Mi pequeña niña, mi pequeña trenza:
Que no quiero que te asuste el ulular de los lobos que andan sueltos por las calles. Que no quiero que te busquen. Que no quiero que te nombren. Que sé que no te quieren y que azuzan nocturnos corceles de lo oscuro contra ti si no estás atenta.
Mi pequeña rosa, mi pequeña fruta: no tirites bajo la colcha, porque yo detengo a los astros para que tu duermas. Cuidaré desde el otero y desde las olas para que ninguna bruja se acerque a tu alcoba, para que ninguna tarántula haga un nido de veneno en tus tobillos. Dormirás así en un silencio cuajado de palomas. Dejaré tan sólo que mi osito azafranado de peluche te acaricie desde la sombra.
Mi eternamente novia, mi libélula: acurrúcate en una esquina de la cuna hasta que yo vuelva. Que en los párpados se te acumulen lunas y palmeras, y un terciopelo inquieto defienda el cerco de tu ventana. Duerme hasta que, por la mañana, una brisa fresquísima inflame tus mejillas, y descubrirás que en tus sábanas te esperan miles de regalos, caramelos y sorpresas. Sueña con playas y jardines, con canciones de corro y con muñecas. Imagina mundos con niños, chimeneas, delfines, geranios, excursiones y frambuesas. Escucha cómo en la ventana repica el agua, porque una lluvia intensa te está preparando un futuro lleno de ozono y primaveras.
Mi engolfado amor, princesa: no llores más, porque nadie puede nombrar tu nombre en vano, porque al decir tu nombre, desde la boca salpican flores, y una niebla invade el mundo pidiendo brazos que defiendan el recuerdo de tu ausencia. Al pronunciar tu nombre siempre se derraman tres diamantes en la alfombra, y una lluvia de cometas recorre el firmamento buscándote para que vuelvas. Nada se puede contra el poderoso conjuro que te nombra, porque hasta los álamos están atentos al sonido de tus pasos para crecer felices en las huellas que abandonas. Déjate caer ante la sombra, que la noche es un gato fiel que sólo araña cuando tú le alientas.
Mi sortija de luz, mi bailarina loca: no bajará esta noche la luna a comerte el pie descalzo, no lo escondas. Se conformará con reflejarse en todas las charcas que le regala esta lluvia limpia-conciencias. No te canses de reír ni de dar color a las tinieblas. Sigue pajareando dentro así, como una alondra, hasta que toques fondo, hasta llegar al final de la historia. Y no te equivoques más porque, sin tu saberlo, la sangre brota, generosa, y uno cree que ya nada tiene sentido sino morirse así, muy despacio, mientras te nombra.
Mi pequeño cristal, mi diminuta concha: hay países donde las cocinas siempre huelen a manzanas frescas, y el aire sabe a agricultura. No hay bastante azúcar en esta tierra que te someta. Salta, vigorosa, por encima de tu miedo y abraza al mundo, que yo sabré que también a mí me abrazas. Rompe las cadenas que te tiran desde fuera y átate a ti misma, levantándote terrible, sonora y poderosa. Desde el fondo del abismo todos los esclavos del planeta te aclamarán: serás su esposa.
Mi chiquitita luna, mi desgarrada ola: duérmete ya, que si no duermes, yo me pondré muy triste, y quizá muera.