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viernes, 5 de noviembre de 2010

Una tortuga en tu buzón

Te encuentras una tortuga en el buzón. Es una tortuga verde oscura del tamaño de la mano de un niño de diez años. No sabes cómo ha llegado hasta allí, porque las tortugas no trepan por las paredes, y además esa tortuga no cabe por la rendija de las cartas, eso salta a la vista.

No sabes qué hacer, no te la puedes llevar a la oficina, te juegas el puesto. Marta, la jefa, es una histérica, y no soporta ni a las moscas. Aún te acuerdas del día en que el hijo de Walter se presentó en la sucursal con una lagartija que saltó de sus manos a la moqueta. Tardasteis media hora en recuperarla, mientras Marta chillaba y pataleaba encima de su mesa, y se levantaba las faldas sin darse cuenta de que la visión de su tanga rojo os hacía perder más tiempo del que necesitabais.

La tortuga de tu buzón parece más tranquila, desde luego. Con tal de volver a ver el tanga rojo de Marta te la llevarías sin dudarlo en el bolsillo de la chaqueta, pero no te atreves. Además, a la tortuga se le caza en seguida, y la fiesta se acaba pronto.

Te la quedas mirando sin saber qué hacer. Ella también te mira. Tiene la cara triste, y parece como si quisiera hablar, decirte algo. Ella o él, porque averiguar el sexo de una tortuga no es nada fácil. Ni siquiera cuando eras un enano y jugabas con las dos tortugas de tu amigo Óscar lo llegaste a saber. Si tuviera un pequeño palillo colgando entre dos guisantes peludos sabrías que es un macho, y si tuviera una herida que sangra cada mes cerca del culo, hembra. Pero no, las tortugas no facilitan pistas. Son travelos biológicos.

Cierras el buzón con la tortuga dentro y vuelves a subir a casa a la carrera. Vas a llegar tarde al trabajo, pero no puedes dejar a la tortuga allí encerrada todo el día muriéndose de hambre y sed. Tampoco la puedes dejar en casa, en un cajón, porque no es tuya, y porque acabaría cagándose en todas partes. Además, no aguantas su olor de agua estancada. Ni tú ni Marcelo, ni la novia de Marcelo, que protestarían como tú si fuera ellos los que meten un bicho en casa. Para una vez que encuentras unos compañero de piso que son ordenados y no montan fiestas, no vas a empezar ahora a estropear la convivencia. Ya en la cocina arrancas una hoja de lechuga, y rellenas con agua la tapa de un bote de mayonesa de cristal. Bajas al portal. Por el camino se te cae la mitad del agua, pero no puedes hacer más. Se te está haciendo tarde. Abres el buzón y le pones a la tortuga la lechuga y el agua dentro. Si muere no va a ser por tu culpa.

--No sé cómo cojones has llegado hasta aquí, pero a mí no me vas a arruinar la vida --le dices a la tortuga antes de cerrar la puerta del buzón con llave.

Has cometido el primer error, aunque todavía no lo sabes: Has hablado con la tortuga, como si ella pudiera entenderte. Ya solo te falta ponerle un nombre. En el coche, en el trayecto hacia la oficina, te haces preguntas sin respuesta. ¿Quién ha metido una tortuga en mi buzón? ¿Alguien que me quiere gastar una broma ridícula? ¿Alguien a quien debí haber contestado una carta y aún no lo he hecho, y me dice que soy como tortuga? No es posible. Nadie esconde tortugas en los buzones para sugerir sin ofender que debías contestar una carta desde hace tiempo. Ni siquiera en las pesadillas surrealistas sucede eso.

Podría haber sido un vecino. Alguno que quiere deshacerse de la mascota de su hijo, harto de encontrarse pequeñas bolitas de mierda por toda la casa, y que no se ha atrevido a matarla ni a tirarla por una alcantarilla. Dicen que la respuesta más sencilla suele ser la correcta. Una tortuga abandonada, como si fuera un recién nacido depositado en el torno de un hospicio. El que haya sido en tu buzón quizá se deba solo al azar.

Tendrás que estar atento a si algún niño llora en la comunidad de vecinos, y reclama su tortuga perdida. Tendrás que aplicar la oreja a las paredes y las puertas. Llamarán a la tortuga por su nombre, todos los animales familiares tienen nombre. Incluso los cuñados y las primas de Valladolid tienen nombres, así que mucho antes el niño le habrá puesto nombre a su tortuga. Casiopea, Aquiles, Clementina, Fittipaldi. No hay tantos nombres para tortugas. Gertrudis, Burocracia, Casimiro. Suelen ser nombres sonoros y antiguos, a juego con la especie.

Pero nadie tiene la llave de tu buzón, al menos que tú sepas. Tal vez los anteriores inquilinos de tu apartamento, pero tú ya llevas mucho tiempo viviendo allí. ¿Para qué va a regresar alguien desde el pasado a depositar una tortuga en tu buzón?

En cierto modo los cerrojos de los buzones tampoco son mecanismos complejos de cajas fuertes, así que cualquiera podría abrirlo. Cualquiera con unas mínimas habilidades manuales, claro. Tú no. A ti te cuesta abrir hasta una caja de galletas, así que de una cerradura mejor no hablamos.

Pero ¿quién va a querer meter una tortuga en tu buzón? ¿Será una tortuga-bomba, una tortuga yihadista? ¿Será un regalo? No, no tienes enemigos, al menos no tan exquisitos como para andarse con rodeos de ese tamaño. Tampoco está cerca tu cumpleaños. No tienes respuestas para el enigma.

La tortuga tampoco ha podido llegar allí ella sola. No es posible. Tampoco puede haber crecido dentro, que estuviera allí desde hace tiempo, y se ha hecho tan grande que ya no puede salir por la rendija de las cartas, y no puede ser porque está en tu buzón, lo abres a diario, y una tortuga no crece meses y meses dentro de tu buzón sin que te des cuenta. No eres tan ciego. No de esos, al menos.

La tortuga es un aviso, concluyes. Una advertencia. Un mensaje cifrado, tan grave que no puede ser dicho de golpe, así por las bravas. Si averiguas qué quiere decir, qué significa, habrás descubierto el acertijo.

Llegas tarde al trabajo, como sospechabas, y la jefa, Marta, te echa una bronca de cuidado. Ha dormido mal, y decides capear el temporal. Pasas el día atontado, pensando en la tortuga. Marta te persigue y te machaca con que cada día eres más torpe, que si tienes meningitis. Gruñe como un conejo, y muerde los lápices hasta dejarlos astillados. Al final te cabreas. Tiras una remesa de facturas al suelo, y te pones a recogerlas despacio, solo para mirar debajo de las mesas y comprobar si hoy también lleva el tanga rojo. Pero no, hoy lleva bragas blancas de algodón, con una mancha roja en el centro. Parece la bandera de Japón, pero no lo es: tiene la regla. Estás jodido. Hoy la bruja no te va a pasar ni una. Pero tú no puedes controlarte. La tortuga te tiene sorbido el seso.

¿Qué coño te quiere decir la puta tortuga? No lo sabes, y ahora eres tú el que se come todas las uñas antes de que llegue el mediodía. El día transcurre con lentitud agonizante, y el nudo del estómago cada vez te asfixia más. A última hora sales disparado, ya tenías todo recogido media hora antes de que terminara la jornada. Te vas sin despedirte, no vaya a ser que te entretengan.

Te subes al coche con taquicardia. Quieres regresar a casa cuanto antes. Quieres volver a ver a la tortuga encogida dentro del buzón, no vaya a ser que te la hayas imaginado. La revisarás a fondo, a ver si tiene algún mensaje escrito en el dorso de su caparazón y que no hubieras visto por la mañana. Te fijarás en los detalles, preguntarás a los vecinos, a Marcelo, a tus hermanas. Esa tortuga no va a poder contigo. Si es preciso le retorcerás el cuello y le taladrarás el caparazón con un berbiquí hasta que cante. ¿Qué tienes que decirme? ¡Habla ya, hija de puta! Sabrás cómo tratarla para que confiese.

El semáforo está en rojo, pero no lo ves. Te lo saltas a más de noventa kilómetros por hora. Te estrellas contra una furgoneta de reparto de Electrodomésticos Bezoya. Y es entonces, un segundo antes de morir, cuando se hace la luz y de pronto lo ves claro. Era un mensaje evidente, venido del más allá. Una advertencia, tal y como sospechabas, a la que no has hecho caso, y eso a pesar de que era más que evidente: Que vayas más despacio, o acabarás antes de tiempo. Con suerte, eso sí, te reencarnarás en tortuga, y te enviarán a cumplir una misión clandestina en el buzón de un amigo.

domingo, 10 de enero de 2010

Begoña (4/4)

Este es un texto falso que sustituye al que había antes, para evitar su copia.
Percuntia tempora fati conqueror, in uentos inpendo uota fretumque; ne retine dubium cupientis ire per acquor; si bene nota mihi est, ad Caesaris arma iuuentus naufragio uenisse uolet. lam uoce doloris utendum est: non ex acquo diuisimus orbem; Epirum Caesarque tenet totusque senatus, Ausoniam tu solus habes». His terque quaterque uocibus excitum postquam cessare uidebat, dum se desse deis ac non sibi numina credit, sponte per incautas audet temptare latebras quod iussi timucre fretum, temeraria prono expertus cessisse deo, fluctusque ucrendos classibus exigua sperat superare carina.
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Fin

sábado, 9 de enero de 2010

Begoña (3/4)

—Pero vamos a ver, ¿tú no tienes novia? ¿Elena no es tu novia? ¿Tú no eres lesbiana? —le pregunté yo al borde del infarto escupiendo en la taza del Café del Nuncio. Y probablemente también se lo preguntó el viejo, al borde de otro infarto con más posibilidades de ser mortal.

—Pues no, qué tontería —me dijo Anabel/Sofía—. Yo estoy con Elena porque me gusta ella como persona; pero si Elena se hubiese llamado Germán y fuese un chico, me habría enamorado de Germán. Yo me enamoro de las personas, no de su sexo.

Y levantó la barbilla en un gesto de orgullo.

Y a mí la picha se me puso a reventar. Vamos, no me jodas.

El caso es que poco a poco, según me contó, la mano del viejo llegó hasta las bragas, después se las quitó, y acabó en la cama con él. Sí, sí, con el de 80 años. Y no una vez, sino dos veces por semana, como poco. Begoña, o Anabel, me cago en dios, decía que esos días él le daba una propina de dos mil pesetas por haberse portado bien.

—Venga ya. Eso se llama prostitución —le dije enfermo de celos.

—Oye, no te pases. Yo lo hacía porque no me importaba, y a él se le veía tan contento que no sabía cómo pararle —me dijo Begoña, o como coño se llamase.

—Pero vamos a ver, ¿tú no estabas contratada para hacer intercambio del idioma inglés? —le pregunté casi suplicando para que rectificase la historia.

—Al final ya ni hablábamos en inglés ni nada —me dijo pegando la espalda al respaldo de la silla—. Según entraba por la puerta me empujaba hasta la cama, me desnudaba deprisa y me echaba un polvo. Después, más tranquilo ya, nos tomábamos un té, y hablábamos del calor que hacía en verano en Madrid. Antes de irme él me metía un billete de dos mil pesetas en el bolso, o por dentro de las bragas, y nos despedíamos hasta la próxima. ¡No sabes qué energía tenía el tío, con 80 años!

Yo casi ni me lo podía creer. Allí estaba Sofía, o Begoña, tan tranquila, contándome cómo se lo montaba con un tío de 80 años sin que Elena, su novia lesbiana, se enterara de nada.

—¿Y aún sigues yendo a su casa? —le pregunté, sabiendo que no era posible.

—No, ya no. Al final me enfadé con él. Era un cerdo —reconoció.

—¿Por qué? ¿Qué pasó? —yo estaba al borde de un infarto sexual.

Anabel, o Sofía, dudó unos instantes. No sabía si contármelo o no. Parecía que le daba vergüenza.

—Bueno, un día llegué y me encontré con que estaba con un amigo un poco más joven que él, tendría unos 75 años, pero se conservaba bien. Me dijeron que se conocían desde la mili en Ceuta. Al principio me dio un poco de mal rollo, porque su amigo tenía la cara salpicada de huellas de viruela y ojos de viciosillo.

—No sigas por ahí, que vamos mal —le dije en un susurro, pero Begoña no me escuchó.


(terminará mañana...)

viernes, 8 de enero de 2010

Begoña (2/4)

Este es un texto falso que sustituye al que había antes, para evitar su copia.
Percuntia tempora fati conqueror, in uentos inpendo uota fretumque; ne retine dubium cupientis ire per acquor; si bene nota mihi est, ad Caesaris arma iuuentus naufragio uenisse uolet. lam uoce doloris utendum est: non ex acquo diuisimus orbem; Epirum Caesarque tenet totusque senatus, Ausoniam tu solus habes». His terque quaterque uocibus excitum postquam cessare uidebat, dum se desse deis ac non sibi numina credit, sponte per incautas audet temptare latebras quod iussi timucre fretum, temeraria prono expertus cessisse deo, fluctusque ucrendos classibus exigua sperat superare carina.

(continuará mañana...)

jueves, 7 de enero de 2010

Begoña (1/4)

Este es un texto falso que sustituye al que había antes, para evitar su copia.
Percuntia tempora fati conqueror, in uentos inpendo uota fretumque; ne retine dubium cupientis ire per acquor; si bene nota mihi est, ad Caesaris arma iuuentus naufragio uenisse uolet. lam uoce doloris utendum est: non ex acquo diuisimus orbem; Epirum Caesarque tenet totusque senatus, Ausoniam tu solus habes». His terque quaterque uocibus excitum postquam cessare uidebat, dum se desse deis ac non sibi numina credit, sponte per incautas audet temptare latebras quod iussi timucre fretum, temeraria prono expertus cessisse deo, fluctusque ucrendos classibus exigua sperat superare carina.
(continuará mañana...)

lunes, 21 de septiembre de 2009

Cuento, novela, epidermis, útero y espacio

Hay un espacio irreal sobre el que se escribe, descrito en el cuerpo textual de la misma escritura, y un espacio real físico y tangible desde el que se escribe. En este breve apunte trataré justamente de la inversión de factores que aquí es evidente, pues lo irreal imaginado se convierte en real y objeto de estudio, mientras lo real pasa de tener la menor importancia (durante la producción, en el tiempo en el que yo escribo, en el espacio concreto que me rodea mientras escribo, espacio que no está reflejado de modo directo en este escrito, y que de modo indirecto y subconsciente apenas aparecerá en las erratas, asociaciones y lapsus linguae que ni el propio autor sería capaz de descifrar), y que llegará a su término con el olvido temprano de la memoria de ese espacio y su completa desaparición, cuando el producto está acabado y en manos de otros.

Pero nos interesa aquí y ahora hacer una pequeña reflexión de la analogía entre el cuerpo físico del autor, genérico-abstracto y personal-concreto al mismo tiempo, y el género de la escritura durante el proceso de la escritura, del acto de escribir. Se ha señalado innumerables veces, y nuestra opinión es coincidente en ese punto, a pesar de que Poe sostenga lo contrario en su autoanálisis de la escritura de El cuervo, que la escritura del cuento es más externa, epidérmica, centrípeta, divergente, exacta, milimetrada, medida, concentrada, microscópica y cerebral que la de la novela, a la cual correspondería una escritura más interna, visceral, centrífuga, interiorizante, convergente, egotista e intestinal. Eso es lo que al menos la mayoría de los autores (no de los críticos) han manifestado con respecto a su propia escritura. José Luis Sampedro, por ejemplo, asegura que el trabajo de un escritor (él habla de novelistas, su especialidad) se asemeja al de un minero, que cada mañana debe descender a la mina, garganta adentro a través de su propio cuerpo, para buscar entre los intestinos los materiales y las piedras que serán necesarias para la construcción de su historia. Aunque la historia que vaya a escribir trate de sirenas. La escritura, según él, nace de allí, del submundo de las entrañas. Y termina afirmando que no en vano, al escribir con las entrañas, estamos elaborando productos entrañables, que la escritura es lo más entrañable que tiene el hombre. Así se escriben las novelas, con más intestino que cerebro, aunque Flaubert y Vargas Llosa a veces parezca, sólo lo parece, que digan lo contrario (vease La orgía perpetua, de Vargas Llosa).

También con la lectura, dando un salto al lector y a la pragmática, pasa lo mismo: un cuento, habitualmente, es admirado desde afuera, como construcción. Nos admiramos de su equilibrio, de la cabriola sorprendente que el autor nos ofrece, como un buen chiste, como una ocurrencia, un destello, un relámpago que nos ilumina brevemente; en cambio en la novela existe una fusión con el autor y los personajes, se lee desde dentro, olvidados ya de que estamos ante un producto literario, confundidos y convencidos de que aquello es un fragmento de vida, y no ya de la vida del autor o de los personajes, sino de nosotros mismos, los lectores, que en un último proceso de identificación y empatía, vivimos, sufrimos y gozamos de y con las peripecias de sus personajes. Y si así no sucediera, entonces existirá un doble fracaso: del autor como demiurgo, que ha sido incapaz de secuestrarnos de nuestra realidad para trasladarnos a la suya, y de nosotros como lectores, que hemos sido incapaces de despegarnos de nuestra piel y vestirnos con la piel de otro.

Así pues, el proceso de escritura de un cuento, según Cortázar (seguidor y traductor de Poe), tal y como explica en su ensayo “El cuento breve y sus alrededores”, es un acto de catarsis y extrañación:

“Un verso admirable de Pablo Neruda: Mis criaturas nacen de un largo rechazo, me parece la mejor definición de un proceso en el que escribir es de alguna manera exorcizar, rechazar criaturas invasoras proyectándolas a una condición que paradójicamente les da existencia universal a la vez que las sitúa en el otro extremo del puente, donde ya no está el narrador que ha soltado la burbuja de su pipa de yeso. Quizá sea exagerado afirmar que todo cuento breve plenamente logrado, y en especial los cuentos fantásticos, son productos neuróticos, pesadillas o alucinaciones neutralizadas mediante la objetivación y el traslado a un medio exterior al terreno neurótico; de todas maneras, en cualquier cuento breve memorable se percibe esa polarización, como si el autor hubiera querido desprenderse lo antes posible y de la manera más absoluta de su criatura, exorcizándola en la única forma en que le era dado hacerlo: escribiéndola.”


En un cuento no debe faltar ni sobrar nada. Es una obra de encaje de bolillos, de relojería milimétrica, de prestidigitación, como la del mago que saca un conejo del sombrero. La pluma del escritor de cuentos es un bisturí que abre el cuerpo del lenguaje, lo sangra y lo recompone con asepsia, precisión y mascarillas. En un cuento cuenta (importa) cada palabra, cada frase, y sobre todo lo que no se cuenta, lo que queda elidido, pero que existe, y que solo se recompone y prolonga en la lectura y participación del lector, que juega con el escritor a un juego no declarado ni previsto, pero siempre presente, de adivinanzas y tinieblas.

En la novela, por contra, se permiten hilachos sobrantes en forma de digresiones más o menos oportunas, historias secundarias, frases poco afortunadas y exceso de adjetivos o adverbios. No importa ahí la exactitud, porque una novela no es una báscula de precisión, sino la construcción de una historia que está más allá de cada frase, la modificación y crecimiento de un personaje, la construcción o destrucción de un espacio narrativo. Si en un cuento hay un mar que palpita con la fuerza de las frases como olas , en una novela son los párrafos como mareas los que construyen la historia. Hay grandes novelistas de frases torpes y cacofónicas que sin embargo construyen universos vivos y asombrosos; como hay cuentistas magníficos, velocistas de 100 metros lisos, que se pierden en el exceso de vida salvaje de la novela maratoniana.

El cuento, en su contemporaneidad, no puede sino ser un animal ciudadano, cortés, educado, minimalista, premeditado y controlado; mientras que la novela, antigua y atávica como la épica, es una animal salvaje, indomable, imprevisible, desbordante, excesivo y descontrolado. El salto de la novela al cuento es el mismo salto del campo a la ciudad, del XIX al XX, del aire libre al ambiente cerrado. No recuerdo que se haya hecho ningún estudio acerca de la diferencia de espacios entre el cuento y la novela, pero estoy casi seguro de que los personajes del cuento habitan, normalmente, en lugares cerrados, bajo techo, íntimos y familiares, conocidos y rutinarios, casi femeninos (en las cualidades esenciales de lo femenino-interior), mientras que los de la novela serán con más frecuencia espacios abiertos, sin paredes ni vallas (o en lucha contra ellas), sociales, ajenos, desconocidos y selváticos, casi masculinos, en ese mismo sentido tópico de lo esencial masculino-exterior.

No me cabe duda de que la anterior aseveración puede ser considerada por alguien como políticamente incorrecta, y que no será del gusto de las corrientes de igualitarismo sexual, que pretenden disfrazar hasta el lenguaje con vestidos unisex, pero no está demostrado que esa corriente de la political correctness sea la que más se acerca a la verdad o al rigor científico, histórico, hermenéutico o humanístico.

Pero se podría ir algo más allá, en el paralelismo y la posible sexualidad del espacio. Desde luego, hay un espacio interior en la mujer que no puede ser obviado: el espacio intrauterino, en donde se gesta el mayor prodigio de la naturaleza, la auténtica creación en sí misma, la obra que tiene vida per se, y no de modo metafórico, analógico ni alegórico, sino genético y biológico puro y duro. Si el milagro de la creación, tal cual, sucede, se manifiesta, crece y explosiona dentro del cuerpo de la mujer (un espacio interior, protegido y protector, amable y amado, añorado hasta la muerte), no es del todo descabellado pensar que el varón, el hombre observador y hacedor, pero incompleto y torpe comparado con la destreza de la mujer que fabrica no utensilios o reflejos de la vida, sino la vida en sí misma, reproductora, multiplicadora y perpetuadora de la propia especie, ponga más ahínco o interés en sublimar su ausencia de gestación en gestaciones paralelas, pálidos espejos de la vida auténtica que nace y crece dentro del vientre de la hembra. Y a este respecto, es el propio Anzieu Didier en El cuerpo de la obra (pág. 92-93) quien recuerda y cita a E. Jones, “De la nature du génie” (1956):

“Tan sólo el término de ‘inspiración' evoca un acto de absorción física. Los poetas hablan a menudo de la gestación de sus sueños, y las palabras ‘concebir' y ‘procrear' se aplican igualmente a actividades corporales. Un escritor puede decir que está pariendo una idea o que está de dolores de parto al hablar de su estado intelectual. Además hay que subrayar que a veces sucede --y este era el caso de Freud-- que la gestación del pensamiento que precedía a la iluminación estuviera acompañado por el tipo de malestar que recuerda los dolores del parto. El hecho de que las mujeres dispongan de medios más directos para expresar este instinto explicaría, entonces, el hecho innegable de que el pensamiento creador más importante sea casi una prerrogativa del sexo masculino. Es el equivalente --el único al que puede aspirar-- del don de creación, de parto corporal concedido a la mujer .”

Desgraciadamente, no son buenos tiempos estos en los que vivimos ahora para hacer afirmaciones como las precedentes, porque parece que contradicen los estudios de género, siempre necesarios, que se realizan sobre la diferencia entre masculino y femenino a lo largo de la historia. Y no queremos nosotros aquí y ahora levantar la polémica, sino añadir, para lo que pudiera servir y para quien le pueda interesar, un rasgo más con respecto a la creación que no suele estar presente en dichos estudios de género, más interesados en hacer justicia y desenmascarar las presiones machistas históricas y auténticas del lenguaje y la sociedad que en otras explicaciones que, insistimos, no son alternativas sino complementarias.

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Post Scriptum: Terminado este artículo, me pregunta Ruth, una ciberamiga bloguera y profesora en el País Vasco, si de él se puede deducir que las mujeres por el hecho de parir ya no tienen derecho ni talento para escribir. La observación me pareció tan alarmante que no me queda más remedio que declarar aquí que ni en mil años y cien reencarnaciones estaría yo diciendo eso. Para nada. No porque no me atreviera a decirlo si lo pensara, sino porque no lo pienso. Lo que aporto aquí, al final del texto, y tal vez no me haya expresado bien, es un apunte genético que pudiera explicar en parte, solo en una pequeña parte, el fervor de los hombres (género masculino) por tratar de dominar y manipular no solo la guerra y la economía, sino también la historia de las artes. Decir que las mujeres no pueden o no tienen capacidad para realizar tareas artísticas es un insulto. La frase, desafortunada por su pretendida totalización que afirma "el hecho innegable de que el pensamiento creador más importante sea casi una prerrogativa del sexo masculino" no es mía, sino de Didier, y ahí diferimos Didier y yo, porque él no tiene en cuenta un elemento fundamental, y es que la historia y la cultura han sido secuestradas, reescritas y manipuladas en exclusiva por el género masculino desde sus inicios hasta la fecha.

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Foto capturada con Google. Si es tuya dímelo y te cito o la borro.

jueves, 20 de agosto de 2009

En casa siempre es mucho mejor

—Oye, Luci, si quieres te espero a que termines y te invito a tomar algo, que acabo de cobrar —dijo Adrián recogiendo del mostrador el sobre de la paga semanal sin separar los ojos del escote de la secretaria.

Luci lo miró y arrugó la nariz, como si de repente le hubiese llegado un insoportable olor a podrido. Esa era su respuesta. Adrián le daba asco, apestaba a vino rancio, era el tipo más sucio del almacén, el más vago y el más desagradable. No sabía por qué aún no lo habían despedido.

—Vamos a dejarlo para otro año, ¿vale? Para dentro de mil o dos mil años, si te parece. Si no tienes otra cosa que hacer, ya puedes ir saliendo.

La chica le dio la espalda para ver si así se daba por enterado.

—Yo ya estoy salido. Joder, nena, que no me entere yo que ese culito pasa hambre.

Luci se dio la vuelta como si la hubiese picado un alacrán en la espalda. Ese cabrón se había pasado tres pueblos. En un rápido vistazo se dio cuenta de que estaban solos, aunque el resto de sus compañeros no podían andar muy lejos. Adrián seguía allí, abierto de piernas con el mono azul sucio de grasa, mostrando unos dientes amarillos que pretendían ser una sonrisa. Con la mano derecha se apretaba el paquete hinchado por encima del mono.

—Mira que eres cerdo. No te puedes hacer idea del asco que me das —dijo Luci tratando de no gritar—. Esta vez voy a dar parte a dirección.

Adrián, sin dejar de mirar el escote de Luci, carraspeó y estuvo a punto de escupir al suelo. Antes de hacerlo se dio cuenta de que estaba en la oficina, y no en el almacén, así que apretó las mejillas y se tragó el gargajo.

—No te hagas la ofendida, Luci, que se nota cómo te gustan las pollas. Yo solo quiero que pruebes la mía, que seguro que te va a gustar más que la de esos mariconcetes de la oficina. ¿Qué me dices? Bueno, luego me contestas, que ahora tengo curro.

Adrián ladeó la cabeza, dándose la razón a sí mismo, y salió de la oficina rechinando las muelas. Ya estaba harto de hacerse pajas pensando en la guarra de Luci. Estaba seguro de que era una de esas estrechas que luego gritan de gusto cuando le metes un pepino como dios manda. ¿A qué venían si no esos escotes y esas minifaldas? La tía buscaba guerra, y él tenía guerra entre las piernas para ella y para su amiga Juana. Vaya par de zorras.

Aún faltaban dos horas para terminar la jornada. Joder, qué viernes tan largo. Si Luci no decía nada, es que le gustaba el juego. Las mujeres cuando dicen que no, es porque quieren que insistas. Todas son iguales. Incluso su mujer y su hija. Otras dos putas de campeonato. Si su mujer no follaba era porque era fea y gorda, y daba asco. ¿Quién iba a querer follar con esa foca? Aunque para hacer mamadas seguro que todavía servía. A él no, pero los demás, en el mercado, y en las tiendas… Estaba convencido de que estaba gorda de tanto tragar pollas. Menuda guarra. De vez en cuando tenía que darle un par de hostias para que no le perdiera el respeto, porque las tías son así, lo llevan en la sangre las jodidas, en cuanto te das la vuelta se bajan las bragas. Él le había quitado las bragas a más de dos docenas de putas en los últimos años, y todas le decían lo mismo: "Paga por adelantado, cariño, que después de correrte ya no hay quien cobre." Su mujer seguro que lo hacía gratis. Pues mira, hoy se iba a llevar la hostia que le tenía que haber dado a la Luci.

—Adrián, cojones, ¿quieres mover esas cajas de una puta vez? Es el único trabajo que tenías que hacer desde el mediodía. No sé para qué coño vienes al almacén. Para tocarte los huevos quédate en casa, cabrón —le dijo Juan Luis, el encargado.

Otro chupapollas. Ese estaba cabreado porque su mujer era la más puta del barrio. Le venía a buscar cada tarde y bajaba del coche enseñándoles a todos el coño. Nunca lo pudo ver bien, pero seguro que tenía el chocho peludo.

Aunque para puta, puta, su hija Soraya. A la madre tenía que salir. Con trece años se ponía unas minifaldas que ni las negras de la Casa de Campo se atrevían a ponerse. Incluso tenía un cajón lleno de tangas minúsculos que olían a perfume. Seguro que se los ponía para que los chicos del instituto le comieran el coño. Alguna vez había tenido que meterle una hostia para que se enderezara, pero ya lo dice el refrán: Puta la madre, puta la hija, puta la manta que las cobija.

Una hora antes de sonar el timbre de salida, Adrián vio llegar al gerente Menéndez acompañado de Julián, el segurata. ¿A qué cojones venían esos? Vaya par de julandrones. Menéndez tenía mala cara. La de siempre, vaya. Venían a buscarle.

—Adrián, aquí tienes tu carta de despido. Ahora recoges todas tus cosas y no vuelves por aquí en tu vida. La semana que viene te llamará el contable para ingresarte el finiquito.

—No puedes despedirme. Tengo contrato fijo —dijo Adrián no seguro del todo.

—Tú te vas al puto paro a partir de hoy. Y no me toques las pelotas o declaramos despido procedente y te ponemos una demanda por acoso. Luci nos lo contado todo. Mira que eres gilipollas.

¡Será hija de puta! Esa se merecía no una polla, sino un bate de béisbol en la cabeza.

—¿No me has oído? Lárgate —insistió Menéndez. Luego se giró hacia el segurata del almacén—: Julián, acompáñale a la salida y asegúrate de que lo perdemos de vista.

—Qué hijos de puta —dijo Adrián empujado por Julián—. Tenía que haberos puesto un petardo en el almacén.

Se fue al bar de Quino, y empezó a beber con más intensidad que otros viernes. Pandilla de cabrones. Quino le servía los cubatas, uno tras otro. Sabía que era viernes, y que Adrián llevaba pasta encima.

—Me importa un huevo ese trabajo de mierda. Que se lo metan por el culo. Mi mujer y mi hija son las que tendrían que trabajar, que son unas vagas de cojones. No sé para qué las mantengo.

Esa noche también se pasó por el polígono en busca de alguna puta, pero llevaba demasiado alcohol encima como para que se le empinara. A la segunda, una rumana que no hablaba una palabra de español, le dio una bofetada, para ver si así se arrancaba a hablar, y en seguida apareció su chulo con una navaja en la mano. Tuvo que pagarle el servicio que no había hecho, y un extra por la hostia.

Volvió a casa mucho más cabreado y más borracho que de costumbre. Abrió la puerta tambaleándose. Su mujer estaba viendo la tele, como siempre. Y su hija en el cuarto, oyendo música. Dos putas zánganas.

Sin abrir la boca le dio un bofetón a la mujer, que rodó hasta el suelo. Ella se levantó como una gata en celo y se encerró en el baño.

—¡Sal, puta! —gritó dando un puñetazo en la puerta.

La puerta de la habitación de la hija se abrió a su espalda, y se asomó Soraya con un camisón corto.

—¡Déjanos en paz, cabrón! —oyó que le gritaba su hija. Su propia hija.

Se volvió hacia ella, pero la chica volvió a meterse en la habitación y cerró la puerta, tratando de cerrarle el paso.

Una patada reventó la puerta hasta los goznes. La puta de su hija le levantaba la voz, y se vestía de fulana para que los chicos la sobasen a conciencia. Él iba a enseñarle lo que era el sexo con un hombre de verdad, para que aprendiera a respetarse a sí misma a partir de entonces.
Esa vez sí pudo penetrarla.

En casa siempre es mucho mejor que con las putas del polígono. Y más barato.

Fotos capturadas con Google. Si alguna es tuya, dímelo y te cito, o la borro.

lunes, 17 de agosto de 2009

No vale la pena preguntar

Le compró la casa a un subastero, y le costó la mitad de lo que había tasado el banco.
La mitad.
Al principio sintió desconfianza. No es normal que alguien venda por la mitad una casa con mil quinientos metros de terreno, aunque fuera verdad que las ventas estaban detenidas desde que había comenzado la crisis.
—Ya sé que la casa vale más, no se crea que soy tonto —le dijo el subastero—, pero a mí también me costó mucho menos, no voy a perder dinero. Estoy en el negocio desde hace demasiados años, y sé que para ganar hay que comprar y vender rápido, nada de acumular casas año tras año.
—Ya, pero es tan barata —insistió.
—Mire, si le hace ilusión yo le subo el precio, qué quiere que le diga. Además, si he de serle sincero, quiero venderla pronto por mi mujer.
—¿Su mujer?
—Sí. Bueno, será mi mujer el mes que viene. Es brasileña, y como no me dé prisa en regresar a Manaos, igual me la quita un negro. No me fío. Quiero volver cuanto antes. Es una garota por la que cualquiera estaría dispuesto a cruzar el océano en una barca con remos.
Le sorprendió que aquel subastero embrutecido hiciera gala de ese ardor amoroso. Quizá fuera solo sexo, y estaba encoñado. Con las brasileñas todo es posible. Daba igual, el caso es que la casa y el terreno estaban en el lugar adecuado y al precio que por primera vez podía permitirse.
Aún así se asesoró en una agencia inmobiliaria. Y en el Registro de la Propiedad Inmobiliaria. Le dijeron que todo era legal. El notario comprobó que los papeles eran correctos, y estampó la firma en el documento de compra-venta. Él entregó un cheque nominal por ciento veinte mil euros, y a cambio recibió las llaves del portón de la verja de entrada y de la casa.
Su nueva casa.
Estaba hecha una pocilga, pero no hizo falta contratar ni a un albañil ni a un fontanero. Solo limpieza. Se trasladó allí en dos semanas. Su casa, con terreno suficiente para cultivar tomates, lechugas, papas, cebollas, coles, pimientos, calabazas, unos cuantos árboles frutales y una rosaleda. El sueño de toda su vida.
El primer año fue duro: remover la tierra, prepararla, abonarla, sembrar, montar el sistema de riego, aguantar las agujetas en los riñones, y comer mendrugos de tierra cada día. Al segundo año, los primeros frutos, pero escasos. El tercer año mejor. El cuarto año espléndido. A partir del quinto año le sobró más de la mitad de la producción, contrató a un jubilado del pueblo para que se ocupara de la huerta, y él empezó a dedicarse a los rosales. El sexto año fue el mejor.
Pero el séptimo apareció aquel tipo en mitad de la noche. No lo vio llegar, pero acostumbrado al silencio le extrañó escuchar esos golpes repetidos tan cerca de la ventana de su dormitorio. Al levantarse a oscuras y asomar su cabeza por la ventana abierta, supo que no estaba tan cerca como parecía, pero estaba dentro del terreno de la casa, de eso no había duda. Además de los golpes de una pala escarbando la tierra, también estaba la luz: una linterna de carburo que alumbraba de modo fantasmal a un hombre cavando una fosa en el huerto de tomates, cerca del lindero norte.
No era supersticioso, pero por un momento se le pasó por la cabeza la imagen de la muerte preparando su tumba.
Pero no era la muerte. Solo era un hombre cavando en el huerto. Debería llamar a la policía. Un hombre estaba en su jardín escarbando entre las plantas en mitad de la noche. Eso le contaría a la policía, que allí había un tipo desconocido.
Aunque aquel no podía ser un ladrón de tomates, esa era una idea absurda.
Quien quiera que fuese, había llegado hasta allí con una idea muy clara y una determinación fija. Buscaba algo que sabía que estaba allí. No era el azar, no era un fantasma.
Su casa era su casa desde hacía siete años, pero ¿y antes de que fuese suya?
Él se la compró al subastero, y el subastero a la Hacienda pública. Un embargo. La expropiación de bienes a un delincuente. Alguien que había cometido un delito y que ahora regresaba para terminar el trabajo.
A lo mejor lo de llamar a la policía no era buena idea. Tal vez hubiera otras alternativas.
Un antiguo delito, y regreso al lugar de origen. ¿Un asesinato? ¿Y para qué iba el asesino a regresar para desenterrar al muerto? No era un asesinato, no había cadáveres en el jardín.
Un robo, y el ladrón regresaba para recuperar el botín. ¿Siete años después? Claro, después de sufrir la condena. Acababa de salir en libertad.
Esa era la respuesta. No podía ser otra.
Y entonces, ¿qué?
Si llamaba a la policía, detendrían al ladrón, pero también investigarían y el botín acabaría en manos de su dueño anterior, la víctima del robo. Adiós a la pasta, como si lo viera.
Podría hacer ruido y espantarle, pero aquel hombre no se iba a asustar por tan poca cosa. El agujero era ya lo bastante grande como para llamar la atención al dueño del huerto por la mañana, así que aquel hombre no iba a querer regresar otro día a terminar el trabajo. No podría engañarle tan fácilmente.
Podría tratar de llegar a un acuerdo con él. Fifty-fifty. Tal vez. Aunque alguien que ha esperado siete años y ha sufrido siete años de encierro quizá no fuera la persona más dispuesta a dialogar.
Por último, podría sorprenderle, atizarle en la cabeza, y meterle en el hoyo que ya estaba preparado, casi a la medida.
Uf, vaya trago.
También podía no hacer nada. Volver a la cama y hacerse a la idea de que no había visto nada, que sólo había tenido una pesadilla en mitad de la noche. Eso era lo menos arriesgado. Lo más prudente.
Pero estaba harto.
¿Harto de qué?
Harto de no haber sabido nunca agarrar a la vida por los huevos. Harto de que hasta el subastero que le vendió la casa se arriesgara comprando y vendiendo la casa de un delincuente para trasladarse a vivir a Brasil con una garota de infarto. Harto de que la mayor emoción en su vida, a esas alturas, fuera la de ver si prendía el esqueje del rosal que había plantado cerca del naranjo. Harto de no tener mujer, de no tener hijos, de no tener amigos. Harto de no ser nadie, y de no tener apenas nombre, porque nadie lo llamaba nunca.
¿Le debía algo a ese hombre que escarbaba cerca de sus tomateras tratando de recuperar un botín?
No.
¿Debería comportarse bien o mal por algún motivo? ¿Acaso creía en el cielo y en el infierno? ¿Iba a cambiar algo la historia de la humanidad dependiendo de sus actos?
Tampoco.
La duda es una consejera terrible. Un escalofrío le recorrió la espalda. Al final optó por dejar que fuera el azar el que tomara la decisión: “Si sale cara bajo al huerto y lo mato, si sale cruz me echo a dormir y lo dejo en paz.”
Deseó con todas sus fuerzas que saliera cruz.
Pero salió cara.
Han pasado tres años, y ya empieza a olvidar los detalles de aquella noche en la que bajó a oscuras y de puntillas a la planta baja, salió por la puerta trasera, se armó con un azadón pequeño, caminó descalzo y en pijama sin notar las piedras que se le clavaban en los pies, hasta llegar a la espalda de aquel hombre que cavaba en su huerto en mitad de la noche.
Le hundió el azadón en la espalda, a la altura de los hombros, como si quisiera partirlo en dos. El golpe fue tan fulminante que el hombre ni siquiera hizo el menor ruido al caer sobre la tierra. Nunca llegó a verle la cara. Ni siquiera pudo desenterrar el azadón hundido en la espalda de aquel hombre.
Tardó una semana en localizar el botín a menos de diez metros de la tumba del forastero. No se había equivocado. Una bolsa con cinco millones de euros en billetes usados. Nunca supo de dónde procedían, pero con ellos pudo comprar un barco, un nombre, una finca en Paraguay, y una esposa fiel que le dio dos hijos durante los tres primeros años.
¿Cómo se llamaba aquel hombre?
Qué más da. Hay veces que no vale la pena preguntar.

jueves, 13 de agosto de 2009

Amor en Gitmo

Este es un texto falso que sustituye al que había antes, para evitar su copia.
Percuntia tempora fati conqueror, in uentos inpendo uota fretumque; ne retine dubium cupientis ire per acquor; si bene nota mihi est, ad Caesaris arma iuuentus naufragio uenisse uolet. lam uoce doloris utendum est: non ex acquo diuisimus orbem; Epirum Caesarque tenet totusque senatus, Ausoniam tu solus habes». His terque quaterque uocibus excitum postquam cessare uidebat, dum se desse deis ac non sibi numina credit, sponte per incautas audet temptare latebras quod iussi timucre fretum, temeraria prono expertus cessisse deo, fluctusque ucrendos classibus exigua sperat superare carina.

domingo, 19 de julio de 2009

El gato 03

Este es un texto falso que sustituye al que había antes, para evitar su copia.
Percuntia tempora fati conqueror, in uentos inpendo uota fretumque; ne retine dubium cupientis ire per acquor; si bene nota mihi est, ad Caesaris arma iuuentus naufragio uenisse uolet. lam uoce doloris utendum est: non ex acquo diuisimus orbem; Epirum Caesarque tenet totusque senatus, Ausoniam tu solus habes». His terque quaterque uocibus excitum postquam cessare uidebat, dum se desse deis ac non sibi numina credit, sponte per incautas audet temptare latebras quod iussi timucre fretum, temeraria prono expertus cessisse deo, fluctusque ucrendos classibus exigua sperat superare carina.