libró la carga letal de sus entrañas y paralizó toda actividad mental durante horas. Trató de arrancarse el intangible dardo en vano, pero una invisible zarpa de acero le sujetaba el cráneo y le obligaba a mantener los párpados abiertos, sangrando irrecuperables lágrimas en forma de minutos. Un charco de tiempo enfangado se formó a sus pies hasta dibujar el perfil de un encarcelado voluntario. Cuando la jeringuilla de luz le hubo arrebatado todo el tiempo aprovechable que aún pudiera guardar en su cerebro, logró arrancarse la aguja del ojo y desviar la mirada. A trompicones consiguió levantarse del sofá y huyó por el pasillo rumbo al dormitorio. En un último rastro de lucidez, antes de quedarse dormido, se prometió a sí mismo, una vez más, no volver a encender el televisor sin motivos concluyentes.
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viernes, 29 de febrero de 2008
Tiempo muerto
El foco de luz infectada buscó la pupila de su ojo y se hundió en él perforando el globo ocular a fondo, lentamente, hasta alcanzar la masa cerebral. Una vez allí
libró la carga letal de sus entrañas y paralizó toda actividad mental durante horas. Trató de arrancarse el intangible dardo en vano, pero una invisible zarpa de acero le sujetaba el cráneo y le obligaba a mantener los párpados abiertos, sangrando irrecuperables lágrimas en forma de minutos. Un charco de tiempo enfangado se formó a sus pies hasta dibujar el perfil de un encarcelado voluntario. Cuando la jeringuilla de luz le hubo arrebatado todo el tiempo aprovechable que aún pudiera guardar en su cerebro, logró arrancarse la aguja del ojo y desviar la mirada. A trompicones consiguió levantarse del sofá y huyó por el pasillo rumbo al dormitorio. En un último rastro de lucidez, antes de quedarse dormido, se prometió a sí mismo, una vez más, no volver a encender el televisor sin motivos concluyentes.
libró la carga letal de sus entrañas y paralizó toda actividad mental durante horas. Trató de arrancarse el intangible dardo en vano, pero una invisible zarpa de acero le sujetaba el cráneo y le obligaba a mantener los párpados abiertos, sangrando irrecuperables lágrimas en forma de minutos. Un charco de tiempo enfangado se formó a sus pies hasta dibujar el perfil de un encarcelado voluntario. Cuando la jeringuilla de luz le hubo arrebatado todo el tiempo aprovechable que aún pudiera guardar en su cerebro, logró arrancarse la aguja del ojo y desviar la mirada. A trompicones consiguió levantarse del sofá y huyó por el pasillo rumbo al dormitorio. En un último rastro de lucidez, antes de quedarse dormido, se prometió a sí mismo, una vez más, no volver a encender el televisor sin motivos concluyentes.
lunes, 14 de enero de 2008
Caracas, 1964-1967
En Caracas, a mediados de los años sesenta del siglo pasado, vivía un millón de personas dentro de la ciudad, y novecientos mil desheredados en los ranchitos de las afueras, a partir de Petare, y por debajo de la cota mil, en las faldas del Ávila. Los adecos, con Raúl Leoni al frente, habían vuelto a ganar la presidencia frente a los copeyanos. Por las noches, desde las colinas de Bello Monte, yo veía cómo se encendían las ventanitas del hotel Humboldt que coronaba la cumbre, y soñaba con subir en teleférico hasta su azotea, para tener el valle de Caracas a mis pies. En el patio del colegio jugábamos a las adivinanzas:
--¿A que no te sabes el nombre de dos animales que tengan las cinco vocales dentro de su nombre?
--Yo me sé uno: murciélago.
--Vale, ¿y el otro?
--No lo sé.
--Pues yo sí: Raúl Leoni.
El que perdía le tenía que dar al otro un cachito, una corteza de no sé qué planta en forma de ameba, entre garra, media luna y lágrima, que nosotros pulíamos durante horas, y después abrillantábamos y oscurecíamos con aceite, para hacernos colgantes y llaveros.
Hacía tanto calor, que nuestra casa tenía un salón con solo tres paredes; la cuarta estaba abierta al jardín, al cerro del Ávila, y a la cumbre de los edificios que sobresalían más allá de Chacaíto. Uno, en especial, refrescaba cada noche nuestra imaginación, y no porque el edificio tuviera nada de especial, sino porque sobre aquel rascacielos había un anuncio luminoso que parpadeaba sin cesar un anuncio de helados: “Fiesta empieza con Efe”. Un helado, por favor, un polo, un raspado, lo que sea. A media tarde pasaba por la puerta de la quinta Loló, en la avenida Casiquiare, el carrito de helados y raspados cuya música aún recuerdo. Por un mediecito podías tomarte un cucurucho de hielo regado con sirope de frutas. Mis raspados preferidos eran los de tamarindo, grosella, y fresa con leche. De mango no, porque teníamos cuatro árboles de mangos en casa, y regalábamos sacos a todo el que pasara por la calle.
Fue en Caracas donde descubrí la televisión. Mientras en España, en 1964, solo emitía TVE, algunas breves horas de la tarde (la segunda, el UHF, aún ni siquiera existía), en casa de mis vecinos podían ver el canal 5 (Televisora Nacional), el canal 4 (Venevisión), el Canal 8 (Cadena Venezolana de Televisión), Radio Caracas Televisión, y el Canal 11. Suena extraño visto desde el 2008, pero Venezuela en 1965 era un país mucho más avanzado que España, que se ufanaba de ser un país en vías de desarrollo. Diez años antes de morir Franco, mis hermanos y yo viajamos en el tiempo a bordo de un DC-8, y durante tres años convivimos con los partidos políticos, la libertad religiosa, el divorcio legal, la libertad de información, la pluralidad televisiva y las playas del Caribe.
Y desde entonces me falta un diente. El paleto derecho. Me lo rompí mordiendo el suelo debajo de la cama de los padres de María Milagros, Milena y el Catire, donde me había escondido. La culpa fue de Batman, que salía por televisión cada tarde, a las cuatro o las cinco, en una serie norteamericana doblada en México. Luces linda, muñeca, ¿cómo es que tú te llamas? Oh, vamos, Nick, no molestes a la señorita. Yo no me la podía perder, hubiera matado por verla, así que cada tarde saltaba la tapia del jardín que separaba nuestras casas, me colaba por la puerta de la cocina en casa de los vecinos, subía de puntillas las escaleras hasta el cuarto
de sus padres, encendía el televisor que tenían frente a la cama, y me sentaba a disfrutar de un nuevo capítulo del hombre murciélago. Estaba enganchado a esa serie, en parte porque seguíamos sin tener televisión en casa, y en parte porque todos los niños del colegio jugaban cada día a lo mismo: las nuevas aventuras de Robín y Batman. Y si yo no sabía de qué iba, me tocaría ser el malvado el caballero del crimen, Oswald el Pingüino, una vez más. Cuando el Catire y María Milagros escucharon desde el piso de abajo la música de la cabecera del programa de Batman, subieron a zancadas por las escaleras. Ellos también querían verlo. Pero yo no podía decir que estaba allí, nadie me había invitado, me había colado en la casa a hurtadillas, así que me metí debajo de la cama, y seguí mirando desde allí, con la boca abierta, las acrobacias de Batman con el batimóvil. Nada más cruzar la puerta de la habitación, el Catire se lanzó sobre la cama, justo a la altura de mi cabeza, el colchón se hundió hacia abajo, empujó mi cabeza contra el suelo, y el diente frontal de Enrique se partió por la mitad contra la baldosa del suelo.
La doctora María Elena Machaco, que pasaba consulta en las Torres del Silencio, me hizo una pulpectomía, me extirpó el nervio que había quedado al descubierto, y me tapó el agujero con cemento blanco. Solo quince años después mi hermano Gonzalo me reconstruyó el diente con una funda de porcelana. Cuando en 1977 fui con Deme a ver Marathon Man en el cine Capitol, tuve que salirme de la sala en el momento en el que el doctor Szell le hace una endodoncia en vivo a Dustin Hoffman con una taladradora dental. Eso ya lo había vivido antes.
--¿A que no te sabes el nombre de dos animales que tengan las cinco vocales dentro de su nombre?
--Yo me sé uno: murciélago.
--Vale, ¿y el otro?
--No lo sé.
--Pues yo sí: Raúl Leoni.
El que perdía le tenía que dar al otro un cachito, una corteza de no sé qué planta en forma de ameba, entre garra, media luna y lágrima, que nosotros pulíamos durante horas, y después abrillantábamos y oscurecíamos con aceite, para hacernos colgantes y llaveros.Hacía tanto calor, que nuestra casa tenía un salón con solo tres paredes; la cuarta estaba abierta al jardín, al cerro del Ávila, y a la cumbre de los edificios que sobresalían más allá de Chacaíto. Uno, en especial, refrescaba cada noche nuestra imaginación, y no porque el edificio tuviera nada de especial, sino porque sobre aquel rascacielos había un anuncio luminoso que parpadeaba sin cesar un anuncio de helados: “Fiesta empieza con Efe”. Un helado, por favor, un polo, un raspado, lo que sea. A media tarde pasaba por la puerta de la quinta Loló, en la avenida Casiquiare, el carrito de helados y raspados cuya música aún recuerdo. Por un mediecito podías tomarte un cucurucho de hielo regado con sirope de frutas. Mis raspados preferidos eran los de tamarindo, grosella, y fresa con leche. De mango no, porque teníamos cuatro árboles de mangos en casa, y regalábamos sacos a todo el que pasara por la calle.
Fue en Caracas donde descubrí la televisión. Mientras en España, en 1964, solo emitía TVE, algunas breves horas de la tarde (la segunda, el UHF, aún ni siquiera existía), en casa de mis vecinos podían ver el canal 5 (Televisora Nacional), el canal 4 (Venevisión), el Canal 8 (Cadena Venezolana de Televisión), Radio Caracas Televisión, y el Canal 11. Suena extraño visto desde el 2008, pero Venezuela en 1965 era un país mucho más avanzado que España, que se ufanaba de ser un país en vías de desarrollo. Diez años antes de morir Franco, mis hermanos y yo viajamos en el tiempo a bordo de un DC-8, y durante tres años convivimos con los partidos políticos, la libertad religiosa, el divorcio legal, la libertad de información, la pluralidad televisiva y las playas del Caribe.
Y desde entonces me falta un diente. El paleto derecho. Me lo rompí mordiendo el suelo debajo de la cama de los padres de María Milagros, Milena y el Catire, donde me había escondido. La culpa fue de Batman, que salía por televisión cada tarde, a las cuatro o las cinco, en una serie norteamericana doblada en México. Luces linda, muñeca, ¿cómo es que tú te llamas? Oh, vamos, Nick, no molestes a la señorita. Yo no me la podía perder, hubiera matado por verla, así que cada tarde saltaba la tapia del jardín que separaba nuestras casas, me colaba por la puerta de la cocina en casa de los vecinos, subía de puntillas las escaleras hasta el cuarto
de sus padres, encendía el televisor que tenían frente a la cama, y me sentaba a disfrutar de un nuevo capítulo del hombre murciélago. Estaba enganchado a esa serie, en parte porque seguíamos sin tener televisión en casa, y en parte porque todos los niños del colegio jugaban cada día a lo mismo: las nuevas aventuras de Robín y Batman. Y si yo no sabía de qué iba, me tocaría ser el malvado el caballero del crimen, Oswald el Pingüino, una vez más. Cuando el Catire y María Milagros escucharon desde el piso de abajo la música de la cabecera del programa de Batman, subieron a zancadas por las escaleras. Ellos también querían verlo. Pero yo no podía decir que estaba allí, nadie me había invitado, me había colado en la casa a hurtadillas, así que me metí debajo de la cama, y seguí mirando desde allí, con la boca abierta, las acrobacias de Batman con el batimóvil. Nada más cruzar la puerta de la habitación, el Catire se lanzó sobre la cama, justo a la altura de mi cabeza, el colchón se hundió hacia abajo, empujó mi cabeza contra el suelo, y el diente frontal de Enrique se partió por la mitad contra la baldosa del suelo.La doctora María Elena Machaco, que pasaba consulta en las Torres del Silencio, me hizo una pulpectomía, me extirpó el nervio que había quedado al descubierto, y me tapó el agujero con cemento blanco. Solo quince años después mi hermano Gonzalo me reconstruyó el diente con una funda de porcelana. Cuando en 1977 fui con Deme a ver Marathon Man en el cine Capitol, tuve que salirme de la sala en el momento en el que el doctor Szell le hace una endodoncia en vivo a Dustin Hoffman con una taladradora dental. Eso ya lo había vivido antes.
domingo, 13 de enero de 2008
Una infancia de trenes
Desde hace cincuenta años, todos los niños crecen viendo dibujos animados por televisión. Yo no. Y no es que la televisión no existiera cuando yo era pequeño, sino que mis padres, en un ataque de fundamentalismo cultural, decidieron que ver televisión era malo para la educación y la salud de los niños, porque dejaban de leer, de jugar y de imaginar. Así que tomaron una decisión salomónica: no comprar ninguna televisión hasta que el más pequeño de sus hijos, mi hermana Peancha, fuera mayor de edad. Y lo cumplieron. Aún no sé si hicieron bien. No es que se lo reproche, pero años después yo no tuve huevos para negársela a mi hijo Elías.
Así que tuve una infancia desconectada. Unplugged, diría Eric Clapton. Pero como éramos diez hermanos, la diversión en casa estaba garantizada. Los sábados por la tarde nos dedicábamos a montar las vías del tren por toda la casa: pasos a nivel, puentes, cruces, desvíos, túneles, vías muertas, estaciones y viajeros a la espera del convoy. No sé qué cantidad de metros recorrían aquellos trenes, pero era una obra de ingeniería que necesitaba el concurso de los diez hermanos, y la asesoría, cada media hora, de un ingeniero de caminos: mi padre.
Al llegar la noche nos acostábamos exhaustos. Sólo teníamos fuerzas para sintonizar la radio, y escuchar embobados las historias de El gato con botas, Los siete cabritillos, o El sastrecillo valiente en Radio Nacional de España.
--¡Garbancito! ¿Dónde estás? --llamaban sus padres a voz en grito.
--¡Aquí estoy! ¡En la tripita del buey, donde ni nieva ni llueve!
Después de saltar de cama en cama y reventar los muelles de algún colchón, mi madre nos metía con dos azotes bajo las sábanas, apagaba la luz y nos dejaba a los pequeños cautivos en las manos de mis hermanos mayores, especialistas en torturas nocturnas. El peor era Nacho, que siempre nos contaba la historia de la familia que se comió un cadáver desenterrado del cementerio, creyendo que eran asaduras. Nacho empezaba a hacer ruidos, toc, toc, toc, y ponía voz de ultratumba:
--Ay mamaita, ita, ita, ita, ¿quién será?
--Déjalo hijita, hijita, hijita, que ya se irá.
--Que no me voy, que subiendo las escaleras estoy.
Hasta que terminaba el cuento saltando sobre nuestra cama en mitad de la tiniebla. Mis padres se preguntaron, durante muchos años, cómo era posible que todos nos meáramos en la cama hasta los diez años. Yo hasta los trece: se ve que mi implicación con la literatura era ya entonces más fuerte que la de mis hermanos.
Al día siguiente, tras abrir de par en par las ventanas y tender los hules para diluir el olor a amoniaco de ocho varones eneuréticos, empezábamos a jugar con el tren.
--El último, nena --gritaba Javier.
Y mis dos hermanas corrían como el que más por el pasillo, repartiendo codazos y metiendo zancadillas. A fin de cuentas, ¿dónde si no estaba el juego?
La merienda, galletas María Fontaneda untadas con mantequilla y azúcar. A veces, chocolate Elgorriaga y miel de la Alcarria. El domingo por la tarde había que desmontar el tren, un país completo, con ríos, pueblos y montañas, cosido por una red ferroviaria construida y desmontada por nosotros, los huérfanos del televisor. Las vías rectas con las rectas, las curvas con las curvas, el corcho del belén con el que hacíamos las montañas, a las cajas. Y todo ello, con vagones, puentes, soldados, los dinkytoys de Coque, los indios de Gonzalo, y el fuerte vaquero de Jorge, al altillo. Hasta el sábado siguiente.
Así que tuve una infancia desconectada. Unplugged, diría Eric Clapton. Pero como éramos diez hermanos, la diversión en casa estaba garantizada. Los sábados por la tarde nos dedicábamos a montar las vías del tren por toda la casa: pasos a nivel, puentes, cruces, desvíos, túneles, vías muertas, estaciones y viajeros a la espera del convoy. No sé qué cantidad de metros recorrían aquellos trenes, pero era una obra de ingeniería que necesitaba el concurso de los diez hermanos, y la asesoría, cada media hora, de un ingeniero de caminos: mi padre.Al llegar la noche nos acostábamos exhaustos. Sólo teníamos fuerzas para sintonizar la radio, y escuchar embobados las historias de El gato con botas, Los siete cabritillos, o El sastrecillo valiente en Radio Nacional de España.
--¡Garbancito! ¿Dónde estás? --llamaban sus padres a voz en grito.
--¡Aquí estoy! ¡En la tripita del buey, donde ni nieva ni llueve!
Después de saltar de cama en cama y reventar los muelles de algún colchón, mi madre nos metía con dos azotes bajo las sábanas, apagaba la luz y nos dejaba a los pequeños cautivos en las manos de mis hermanos mayores, especialistas en torturas nocturnas. El peor era Nacho, que siempre nos contaba la historia de la familia que se comió un cadáver desenterrado del cementerio, creyendo que eran asaduras. Nacho empezaba a hacer ruidos, toc, toc, toc, y ponía voz de ultratumba:--Ay mamaita, ita, ita, ita, ¿quién será?
--Déjalo hijita, hijita, hijita, que ya se irá.
--Que no me voy, que subiendo las escaleras estoy.
Hasta que terminaba el cuento saltando sobre nuestra cama en mitad de la tiniebla. Mis padres se preguntaron, durante muchos años, cómo era posible que todos nos meáramos en la cama hasta los diez años. Yo hasta los trece: se ve que mi implicación con la literatura era ya entonces más fuerte que la de mis hermanos.
Al día siguiente, tras abrir de par en par las ventanas y tender los hules para diluir el olor a amoniaco de ocho varones eneuréticos, empezábamos a jugar con el tren.
--El último, nena --gritaba Javier.
Y mis dos hermanas corrían como el que más por el pasillo, repartiendo codazos y metiendo zancadillas. A fin de cuentas, ¿dónde si no estaba el juego?
La merienda, galletas María Fontaneda untadas con mantequilla y azúcar. A veces, chocolate Elgorriaga y miel de la Alcarria. El domingo por la tarde había que desmontar el tren, un país completo, con ríos, pueblos y montañas, cosido por una red ferroviaria construida y desmontada por nosotros, los huérfanos del televisor. Las vías rectas con las rectas, las curvas con las curvas, el corcho del belén con el que hacíamos las montañas, a las cajas. Y todo ello, con vagones, puentes, soldados, los dinkytoys de Coque, los indios de Gonzalo, y el fuerte vaquero de Jorge, al altillo. Hasta el sábado siguiente.
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