El hermano Molina nos lo dijo en los cursillos de catequesis una semana antes de nuestra Primera Comunión:
—Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, a que un rico entre el Reino de los Cielos.
Me acordé de que en la casa de mi amigo Darío hay un pequeño galeón de madera, con cañones y velas desplegadas, encerrado dentro de una botella transparente de cuello estrecho. No podía entender cómo lo habían metido. Pero lo de los camellos, con sus dos jorobas llenas de agua, colándose por el ojo de una de las agujas del costurero de mi madre, aunque fuera una de las grandes, de las de tejer, era simplemente imposible.
De modo que solo me quedaban dos opciones: o conseguir que mi padre se arruinara de golpe; o apostar por lo seguro, y morir en estado de gracia.
Mi padre es el propietario de Joyerías Gayoso, con dos fábricas y más de treinta tiendas en España, y siete entre Portugal y Francia. Un total de más de ciento cuarenta empleados. Está forrado. Es imposible llevarle a la quiebra. Y además, si lo consiguiera, más de ciento cuarenta familias se quedarían sin puesto de trabajo. ¿Y todo eso para qué? ¿Para que mi padre se arruine, y que yo pueda salvarme al dejar de ser rico, y no tener por ello que hacer una pirueta mayor que la del camello contorsionista que intenta pasar por el ojo de una aguja?
Pensándolo bien, yo no podría salvarme tampoco arruinando a tanta gente, porque eso tampoco me llevaría a la contemplación eterna de Dios en el Paraíso. Hacer daño a otros para sacar un beneficio propio es pecado, estoy casi seguro.
Robarle a mi padre tampoco era una solución, porque robar también es pecado, vaya que sí. El séptimo mandamiento. Más claro, agua.
Así que tenía que buscar otra solución sin arruinar a mi padre ni a los ciento cuarenta trabajadores que dependían de él.
Morirse en estado de gracia era la respuesta al problema.
Esta vida es un valle de lágrimas, y más aún desde que trasladaron de colegio al bestia de Pardiñas y lo metieron en nuestra clase. Cada día reparte catorce collejas, por lo menos, así que lo mejor es irse de aquí, y sentarse cerquita de Dios Padre, sin abusones cerca. No estoy diciendo ninguna barbaridad, porque según el hermano Molina, también lo dijo Santa Teresa de Jesús, con aquello de “Vivo sin vivir en mí”, vaya angustia, eso no era vida, era un sinvivir, que dice mi madre; “y tan alta vida espero”, como yo, no te digo, que Santa Teresa no era tonta, quería lo mismo que nosotros: llegar a tiempo y coger un buen sitio; “que muero porque no muero”, vaya prisa, vaya ganas de empezar a disfrutar de la Gloria Eterna, normal.
De modo que cuando le conté mi plan para ascender al Cielo por la vía rápida a mi compañero Darío, que hace de monaguillo del Padre Fabián, se puso como loco de contento.
—¿Y de dónde vamos a sacar el cianuro? —me preguntó.
—De eso me ocupo yo —le dije—. Sé dónde lo guardan en la decantadora de oro de la fábrica de mi padre.
El día de nuestra Primera Comunión no hubo en el mundo dos niños más felices que Darío y yo, los únicos que sabíamos que la fiesta posterior no la íbamos a celebrar en el patio del colegio, donde ya estaban preparadas las mesas con los recordatorios y los aperitivos de jamón y gambas, sino en los jardines del Paraíso. Y no con nuestros padres terrenales, sino con los celestiales. Además de nosotros dos, limpios de pecado y con el cuerpo de Cristo en nuestro interior, otros quince compañeros nos acompañarían gratis en el viaje al más allá. Eso sin contar con el padre Fabián, que comulgaba siempre el último. Ellos aún no sabían la suerte que tenían.
Justo después de la Consagración, vestidos de blanco marinero, con los galones de almirante, las sandalias de charol blanco, el rosario y el misalito Regina de nácar en la mano, Darío y yo nos pusimos los primeros en la fila para recibir la Primera Comunión. Cuando me arrodillé ante él, me pareció que el padre Fabián me sonreía como si conociera nuestro secreto. Pero yo sabía que no. Darío ya me había dicho que había conseguido realizar la mezcla sin que el pater se diera cuenta. El padre mojó la hostia consagrada en la sangre y cianuro de Cristo, me la acercó a la boca, cerré los ojos, y recibí alborozado mi billete al Paraíso.
—Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, a que un rico entre el Reino de los Cielos.
Me acordé de que en la casa de mi amigo Darío hay un pequeño galeón de madera, con cañones y velas desplegadas, encerrado dentro de una botella transparente de cuello estrecho. No podía entender cómo lo habían metido. Pero lo de los camellos, con sus dos jorobas llenas de agua, colándose por el ojo de una de las agujas del costurero de mi madre, aunque fuera una de las grandes, de las de tejer, era simplemente imposible.
De modo que solo me quedaban dos opciones: o conseguir que mi padre se arruinara de golpe; o apostar por lo seguro, y morir en estado de gracia.
Mi padre es el propietario de Joyerías Gayoso, con dos fábricas y más de treinta tiendas en España, y siete entre Portugal y Francia. Un total de más de ciento cuarenta empleados. Está forrado. Es imposible llevarle a la quiebra. Y además, si lo consiguiera, más de ciento cuarenta familias se quedarían sin puesto de trabajo. ¿Y todo eso para qué? ¿Para que mi padre se arruine, y que yo pueda salvarme al dejar de ser rico, y no tener por ello que hacer una pirueta mayor que la del camello contorsionista que intenta pasar por el ojo de una aguja?Pensándolo bien, yo no podría salvarme tampoco arruinando a tanta gente, porque eso tampoco me llevaría a la contemplación eterna de Dios en el Paraíso. Hacer daño a otros para sacar un beneficio propio es pecado, estoy casi seguro.
Robarle a mi padre tampoco era una solución, porque robar también es pecado, vaya que sí. El séptimo mandamiento. Más claro, agua.
Así que tenía que buscar otra solución sin arruinar a mi padre ni a los ciento cuarenta trabajadores que dependían de él.
Morirse en estado de gracia era la respuesta al problema.
Esta vida es un valle de lágrimas, y más aún desde que trasladaron de colegio al bestia de Pardiñas y lo metieron en nuestra clase. Cada día reparte catorce collejas, por lo menos, así que lo mejor es irse de aquí, y sentarse cerquita de Dios Padre, sin abusones cerca. No estoy diciendo ninguna barbaridad, porque según el hermano Molina, también lo dijo Santa Teresa de Jesús, con aquello de “Vivo sin vivir en mí”, vaya angustia, eso no era vida, era un sinvivir, que dice mi madre; “y tan alta vida espero”, como yo, no te digo, que Santa Teresa no era tonta, quería lo mismo que nosotros: llegar a tiempo y coger un buen sitio; “que muero porque no muero”, vaya prisa, vaya ganas de empezar a disfrutar de la Gloria Eterna, normal.
De modo que cuando le conté mi plan para ascender al Cielo por la vía rápida a mi compañero Darío, que hace de monaguillo del Padre Fabián, se puso como loco de contento.
—¿Y de dónde vamos a sacar el cianuro? —me preguntó.
—De eso me ocupo yo —le dije—. Sé dónde lo guardan en la decantadora de oro de la fábrica de mi padre.
El día de nuestra Primera Comunión no hubo en el mundo dos niños más felices que Darío y yo, los únicos que sabíamos que la fiesta posterior no la íbamos a celebrar en el patio del colegio, donde ya estaban preparadas las mesas con los recordatorios y los aperitivos de jamón y gambas, sino en los jardines del Paraíso. Y no con nuestros padres terrenales, sino con los celestiales. Además de nosotros dos, limpios de pecado y con el cuerpo de Cristo en nuestro interior, otros quince compañeros nos acompañarían gratis en el viaje al más allá. Eso sin contar con el padre Fabián, que comulgaba siempre el último. Ellos aún no sabían la suerte que tenían.
Justo después de la Consagración, vestidos de blanco marinero, con los galones de almirante, las sandalias de charol blanco, el rosario y el misalito Regina de nácar en la mano, Darío y yo nos pusimos los primeros en la fila para recibir la Primera Comunión. Cuando me arrodillé ante él, me pareció que el padre Fabián me sonreía como si conociera nuestro secreto. Pero yo sabía que no. Darío ya me había dicho que había conseguido realizar la mezcla sin que el pater se diera cuenta. El padre mojó la hostia consagrada en la sangre y cianuro de Cristo, me la acercó a la boca, cerré los ojos, y recibí alborozado mi billete al Paraíso.