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lunes, 1 de diciembre de 2008

La muerte

Me pregunta Bea que cómo me encuentro. No sé, le digo, me siento raro. Es como si la luz de las calles hubiera cambiado, como si siempre hubiese niebla, como si estuviera viviendo en un lugar que no conozco. Imagino que es el luto. Le digo que soy como un turista desganado. Peancha llora cada vez que se queda sola, y cuando se despierta en mitad de la noche. Y si lleva varias horas sin estar sola, se esconde un rato para llorar a oscuras. Yo me siento destemplado. El sol no me calienta, a pesar de que estoy en Tenerife, y hasta he conseguido pillar un constipado sin venir a cuento.
Oigo ladrar a Dogo, el perro del vecino, y me entran ganas de sentarme en las escaleras junto a él para ladrar a dúo, para decir a gritos que me siento desprotegido, con frío a pleno sol, con ganas de llorar sin que me vean, con ganas de dormir a todas horas, desganado, flojo, sin hambre, destemplado, encogido, mustio, congestionado por una fiebre fría y con los oídos taponados.
“¿Qué es lo que no quieres oír?”, me preguntaría sin duda el doctor Blanco. Él siempre era directo y claro. Blanco. Pues qué va a ser, le diría, no quiero oír que se han muerto mis padres, los dos al mismo tiempo; no quiero oír que aún no tengo casa, y que duermo de prestado en la de mi hermana pequeña; no quiero oír que tengo toda mi vida, mis libros, mis recuerdos, metidos en un container de 20 pies en el muelle de Santa Cruz, entre latas de atún y ferretería industrial. Todo eso me da frío y me tapona los oídos.
Ya sé que los padres tienen que morir para recordarnos que no somos inmortales. Pero cuando mueren, heredamos su muerte. De golpe la muerte está ahí, y no es el miedo a morir, sino el frío que dejan detrás, la tiritona, el estómago revuelto, tanto da si es verano como si es invierno.
Los hijos son un poco nosotros mismos, y los padres también. Somos lo que fuimos, incluso antes de nacer; y también lo que seremos, después de muertos. Perpetuados en la genética, en una historia colectiva, en un cuerpo colectivo que se desescama escupiendo cadáveres, uñas y miembros cercenados para regenerarse. No somos más que un préstamo a plazo corto.
Mi padre está en mí. Supongo que sí. Al menos tengo sus genes, su ADN, el calor de la mano, sus traumas, su aversión al deporte, sus gestos. Y de mí pasarán a Elías, con algunas alteraciones. Pero ahora también tengo su muerte, su corazón congelado, su alzheimer, sus ojos ciegos y sus escaras taladrándome la espalda. Yo soy ahora mi padre, corre la lista, un proyecto de cadáver, una promesa de extinción, de ceniza y olvido.
Hubo un tiempo necesario en que mis padres eran dios. Un dios bicéfalo indestructible, capaces de protegerme más allá del sueño y de la noche. Cuando mueren los padres muere dios, muere el paraguas protector, muere la eternidad y la invulnerabilidad. Dios ha muerto dos veces en noviembre: se llamaban Aurora y Alfredo. Me gustaría poder decir con Groucho Marx la frase “Dios ha muerto, Carlos Marx también ha muerto, y yo mismo no ando muy bien de salud”, pero tampoco ando bien de humor a estas horas.
Mientras escribía “El viaje de Lidia” no podía imaginar que estaba escribiendo mi propio viaje: quemando la casa a orillas del río Ambroz, buscando a mi madre ausente, y asistiendo a la muerte de mi padre. De algunas cosas sí que era consciente: mi hermano Gonzalo murió hace tiempo, y aún le echo de menos. Ringo ya no está conmigo.
Bea me observa, preocupada, y me pregunta si me voy a morir. Aún no, le digo. Tenemos tiempo. Calculo que unos treinta y tantos años. Hace apenas diez días mi hermano Coke escribió con caligrafía hermosa los nombres de mis padres en el cemento que sella su tumba, y todos sus hijos apretamos la huella de nuestro pulgar en el cemento fresco. Diez huellas huérfanas en un espejo que ya no nos refleja. También nosotros, y nuestras huellas, estamos enterrados en Santander, muy cerca de la tumba de Gonzalo. Salimos del cementerio con dos cadáveres a cuestas, inyectados por debajo de la piel, en lo más profundo del hueso. Hacía frío. Pocos días después se desató el vendaval de lluvia y nieve por toda la península, pero nosotros ya lo teníamos dentro, como una garrapata congelada, una costra de hielo por debajo del abrigo.
Siento la amputación de un cuerpo que no es el mío, pero sé que volveré a sentir calor dentro de unos meses, cuando me acostumbre a estar un poco muerto, y a caminar con la espalda vencida por el peso de los cadáveres, el tiempo y los espejos.

sábado, 22 de noviembre de 2008

La muerte de mis padres

Hace quince días murió mi madre.

Estaba muy enferma desde hacía meses. Un precipicio se abrió a mis pies. Sentí vértigo.

La semana pasada vendimos nuestra casa a orillas del río Ambroz. La misma en la que nos casamos Bea y yo hace dos años. Entonces mis padres vinieron desde Santander, y fue su último viaje, y la última vez que bailaron al ritmo de la música de los mariachis.

Hemos empezado a buscar una casa en Tenerife, cerca del mar. No nos ha dado tiempo.

Ayer murió mi padre.

Por primera vez en diecisiete años nos hemos vuelto a reunir en Santander los nueve hermanos que aún estamos vivos.
Antes de incinerarle, toqué los dedos de mi padre para calentarle las manos, pero no hay calor suficiente en el mundo para rescatar a un padre de la muerte.

Pasado mañana volveremos a Tenerife. Todas nuestras cosas están almacenadas en un container en el Puerto de Santa Cruz. Hemos encontrado una casa en El Sauzal con vistas al mar y al Teide.

Hay cosas tan dífíciles de vivir, que no sé cómo contarlas.

martes, 8 de julio de 2008

Mucho tiempo

Es verdad, me fui de viaje. Estuve en Santander once días haciéndome pasar por mi hermano Coque. Engañé a casi todos, menos a mi padre, que no ve nada y tiene Alzheimer. Pero me desenmascaró por el olfato.
--Deja de abanicarme con la Antología rota, que León Felipe me da alergia.
Es muy delicado. Aún así, prefiero que reviente de calor a cultivar su demencia senil con Pemanes o Gironellas. Además, como ya no ve, he desterrado a todos los cipreses creyentes y a los divinos impacientes a Ceuta, para que hagan turismo entre legionarios.

Desde El Cairo, a la sombra de las pirámides, Ivi(r), Contigo pan y cebolla, me concede el premio Brillante Weblog 2008. Muchas gracias. Es el primer premio que me dan, así, por la cara, o por el blog. El premio, en realidad, es tener lectores y lectoras como Ivi(r), así que lo recibo muy contento, lo pongo bien visible en la estantería, y le mando un beso como un queso.

Esta tarde aterrizarán Mila y Álvaro en la Dacha, y mañana o pasado mañana nos iremos a Portugal, a Murtosa, junto al mar. El caso es no parar. No sé si podré escribir mucho allí, pero junto al pozo y debajo de los naranjos pienso leerme El héroe de las mil caras, de Joseph Campbell, que le tengo ganas desde que me lo compré en la Feria del Libro hace dos semanas.

viernes, 22 de febrero de 2008

Mi padre

Si me preguntan qué recuerdo de mi padre, retrocedo en el tiempo, y me encuentro en Doctor Esquerdo, una calle grande, muy grande. Era tan grande como un río vertiginoso y ancho, lleno de peligros, en el que apenas alcanzaba a ver la acera del otro lado (los coches intermitentes me tapaban el horizonte). Demasiados coches, autobuses, sonidos de claxon. Era como un gran foso de cocodrilos alrededor de un castillo. Yo tenía cinco años. Casi podía notar el sonido de las dentelladas cerca de mis rodillas desnudas por los pantalones cortos. Lanzarse a la calzada era como tirarse por un precipicio, la muerte bajo las ruedas de un tranvía. Había demasiados imprevistos a tener en cuenta como para saltar al empedrado y pretender volver con vida. A pesar de ello, mi padre me cogía de la mano, tiraba de mí, y se ponía en marcha arrastrándome al asfalto antes de que el coche que teníamos delante hubiera pasado. Yo estaba aterrorizado. Era como si mi padre quisiera ser arrollado por su parachoques. Yo apretada la mano alrededor de dos dedos suyos, grandes y largos como ramas, y luego me asombraba el difícil cálculo que mi padre había realizado al echar a andar antes de que pasara el coche, porque sus zancadas llegaban hasta la línea de atropello cuando el coche ya había rebasado nuestra trayectoria. Yo pensaba: "Claro, mi padre es ingeniero, y lo tiene todo calculado", y no dejaba de sorprenderme el riesgo que corría y la natural seguridad con que lo afrontaba. Yo veía a mi padre grande como un árbol, y el ligero olor a tabaco que desprendía su mano me emborrachaba. Era un olor masculino y firme, un olor seco a madera y café.
Es imposible, pero siempre era invierno. Lo sé porque de todo ello el recuerdo más nítido que conservo es el del calor de su mano. Era una mano grande y caliente, con dedos largos, huesudos y potentes (no sé si ya lo he dicho). Era la mano de mi padre, y la podría distinguir entre todas las del mundo. El calor que desprendía es lo más tierno que yo recuerdo de toda mi infancia, lo más tranquilizador, lo más protector. Ese calor hacía que yo cerrara los ojos ante el abismo y me dejara arrastrar a una muerte segura, bajo las ruedas de los coches, devorado por los cocodrilos, pero siempre de la mano de mi padre, con un calor que jamás podría nadie arrebatarme.
Mi padre fue una mano que me ayudó a cruzar la calle, y sólo ahora, cuarenta y tantos años más tarde, cuando yo tengo la edad que tenía mi padre entonces, me doy cuenta de que esa mano que calentaba la mía la tengo dentro, y que me sigue ayudando a cruzar calles con la misma seguridad con la que él lo hacía.
Los padres son fuertes como los robles, y no mueren nunca. Casi asombra que enfermen.

viernes, 4 de enero de 2008

In pulverem reverteris

La fuente de San Andrés, junto a la plaza de toros de Hervás, tiene cuatro caños de agua. La que sale del grifo sabe a pescado rancio desde hace un mes, así que allí nos encontramos, regreso al siglo XIX, los habitantes del pueblo.
La pasada Nochebuena viajamos a Santander para ver a mis padres. Entre los dos suman ya 180 años, así que es probable que fuera la última visita. Los sentamos en sus dos sillas de ruedas, mientras Bea empujaba la silla de mi padre, yo empujaba la de mi madre. Salimos de la residencia y nos fuimos a merendar un chocolate con churros a la cafetería Valor, frente al Puerto Chico. La gente del Paseo Pereda nos hacían hueco al pasar: Ave, Caesar, morituri te salutant. Y me costó, más que otras veces, verme en el espejo del tiempo que casi siempre fue mi padre. Tal vez porque apenas estaba vivo, porque lo que resta no es más que un trámite doloroso: la llamada por teléfono, la sorpresa esperada, el último viaje lleno de memorias, el cuerpo tibio ya embalsamado, el féretro, el cementerio, la viuda, el frío, la lluvia. En los entierros siempre hiela y llueve, aunque haga sol y no se asome ni una nube. Me moriré en París con aguacero / un día del cual tengo ya el recuerdo / me moriré en París –y no me corro- / Tal vez un jueves, como es hoy, de otoño, decía César Vallejo. Y parece como si yo ya tuviera el recuerdo de la muerte de mi padre, que aún vive.

Yo no moriré en París. Al menos eso espero. Quisiera morir al sol, para restarle helor a la muerte. Y que me entierren en un tumba siempre ardiente, o incinerado y arrojado a las olas de un mar cegado por el sol, batiéndose contra la arena blanca de una playa ecuatorial. Le tengo más miedo al frío que a la muerte.

Después de un año sin saber de ella, llamé a Luisa con el cipote hinchado, pero su madre me dijo que había muerto unos meses antes. Colgué el teléfono con un calambre en los dedos. Imaginé un gusano carroñero entrando y saliendo por la cuenca de sus ojos y sus fosas nasales. A cuatro metros bajo tierra Luisa se descomponía, mientras yo tenía ganas de follar con ella. ¡Para que te acuerdes del Papa de Roma, toma! Así que corrí a ungirme la polla con un poco de ceniza mientras rezaba: “Memento homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris".