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viernes, 4 de enero de 2013

"Comisaría", un microcuento contra la tortura

Escribí el relato "Comisaría" hace siete años, con  la esperanza de que en algún momento pasara a ser una leyenda urbana, inexistente, lejana. 
Pero sigue siendo una historia contemporánea. Demasiado, para mi gusto. 
Es un relato contra la tortura, de apenas un minuto veinte segundos. 

viernes, 5 de noviembre de 2010

Una tortuga en tu buzón

Te encuentras una tortuga en el buzón. Es una tortuga verde oscura del tamaño de la mano de un niño de diez años. No sabes cómo ha llegado hasta allí, porque las tortugas no trepan por las paredes, y además esa tortuga no cabe por la rendija de las cartas, eso salta a la vista.

No sabes qué hacer, no te la puedes llevar a la oficina, te juegas el puesto. Marta, la jefa, es una histérica, y no soporta ni a las moscas. Aún te acuerdas del día en que el hijo de Walter se presentó en la sucursal con una lagartija que saltó de sus manos a la moqueta. Tardasteis media hora en recuperarla, mientras Marta chillaba y pataleaba encima de su mesa, y se levantaba las faldas sin darse cuenta de que la visión de su tanga rojo os hacía perder más tiempo del que necesitabais.

La tortuga de tu buzón parece más tranquila, desde luego. Con tal de volver a ver el tanga rojo de Marta te la llevarías sin dudarlo en el bolsillo de la chaqueta, pero no te atreves. Además, a la tortuga se le caza en seguida, y la fiesta se acaba pronto.

Te la quedas mirando sin saber qué hacer. Ella también te mira. Tiene la cara triste, y parece como si quisiera hablar, decirte algo. Ella o él, porque averiguar el sexo de una tortuga no es nada fácil. Ni siquiera cuando eras un enano y jugabas con las dos tortugas de tu amigo Óscar lo llegaste a saber. Si tuviera un pequeño palillo colgando entre dos guisantes peludos sabrías que es un macho, y si tuviera una herida que sangra cada mes cerca del culo, hembra. Pero no, las tortugas no facilitan pistas. Son travelos biológicos.

Cierras el buzón con la tortuga dentro y vuelves a subir a casa a la carrera. Vas a llegar tarde al trabajo, pero no puedes dejar a la tortuga allí encerrada todo el día muriéndose de hambre y sed. Tampoco la puedes dejar en casa, en un cajón, porque no es tuya, y porque acabaría cagándose en todas partes. Además, no aguantas su olor de agua estancada. Ni tú ni Marcelo, ni la novia de Marcelo, que protestarían como tú si fuera ellos los que meten un bicho en casa. Para una vez que encuentras unos compañero de piso que son ordenados y no montan fiestas, no vas a empezar ahora a estropear la convivencia. Ya en la cocina arrancas una hoja de lechuga, y rellenas con agua la tapa de un bote de mayonesa de cristal. Bajas al portal. Por el camino se te cae la mitad del agua, pero no puedes hacer más. Se te está haciendo tarde. Abres el buzón y le pones a la tortuga la lechuga y el agua dentro. Si muere no va a ser por tu culpa.

--No sé cómo cojones has llegado hasta aquí, pero a mí no me vas a arruinar la vida --le dices a la tortuga antes de cerrar la puerta del buzón con llave.

Has cometido el primer error, aunque todavía no lo sabes: Has hablado con la tortuga, como si ella pudiera entenderte. Ya solo te falta ponerle un nombre. En el coche, en el trayecto hacia la oficina, te haces preguntas sin respuesta. ¿Quién ha metido una tortuga en mi buzón? ¿Alguien que me quiere gastar una broma ridícula? ¿Alguien a quien debí haber contestado una carta y aún no lo he hecho, y me dice que soy como tortuga? No es posible. Nadie esconde tortugas en los buzones para sugerir sin ofender que debías contestar una carta desde hace tiempo. Ni siquiera en las pesadillas surrealistas sucede eso.

Podría haber sido un vecino. Alguno que quiere deshacerse de la mascota de su hijo, harto de encontrarse pequeñas bolitas de mierda por toda la casa, y que no se ha atrevido a matarla ni a tirarla por una alcantarilla. Dicen que la respuesta más sencilla suele ser la correcta. Una tortuga abandonada, como si fuera un recién nacido depositado en el torno de un hospicio. El que haya sido en tu buzón quizá se deba solo al azar.

Tendrás que estar atento a si algún niño llora en la comunidad de vecinos, y reclama su tortuga perdida. Tendrás que aplicar la oreja a las paredes y las puertas. Llamarán a la tortuga por su nombre, todos los animales familiares tienen nombre. Incluso los cuñados y las primas de Valladolid tienen nombres, así que mucho antes el niño le habrá puesto nombre a su tortuga. Casiopea, Aquiles, Clementina, Fittipaldi. No hay tantos nombres para tortugas. Gertrudis, Burocracia, Casimiro. Suelen ser nombres sonoros y antiguos, a juego con la especie.

Pero nadie tiene la llave de tu buzón, al menos que tú sepas. Tal vez los anteriores inquilinos de tu apartamento, pero tú ya llevas mucho tiempo viviendo allí. ¿Para qué va a regresar alguien desde el pasado a depositar una tortuga en tu buzón?

En cierto modo los cerrojos de los buzones tampoco son mecanismos complejos de cajas fuertes, así que cualquiera podría abrirlo. Cualquiera con unas mínimas habilidades manuales, claro. Tú no. A ti te cuesta abrir hasta una caja de galletas, así que de una cerradura mejor no hablamos.

Pero ¿quién va a querer meter una tortuga en tu buzón? ¿Será una tortuga-bomba, una tortuga yihadista? ¿Será un regalo? No, no tienes enemigos, al menos no tan exquisitos como para andarse con rodeos de ese tamaño. Tampoco está cerca tu cumpleaños. No tienes respuestas para el enigma.

La tortuga tampoco ha podido llegar allí ella sola. No es posible. Tampoco puede haber crecido dentro, que estuviera allí desde hace tiempo, y se ha hecho tan grande que ya no puede salir por la rendija de las cartas, y no puede ser porque está en tu buzón, lo abres a diario, y una tortuga no crece meses y meses dentro de tu buzón sin que te des cuenta. No eres tan ciego. No de esos, al menos.

La tortuga es un aviso, concluyes. Una advertencia. Un mensaje cifrado, tan grave que no puede ser dicho de golpe, así por las bravas. Si averiguas qué quiere decir, qué significa, habrás descubierto el acertijo.

Llegas tarde al trabajo, como sospechabas, y la jefa, Marta, te echa una bronca de cuidado. Ha dormido mal, y decides capear el temporal. Pasas el día atontado, pensando en la tortuga. Marta te persigue y te machaca con que cada día eres más torpe, que si tienes meningitis. Gruñe como un conejo, y muerde los lápices hasta dejarlos astillados. Al final te cabreas. Tiras una remesa de facturas al suelo, y te pones a recogerlas despacio, solo para mirar debajo de las mesas y comprobar si hoy también lleva el tanga rojo. Pero no, hoy lleva bragas blancas de algodón, con una mancha roja en el centro. Parece la bandera de Japón, pero no lo es: tiene la regla. Estás jodido. Hoy la bruja no te va a pasar ni una. Pero tú no puedes controlarte. La tortuga te tiene sorbido el seso.

¿Qué coño te quiere decir la puta tortuga? No lo sabes, y ahora eres tú el que se come todas las uñas antes de que llegue el mediodía. El día transcurre con lentitud agonizante, y el nudo del estómago cada vez te asfixia más. A última hora sales disparado, ya tenías todo recogido media hora antes de que terminara la jornada. Te vas sin despedirte, no vaya a ser que te entretengan.

Te subes al coche con taquicardia. Quieres regresar a casa cuanto antes. Quieres volver a ver a la tortuga encogida dentro del buzón, no vaya a ser que te la hayas imaginado. La revisarás a fondo, a ver si tiene algún mensaje escrito en el dorso de su caparazón y que no hubieras visto por la mañana. Te fijarás en los detalles, preguntarás a los vecinos, a Marcelo, a tus hermanas. Esa tortuga no va a poder contigo. Si es preciso le retorcerás el cuello y le taladrarás el caparazón con un berbiquí hasta que cante. ¿Qué tienes que decirme? ¡Habla ya, hija de puta! Sabrás cómo tratarla para que confiese.

El semáforo está en rojo, pero no lo ves. Te lo saltas a más de noventa kilómetros por hora. Te estrellas contra una furgoneta de reparto de Electrodomésticos Bezoya. Y es entonces, un segundo antes de morir, cuando se hace la luz y de pronto lo ves claro. Era un mensaje evidente, venido del más allá. Una advertencia, tal y como sospechabas, a la que no has hecho caso, y eso a pesar de que era más que evidente: Que vayas más despacio, o acabarás antes de tiempo. Con suerte, eso sí, te reencarnarás en tortuga, y te enviarán a cumplir una misión clandestina en el buzón de un amigo.

jueves, 2 de septiembre de 2010

La hermana de mi amigo

Germán, todavía empalmado, se encerró en el cuarto de baño, se desnudó, se metió en la bañera, abrió hasta la mitad los grifos de agua fría y caliente, y esperó hasta que el agua saliera templada. Ni fría ni muy caliente. A su gusto. Debajo de la lluvia de agua hizo girar su cuerpo despacio dos veces como una peonza. Luego se quedó unos segundos quieto, dejando que el agua chorreara desde su cabeza hasta sus pies, hasta que con algo de rabia descolgó la ducha teléfono de la pared. Seguía con el trabuco levantado insolente entre las piernas, y la presión creciente de los testículos empezaba a molestarle.
La culpa era de Celia, la hermana mayor de su amigo Jota, que se le había aparecido en sueños esa misma noche. Estaban dentro de un autobús lleno de gente, y ella lo había besado de improviso en mitad del pasillo, junto a la puerta de salida, con una boca fresca que sabía a sexo, a cerezas y a vainilla; después Celia empezó a tocar el timbre para bajar en la siguiente parada, y al hacerlo se restregaba contra su cuerpo, y él notaba la presión de sus pechos y de sus muslos; pero cuando estaba a punto de eyacular, sin importarle que el resto de los pasajeros del autobús estuvieran mirándoles, incluido el novio de Celia, paralizado con la boca abierta a menos de un metro de distancia, el timbre del autobús aumentó el volumen para convertirse en el desagradable ruido del despertador sonando a las siete de la mañana.
Hasta ese momento, Germán ni siquiera había pensado nunca en la hermana de Jota como objeto de deseo. Qué cosas raras tienen los sueños. Pero a las siete y cuarto de la mañana de ese 25 de noviembre, nada le hubiera gustado más que coincidir con ella en el ascensor, cuando bajara a la calle. Se colocaría a sus espaldas, a menos de un milímetro de distancia de sus nalgas, y apretaría el botón de parada de emergencia entre piso y piso, para que la sacudida del frenazo golpeara sus cuerpos, uno contra el otro. Germán sabía que eso sería suficiente para desencadenar el orgasmo que tenía pendiente desde la madrugada. Pero la posibilidad de que eso sucediera era menos que ínfima, porque Celia y Jota no vivían en su edificio, ni en su barrio.
Germán se pasó la ducha como si fuera un escáner por toda la parte delantera del cuerpo, y después se agachó y colocó la ducha teléfono a la altura de las pantorrillas. Empezó a subir la alcachofa de la ducha pierna arriba, sintiendo la presión del agua en las corvas, en los muslos y en las nalgas. Abrió un poco las piernas, metió el mango de la ducha entre los muslos, y empezó a masajearse los testículos con el agua, de atrás adelante. Luego dirigió el chorro del agua hacia el miembro erecto, desde atrás, a toda presión. Un placer muy reconocible empezó a invadirle desde el interior. Cerró los ojos. Celia volvía a estar allí, muy cerca, y sin mucho disimulo metía una de sus manos delicadas por dentro de su chándal, le agarraba el miembro y se lo apretaba con fuerzas.
Ahora sí, llegó el orgasmo. Joder, qué gusto.

--Germán, ¿qué haces ahí? Sal ya, por dios, que llevas una eternidad, y nos vas a dejar sin agua caliente.

--Ya voy, mamá. Estoy acabando...

domingo, 19 de julio de 2009

El gato 03

Este es un texto falso que sustituye al que había antes, para evitar su copia.
Percuntia tempora fati conqueror, in uentos inpendo uota fretumque; ne retine dubium cupientis ire per acquor; si bene nota mihi est, ad Caesaris arma iuuentus naufragio uenisse uolet. lam uoce doloris utendum est: non ex acquo diuisimus orbem; Epirum Caesarque tenet totusque senatus, Ausoniam tu solus habes». His terque quaterque uocibus excitum postquam cessare uidebat, dum se desse deis ac non sibi numina credit, sponte per incautas audet temptare latebras quod iussi timucre fretum, temeraria prono expertus cessisse deo, fluctusque ucrendos classibus exigua sperat superare carina.

domingo, 12 de julio de 2009

El gato 02

Este es un texto falso que sustituye al que había antes, para evitar su copia.
Percuntia tempora fati conqueror, in uentos inpendo uota fretumque; ne retine dubium cupientis ire per acquor; si bene nota mihi est, ad Caesaris arma iuuentus naufragio uenisse uolet. lam uoce doloris utendum est: non ex acquo diuisimus orbem; Epirum Caesarque tenet totusque senatus, Ausoniam tu solus habes». His terque quaterque uocibus excitum postquam cessare uidebat, dum se desse deis ac non sibi numina credit, sponte per incautas audet temptare latebras quod iussi timucre fretum, temeraria prono expertus cessisse deo, fluctusque ucrendos classibus exigua sperat superare carina.

viernes, 10 de julio de 2009

El gato 01

Este es un texto falso que sustituye al que había antes, para evitar su copia.
Percuntia tempora fati conqueror, in uentos inpendo uota fretumque; ne retine dubium cupientis ire per acquor; si bene nota mihi est, ad Caesaris arma iuuentus naufragio uenisse uolet. lam uoce doloris utendum est: non ex acquo diuisimus orbem; Epirum Caesarque tenet totusque senatus, Ausoniam tu solus habes». His terque quaterque uocibus excitum postquam cessare uidebat, dum se desse deis ac non sibi numina credit, sponte per incautas audet temptare latebras quod iussi timucre fretum, temeraria prono expertus cessisse deo, fluctusque ucrendos classibus exigua sperat superare carina.

martes, 25 de marzo de 2008

Llamada desde el hielo

Este es un texto falso que sustituye al que había antes, para evitar su copia.
Percuntia tempora fati conqueror, in uentos inpendo uota fretumque; ne retine dubium cupientis ire per acquor; si bene nota mihi est, ad Caesaris arma iuuentus naufragio uenisse uolet. lam uoce doloris utendum est: non ex acquo diuisimus orbem; Epirum Caesarque tenet totusque senatus, Ausoniam tu solus habes». His terque quaterque uocibus excitum postquam cessare uidebat, dum se desse deis ac non sibi numina credit, sponte per incautas audet temptare latebras quod iussi timucre fretum, temeraria prono expertus cessisse deo, fluctusque ucrendos classibus exigua sperat superare carina.

viernes, 14 de marzo de 2008

Sangre de Cristo

El hermano Molina nos lo dijo en los cursillos de catequesis una semana antes de nuestra Primera Comunión:
—Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, a que un rico entre el Reino de los Cielos.
Me acordé de que en la casa de mi amigo Darío hay un pequeño galeón de madera, con cañones y velas desplegadas, encerrado dentro de una botella transparente de cuello estrecho. No podía entender cómo lo habían metido. Pero lo de los camellos, con sus dos jorobas llenas de agua, colándose por el ojo de una de las agujas del costurero de mi madre, aunque fuera una de las grandes, de las de tejer, era simplemente imposible.
De modo que solo me quedaban dos opciones: o conseguir que mi padre se arruinara de golpe; o apostar por lo seguro, y morir en estado de gracia.
Mi padre es el propietario de Joyerías Gayoso, con dos fábricas y más de treinta tiendas en España, y siete entre Portugal y Francia. Un total de más de ciento cuarenta empleados. Está forrado. Es imposible llevarle a la quiebra. Y además, si lo consiguiera, más de ciento cuarenta familias se quedarían sin puesto de trabajo. ¿Y todo eso para qué? ¿Para que mi padre se arruine, y que yo pueda salvarme al dejar de ser rico, y no tener por ello que hacer una pirueta mayor que la del camello contorsionista que intenta pasar por el ojo de una aguja?
Pensándolo bien, yo no podría salvarme tampoco arruinando a tanta gente, porque eso tampoco me llevaría a la contemplación eterna de Dios en el Paraíso. Hacer daño a otros para sacar un beneficio propio es pecado, estoy casi seguro.
Robarle a mi padre tampoco era una solución, porque robar también es pecado, vaya que sí. El séptimo mandamiento. Más claro, agua.
Así que tenía que buscar otra solución sin arruinar a mi padre ni a los ciento cuarenta trabajadores que dependían de él.
Morirse en estado de gracia era la respuesta al problema.
Esta vida es un valle de lágrimas, y más aún desde que trasladaron de colegio al bestia de Pardiñas y lo metieron en nuestra clase. Cada día reparte catorce collejas, por lo menos, así que lo mejor es irse de aquí, y sentarse cerquita de Dios Padre, sin abusones cerca. No estoy diciendo ninguna barbaridad, porque según el hermano Molina, también lo dijo Santa Teresa de Jesús, con aquello de “Vivo sin vivir en mí”, vaya angustia, eso no era vida, era un sinvivir, que dice mi madre; “y tan alta vida espero”, como yo, no te digo, que Santa Teresa no era tonta, quería lo mismo que nosotros: llegar a tiempo y coger un buen sitio; “que muero porque no muero”, vaya prisa, vaya ganas de empezar a disfrutar de la Gloria Eterna, normal.
De modo que cuando le conté mi plan para ascender al Cielo por la vía rápida a mi compañero Darío, que hace de monaguillo del Padre Fabián, se puso como loco de contento.
—¿Y de dónde vamos a sacar el cianuro? —me preguntó.
—De eso me ocupo yo —le dije—. Sé dónde lo guardan en la decantadora de oro de la fábrica de mi padre.
El día de nuestra Primera Comunión no hubo en el mundo dos niños más felices que Darío y yo, los únicos que sabíamos que la fiesta posterior no la íbamos a celebrar en el patio del colegio, donde ya estaban preparadas las mesas con los recordatorios y los aperitivos de jamón y gambas, sino en los jardines del Paraíso. Y no con nuestros padres terrenales, sino con los celestiales. Además de nosotros dos, limpios de pecado y con el cuerpo de Cristo en nuestro interior, otros quince compañeros nos acompañarían gratis en el viaje al más allá. Eso sin contar con el padre Fabián, que comulgaba siempre el último. Ellos aún no sabían la suerte que tenían.
Justo después de la Consagración, vestidos de blanco marinero, con los galones de almirante, las sandalias de charol blanco, el rosario y el misalito Regina de nácar en la mano, Darío y yo nos pusimos los primeros en la fila para recibir la Primera Comunión. Cuando me arrodillé ante él, me pareció que el padre Fabián me sonreía como si conociera nuestro secreto. Pero yo sabía que no. Darío ya me había dicho que había conseguido realizar la mezcla sin que el pater se diera cuenta. El padre mojó la hostia consagrada en la sangre y cianuro de Cristo, me la acercó a la boca, cerré los ojos, y recibí alborozado mi billete al Paraíso.