus exigua sperat superare carina.

viernes, 10 de julio de 2009

El gato 01

Este es un texto falso que sustituye al que había antes, para evitar su copia.
Percuntia tempora fati conqueror, in uentos inpendo uota fretumque; ne retine dubium cupientis ire per acquor; si bene nota mihi est, ad Caesaris arma iuuentus naufragio uenisse uolet. lam uoce doloris utendum est: non ex acquo diuisimus orbem; Epirum Caesarque tenet totusque senatus, Ausoniam tu solus habes». His terque quaterque uocibus excitum postquam cessare uidebat, dum se desse deis ac non sibi numina credit, sponte per incautas audet temptare latebras quod iussi timucre fretum, temeraria prono expertus cessisse deo, fluctusque ucrendos classibus exigua sperat superare carina.

viernes, 14 de marzo de 2008

Sangre de Cristo

El hermano Molina nos lo dijo en los cursillos de catequesis una semana antes de nuestra Primera Comunión:
—Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, a que un rico entre el Reino de los Cielos.
Me acordé de que en la casa de mi amigo Darío hay un pequeño galeón de madera, con cañones y velas desplegadas, encerrado dentro de una botella transparente de cuello estrecho. No podía entender cómo lo habían metido. Pero lo de los camellos, con sus dos jorobas llenas de agua, colándose por el ojo de una de las agujas del costurero de mi madre, aunque fuera una de las grandes, de las de tejer, era simplemente imposible.
De modo que solo me quedaban dos opciones: o conseguir que mi padre se arruinara de golpe; o apostar por lo seguro, y morir en estado de gracia.
Mi padre es el propietario de Joyerías Gayoso, con dos fábricas y más de treinta tiendas en España, y siete entre Portugal y Francia. Un total de más de ciento cuarenta empleados. Está forrado. Es imposible llevarle a la quiebra. Y además, si lo consiguiera, más de ciento cuarenta familias se quedarían sin puesto de trabajo. ¿Y todo eso para qué? ¿Para que mi padre se arruine, y que yo pueda salvarme al dejar de ser rico, y no tener por ello que hacer una pirueta mayor que la del camello contorsionista que intenta pasar por el ojo de una aguja?
Pensándolo bien, yo no podría salvarme tampoco arruinando a tanta gente, porque eso tampoco me llevaría a la contemplación eterna de Dios en el Paraíso. Hacer daño a otros para sacar un beneficio propio es pecado, estoy casi seguro.
Robarle a mi padre tampoco era una solución, porque robar también es pecado, vaya que sí. El séptimo mandamiento. Más claro, agua.
Así que tenía que buscar otra solución sin arruinar a mi padre ni a los ciento cuarenta trabajadores que dependían de él.
Morirse en estado de gracia era la respuesta al problema.
Esta vida es un valle de lágrimas, y más aún desde que trasladaron de colegio al bestia de Pardiñas y lo metieron en nuestra clase. Cada día reparte catorce collejas, por lo menos, así que lo mejor es irse de aquí, y sentarse cerquita de Dios Padre, sin abusones cerca. No estoy diciendo ninguna barbaridad, porque según el hermano Molina, también lo dijo Santa Teresa de Jesús, con aquello de “Vivo sin vivir en mí”, vaya angustia, eso no era vida, era un sinvivir, que dice mi madre; “y tan alta vida espero”, como yo, no te digo, que Santa Teresa no era tonta, quería lo mismo que nosotros: llegar a tiempo y coger un buen sitio; “que muero porque no muero”, vaya prisa, vaya ganas de empezar a disfrutar de la Gloria Eterna, normal.
De modo que cuando le conté mi plan para ascender al Cielo por la vía rápida a mi compañero Darío, que hace de monaguillo del Padre Fabián, se puso como loco de contento.
—¿Y de dónde vamos a sacar el cianuro? —me preguntó.
—De eso me ocupo yo —le dije—. Sé dónde lo guardan en la decantadora de oro de la fábrica de mi padre.
El día de nuestra Primera Comunión no hubo en el mundo dos niños más felices que Darío y yo, los únicos que sabíamos que la fiesta posterior no la íbamos a celebrar en el patio del colegio, donde ya estaban preparadas las mesas con los recordatorios y los aperitivos de jamón y gambas, sino en los jardines del Paraíso. Y no con nuestros padres terrenales, sino con los celestiales. Además de nosotros dos, limpios de pecado y con el cuerpo de Cristo en nuestro interior, otros quince compañeros nos acompañarían gratis en el viaje al más allá. Eso sin contar con el padre Fabián, que comulgaba siempre el último. Ellos aún no sabían la suerte que tenían.
Justo después de la Consagración, vestidos de blanco marinero, con los galones de almirante, las sandalias de charol blanco, el rosario y el misalito Regina de nácar en la mano, Darío y yo nos pusimos los primeros en la fila para recibir la Primera Comunión. Cuando me arrodillé ante él, me pareció que el padre Fabián me sonreía como si conociera nuestro secreto. Pero yo sabía que no. Darío ya me había dicho que había conseguido realizar la mezcla sin que el pater se diera cuenta. El padre mojó la hostia consagrada en la sangre y cianuro de Cristo, me la acercó a la boca, cerré los ojos, y recibí alborozado mi billete al Paraíso.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Mi madre

Ella cosía. Cada tarde, al regresar del colegio, yo me sentaba junto a la mesa camilla repleta de hilos, cremalleras y botones, sacaba mi cartilla para hacer los deberes, y colocaba junto al plumier y los cuadernos, mi bocadillo de pan con sobrasada o con tres onzas de chocolate hundidas en su interior. Mi madre cosía y tarareaba canciones de Mª Dolores Pradera mientras yo hacía garabatos en el cuaderno de dos rayas, siempre pegado a su falda. Yo intentaba concentrarme en la tarea, pero tenía muchas preguntas pendientes:
—Mamá, si Dios conoce el futuro de todos los hombres, ¿Por qué deja nacer a los que van a ir al infierno, si ya sabe que van a ser malos y se van a condenar?
Mi madre detenía en el aire la puntada sobre el calcetín, y me decía:
—Porque nos quiere tanto que nos hizo libres, incluso para ser malos y condenarnos.
Yo regresaba a la caligrafía y los quebrados, sin tener claros los motivos de Dios. Luego lo olvidaba, ocupado en recordar los afluentes del Tajo y buscando el mínimo común múltiplo entre mordiscos de sobrasada.
—Anda, enhébrame este hilo, que yo no atino con el ojo de la aguja.
Mi madre tenía una cinta blanca de tela con los números del uno al diez bordados en rojo. Recortaba un ocho y me lo cosía en todas las camisetas, calzoncillos y pantalones. Pero antes de que acabara, yo volvía a preguntar:
—Mamá, si sólo los que están bautizados pueden ir al cielo, ¿dónde van todos los demás?
—Al limbo, Quique. Van al limbo, como los niños recién nacidos que mueren antes de ser bautizados —me respondía impaciente.
Yo ya me había acabado el bocadillo, y veía cómo mi madre se revolvía inquieta en la silla temiendo que, tal vez, siguiera con el interrogatorio teológico. No quería enfadarla. Estaba llegando al límite, lo sabía, y no deseaba que me expulsara, como a Adán y Eva, de aquel paraíso en que mi madre, al menos por unos momentos, era sólo mía, y no de mis hermanos mayores ni de mi padre. Recuerdo que yo trataba de frenar mis dudas metiéndome en la boca unos cierres de goma rosa que años después supe que se usaban para sujetar las medias con ligueros. Pero no podía dejar de preguntar:
—Y entonces, ¿allí están todos los chinos, y los negros, y los árabes, y los esquimales? ¿No te parece que son muchos, mamá? Y si ellos no tienen la culpa de no haber sido bautizados, ¿por qué nunca van a poder ir al cielo?
Más de una vez acabó pinchándose en el dedo, como la Bella durmiente, a pesar de los dedales abollados con que cubría su dedo corazón.
—¿Ya has acabado los deberes? Pues hala, vete con tus hermanos al cuarto de juegos, que tu padre está a punto de llegar.
Años después recuerdo escenas similares mientras comíamos cortezas de naranja recubiertas de chocolate junto a las Torres del Silencio, en Caracas, o haciendo cola para la matrícula en decenas de colegios, o merendando tortitas con nata en California 47.
Y yo entonces, no sin pesar, recogía mi cartera, mis cuadernos y mis lápices, y regresaba a la selva de los hermanos, de la que no he podido, o no he querido, salir todavía.

lunes, 14 de enero de 2008

Caracas, 1964-1967

En Caracas, a mediados de los años sesenta del siglo pasado, vivía un millón de personas dentro de la ciudad, y novecientos mil desheredados en los ranchitos de las afueras, a partir de Petare, y por debajo de la cota mil, en las faldas del Ávila. Los adecos, con Raúl Leoni al frente, habían vuelto a ganar la presidencia frente a los copeyanos. Por las noches, desde las colinas de Bello Monte, yo veía cómo se encendían las ventanitas del hotel Humboldt que coronaba la cumbre, y soñaba con subir en teleférico hasta su azotea, para tener el valle de Caracas a mis pies. En el patio del colegio jugábamos a las adivinanzas:
--¿A que no te sabes el nombre de dos animales que tengan las cinco vocales dentro de su nombre?
--Yo me sé uno: murciélago.
--Vale, ¿y el otro?
--No lo sé.
--Pues yo sí: Raúl Leoni.
El que perdía le tenía que dar al otro un cachito, una corteza de no sé qué planta en forma de ameba, entre garra, media luna y lágrima, que nosotros pulíamos durante horas, y después abrillantábamos y oscurecíamos con aceite, para hacernos colgantes y llaveros.
Hacía tanto calor, que nuestra casa tenía un salón con solo tres paredes; la cuarta estaba abierta al jardín, al cerro del Ávila, y a la cumbre de los edificios que sobresalían más allá de Chacaíto. Uno, en especial, refrescaba cada noche nuestra imaginación, y no porque el edificio tuviera nada de especial, sino porque sobre aquel rascacielos había un anuncio luminoso que parpadeaba sin cesar un anuncio de helados: “Fiesta empieza con Efe”. Un helado, por favor, un polo, un raspado, lo que sea. A media tarde pasaba por la puerta de la quinta Loló, en la avenida Casiquiare, el carrito de helados y raspados cuya música aún recuerdo. Por un mediecito podías tomarte un cucurucho de hielo regado con sirope de frutas. Mis raspados preferidos eran los de tamarindo, grosella, y fresa con leche. De mango no, porque teníamos cuatro árboles de mangos en casa, y regalábamos sacos a todo el que pasara por la calle.
Fue en Caracas donde descubrí la televisión. Mientras en España, en 1964, solo emitía TVE, algunas breves horas de la tarde (la segunda, el UHF, aún ni siquiera existía), en casa de mis vecinos podían ver el canal 5 (Televisora Nacional), el canal 4 (Venevisión), el Canal 8 (Cadena Venezolana de Televisión), Radio Caracas Televisión, y el Canal 11. Suena extraño visto desde el 2008, pero Venezuela en 1965 era un país mucho más avanzado que España, que se ufanaba de ser un país en vías de desarrollo. Diez años antes de morir Franco, mis hermanos y yo viajamos en el tiempo a bordo de un DC-8, y durante tres años convivimos con los partidos políticos, la libertad religiosa, el divorcio legal, la libertad de información, la pluralidad televisiva y las playas del Caribe.
Y desde entonces me falta un diente. El paleto derecho. Me lo rompí mordiendo el suelo debajo de la cama de los padres de María Milagros, Milena y el Catire, donde me había escondido. La culpa fue de Batman, que salía por televisión cada tarde, a las cuatro o las cinco, en una serie norteamericana doblada en México. Luces linda, muñeca, ¿cómo es que tú te llamas? Oh, vamos, Nick, no molestes a la señorita. Yo no me la podía perder, hubiera matado por verla, así que cada tarde saltaba la tapia del jardín que separaba nuestras casas, me colaba por la puerta de la cocina en casa de los vecinos, subía de puntillas las escaleras hasta el cuarto de sus padres, encendía el televisor que tenían frente a la cama, y me sentaba a disfrutar de un nuevo capítulo del hombre murciélago. Estaba enganchado a esa serie, en parte porque seguíamos sin tener televisión en casa, y en parte porque todos los niños del colegio jugaban cada día a lo mismo: las nuevas aventuras de Robín y Batman. Y si yo no sabía de qué iba, me tocaría ser el malvado el caballero del crimen, Oswald el Pingüino, una vez más. Cuando el Catire y María Milagros escucharon desde el piso de abajo la música de la cabecera del programa de Batman, subieron a zancadas por las escaleras. Ellos también querían verlo. Pero yo no podía decir que estaba allí, nadie me había invitado, me había colado en la casa a hurtadillas, así que me metí debajo de la cama, y seguí mirando desde allí, con la boca abierta, las acrobacias de Batman con el batimóvil. Nada más cruzar la puerta de la habitación, el Catire se lanzó sobre la cama, justo a la altura de mi cabeza, el colchón se hundió hacia abajo, empujó mi cabeza contra el suelo, y el diente frontal de Enrique se partió por la mitad contra la baldosa del suelo.
La doctora María Elena Machaco, que pasaba consulta en las Torres del Silencio, me hizo una pulpectomía, me extirpó el nervio que había quedado al descubierto, y me tapó el agujero con cemento blanco. Solo quince años después mi hermano Gonzalo me reconstruyó el diente con una funda de porcelana. Cuando en 1977 fui con Deme a ver Marathon Man en el cine Capitol, tuve que salirme de la sala en el momento en el que el doctor Szell le hace una endodoncia en vivo a Dustin Hoffman con una taladradora dental. Eso ya lo había vivido antes.

domingo, 13 de enero de 2008

Una infancia de trenes

Desde hace cincuenta años, todos los niños crecen viendo dibujos animados por televisión. Yo no. Y no es que la televisión no existiera cuando yo era pequeño, sino que mis padres, en un ataque de fundamentalismo cultural, decidieron que ver televisión era malo para la educación y la salud de los niños, porque dejaban de leer, de jugar y de imaginar. Así que tomaron una decisión salomónica: no comprar ninguna televisión hasta que el más pequeño de sus hijos, mi hermana Peancha, fuera mayor de edad. Y lo cumplieron. Aún no sé si hicieron bien. No es que se lo reproche, pero años después yo no tuve huevos para negársela a mi hijo Elías.
Así que tuve una infancia desconectada. Unplugged, diría Eric Clapton. Pero como éramos diez hermanos, la diversión en casa estaba garantizada. Los sábados por la tarde nos dedicábamos a montar las vías del tren por toda la casa: pasos a nivel, puentes, cruces, desvíos, túneles, vías muertas, estaciones y viajeros a la espera del convoy. No sé qué cantidad de metros recorrían aquellos trenes, pero era una obra de ingeniería que necesitaba el concurso de los diez hermanos, y la asesoría, cada media hora, de un ingeniero de caminos: mi padre.
Al llegar la noche nos acostábamos exhaustos. Sólo teníamos fuerzas para sintonizar la radio, y escuchar embobados las historias de El gato con botas, Los siete cabritillos, o El sastrecillo valiente en Radio Nacional de España.
--¡Garbancito! ¿Dónde estás? --llamaban sus padres a voz en grito.
--¡Aquí estoy! ¡En la tripita del buey, donde ni nieva ni llueve!
Después de saltar de cama en cama y reventar los muelles de algún colchón, mi madre nos metía con dos azotes bajo las sábanas, apagaba la luz y nos dejaba a los pequeños cautivos en las manos de mis hermanos mayores, especialistas en torturas nocturnas. El peor era Nacho, que siempre nos contaba la historia de la familia que se comió un cadáver desenterrado del cementerio, creyendo que eran asaduras. Nacho empezaba a hacer ruidos, toc, toc, toc, y ponía voz de ultratumba:
--Ay mamaita, ita, ita, ita, ¿quién será?
--Déjalo hijita, hijita, hijita, que ya se irá.
--Que no me voy, que subiendo las escaleras estoy.
Hasta que terminaba el cuento saltando sobre nuestra cama en mitad de la tiniebla. Mis padres se preguntaron, durante muchos años, cómo era posible que todos nos meáramos en la cama hasta los diez años. Yo hasta los trece: se ve que mi implicación con la literatura era ya entonces más fuerte que la de mis hermanos.
Al día siguiente, tras abrir de par en par las ventanas y tender los hules para diluir el olor a amoniaco de ocho varones eneuréticos, empezábamos a jugar con el tren.
--El último, nena --gritaba Javier.
Y mis dos hermanas corrían como el que más por el pasillo, repartiendo codazos y metiendo zancadillas. A fin de cuentas, ¿dónde si no estaba el juego?
La merienda, galletas María Fontaneda untadas con mantequilla y azúcar. A veces, chocolate Elgorriaga y miel de la Alcarria. El domingo por la tarde había que desmontar el tren, un país completo, con ríos, pueblos y montañas, cosido por una red ferroviaria construida y desmontada por nosotros, los huérfanos del televisor. Las vías rectas con las rectas, las curvas con las curvas, el corcho del belén con el que hacíamos las montañas, a las cajas. Y todo ello, con vagones, puentes, soldados, los dinkytoys de Coque, los indios de Gonzalo, y el fuerte vaquero de Jorge, al altillo. Hasta el sábado siguiente.

lunes, 7 de enero de 2008

Sit Tibi Terra Levis

Este año cerraré el Taller de Escritura de Madrid. Son quince años de vida, doce profesores, tres locales, una web con más de dos millones de visitas, catorce libros publicados a más de mil autores diferentes, y más de treinta alumnos que actualmente se dedican a impartir clases de narrativa por distintas escuelas herederas del Taller. No sé cómo hacerle un entierro digno. Y cómo despedirme de los profesores que han dado clase conmigo: Ángel Zapata, Javier Sagarna, Carlos Molinero, Isabel Cañelles, Chema Gómez de Lora, Clara Pérez Escrivá, Ángeles Lorenzo, Jesús Urceloy, Beatriz Montero, Alfonso Fernández Burgos, Mila García Guerrero. Son muchos, y dieron mucho.
Me queda por escribir la novela del Taller, donde se relaten las hazañas de los primeros alumnos, los amores furtivos, los hijos de los que se conocieron en el Taller, las novelas que se escribieron allí, las traiciones, los amantes, los muertos, los cautivos… No sé cómo cerrar el quiosco, cómo hacer testamento: nadie quiere un pasado ajeno, nadie acepta una herencia de humo, sin tierra ni hacienda. Tendré que escribir la novela en algún momento, pero otro año, Cuando ya nada importe, junto a Onetti.
Aún recuerdo a María Teresa García Martín, la alumna de tetas grandes que antes de hacerse novia de Antonio, bebió hasta caer redonda en casa de Lara López, se inventó una cátedra de latín en la Complutense, imaginó un marido etarra, una hija bebé muerta en Perú, y hasta un jarrón funerario con cenizas de la niña, Alejandra, en el que había una inscripción que casi nos hizo llorar a todos: Sit Tibi Terra Levis (que la tierra te sea leve). Antonio vive ahora en Denia, pero ella se extravió en el laberinto de Madrid, más allá de la memoria y de la M-30.

Dicen que un hermano de mi padre escribió cuarenta libros de vaqueros después de la Guerra Civil, y que se vendían y cambiaban por cinco céntimos en los quioscos de los bulevares, entre Doctor Esquerdo y Atocha. Nunca vi ninguna de esas ediciones. Son leyendas familiares, entredichas con vergüenza, mucho antes del reinado de Umberto Eco. Las cartillas de racionamiento y las cárceles azotaban las tierras de España, pero mi tío Eduardo se ceñía el yelmo de Mambrino en la cabeza y salía a cabalgar, cada atardecer, por la estepa castellana.

Hace más de veinte años, antes de mi estancia en Nueva York, escribí un brevísimo poema de seis versos, que aún es el que más me gusta. Al principio no tenía título, pero finalmente lo bauticé como “Reencuentro”. Es este:

“Te ascienda la muerte hasta la boca
y te remonte más allá de tu venganza;

te sobrecoja un amor exasperante
y te niegues, y tirites, y claudiques;

te regreses, a ciegas, dando tumbos;
y te sientes, abras los ojos y me veas.”

Tal vez sea el subjuntivo, tal vez la ferocidad, o el movimiento. Ni siquiera lo he querido someter a la métrica. Solo sé que me gusta, y aquí lo planto.

Ayer vi por televisión cómo unas grandes zapadoras derribaban mi antiguo colegio del Sagrado Corazón, cerca de la Plaza del Perú. Entre las viguetas desnudas que sangraban a través del hormigón destripado me pareció entrever al hermano Julio, al Porky, al Bombilla, al Fakir, al padre Larreta. Y también a mis compañeros: a Morera, a Fortes, a Melcón, a Valdecantos y a Debelius. “Enrique, ven, ayúdanos”, me decían parpadeando apenas entre los restos de cemento y grava. “Socorro, Enrique, estamos atrapados”. Apenas podía verlos, pero estaban todos allí. No pude hacer nada, porque yo también estaba atrapado entre los hierros de la infancia, asfixiado por el polvo de las tizas, el hedor del gimnasio y el timbre del recreo.

Si el territorio de uno es aquel donde vivió en la adolescencia, mi pueblo fue dinamitado ayer.