Me pregunta Bea que cómo me encuentro. No sé, le digo, me siento raro. Es como si la luz de las calles hubiera cambiado, como si siempre hubiese niebla, como si estuviera viviendo en un lugar que no conozco. Imagino que es el luto. Le digo que soy como un turista desganado. Peancha llora cada vez que se queda sola, y cuando se despierta en mitad de la noche. Y si lleva varias horas sin estar sola, se esconde un rato para llorar a oscuras. Yo me siento destemplado. El sol no me calienta, a pesar de que estoy en Tenerife, y hasta he conseguido pillar un constipado sin venir a cuento.
Oigo ladrar a Dogo, el perro del vecino, y me entran ganas de sentarme en las escaleras junto a él para ladrar a dúo, para decir a gritos que me siento desprotegido, con frío a pleno sol, con ganas de llorar sin que me vean, con ganas de dormir a todas horas, desganado, flojo, sin hambre, destemplado, encogido, mustio, congestionado por una fiebre fría y con los oídos taponados.
“¿Qué es lo que no quieres oír?”, me preguntaría sin duda el doctor Blanco. Él siempre era directo y claro. Blanco. Pues qué va a ser, le diría, no quiero oír que se han muerto mis padres, los dos al mismo tiempo; no quiero oír que aún no tengo casa, y que duermo de prestado en la de mi hermana pequeña; no quiero oír que tengo toda mi vida, mis libros, mis recuerdos, metidos en un container de 20 pies en el muelle de Santa Cruz, entre latas de atún y ferretería industrial. Todo eso me da frío y me tapona los oídos.
Ya sé que los padres tienen que morir para recordarnos que no somos inmortales. Pero cuando mueren, heredamos su muerte. De golpe la muerte está ahí, y no es el miedo a morir, sino el frío que dejan detrás, la tiritona, el estómago revuelto, tanto da si es verano como si es invierno.
Los hijos son un poco nosotros mismos, y los padres también. Somos lo que fuimos, incluso antes de nacer; y también lo que seremos, después de muertos. Perpetuados en la genética, en una historia colectiva, en un cuerpo colectivo que se desescama escupiendo cadáveres, uñas y miembros cercenados para regenerarse. No somos más que un préstamo a plazo corto.
Mi padre está en mí. Supongo que sí. Al menos tengo sus genes, su ADN, el calor de la mano, sus traumas, su aversión al deporte, sus gestos. Y de mí pasarán a Elías, con algunas alteraciones. Pero ahora también tengo su muerte, su corazón congelado, su alzheimer, sus ojos ciegos y sus escaras taladrándome la espalda. Yo soy ahora mi padre, corre la lista, un proyecto de cadáver, una promesa de extinción, de ceniza y olvido.
Hubo un tiempo necesario en que mis padres eran dios. Un dios bicéfalo indestructible, capaces de protegerme más allá del sueño y de la noche. Cuando mueren los padres muere dios, muere el paraguas protector, muere la eternidad y la invulnerabilidad. Dios ha muerto dos veces en noviembre: se llamaban Aurora y Alfredo. Me gustaría poder decir con Groucho Marx la frase “Dios ha muerto, Carlos Marx también ha muerto, y yo mismo no ando muy bien de salud”, pero tampoco ando bien de humor a estas horas.
Mientras escribía “El viaje de Lidia” no podía imaginar que estaba escribiendo mi propio viaje: quemando la casa a orillas del río Ambroz, buscando a mi madre ausente, y asistiendo a la muerte de mi padre. De algunas cosas sí que era consciente: mi hermano Gonzalo murió hace tiempo, y aún le echo de menos. Ringo ya no está conmigo.
Bea me observa, preocupada, y me pregunta si me voy a morir. Aún no, le digo. Tenemos tiempo. Calculo que unos treinta y tantos años. Hace apenas diez días mi hermano Coke escribió con caligrafía hermosa los nombres de mis padres en el cemento que sella su tumba, y todos sus hijos apretamos la huella de nuestro pulgar en el cemento fresco. Diez huellas huérfanas en un espejo que ya no nos refleja. También nosotros, y nuestras huellas, estamos enterrados en Santander, muy cerca de la tumba de Gonzalo. Salimos del cementerio con dos cadáveres a cuestas, inyectados por debajo de la piel, en lo más profundo del hueso. Hacía frío. Pocos días después se desató el vendaval de lluvia y nieve por toda la península, pero nosotros ya lo teníamos dentro, como una garrapata congelada, una costra de hielo por debajo del abrigo.
Siento la amputación de un cuerpo que no es el mío, pero sé que volveré a sentir calor dentro de unos meses, cuando me acostumbre a estar un poco muerto, y a caminar con la espalda vencida por el peso de los cadáveres, el tiempo y los espejos.
Oigo ladrar a Dogo, el perro del vecino, y me entran ganas de sentarme en las escaleras junto a él para ladrar a dúo, para decir a gritos que me siento desprotegido, con frío a pleno sol, con ganas de llorar sin que me vean, con ganas de dormir a todas horas, desganado, flojo, sin hambre, destemplado, encogido, mustio, congestionado por una fiebre fría y con los oídos taponados.
“¿Qué es lo que no quieres oír?”, me preguntaría sin duda el doctor Blanco. Él siempre era directo y claro. Blanco. Pues qué va a ser, le diría, no quiero oír que se han muerto mis padres, los dos al mismo tiempo; no quiero oír que aún no tengo casa, y que duermo de prestado en la de mi hermana pequeña; no quiero oír que tengo toda mi vida, mis libros, mis recuerdos, metidos en un container de 20 pies en el muelle de Santa Cruz, entre latas de atún y ferretería industrial. Todo eso me da frío y me tapona los oídos.Ya sé que los padres tienen que morir para recordarnos que no somos inmortales. Pero cuando mueren, heredamos su muerte. De golpe la muerte está ahí, y no es el miedo a morir, sino el frío que dejan detrás, la tiritona, el estómago revuelto, tanto da si es verano como si es invierno.
Los hijos son un poco nosotros mismos, y los padres también. Somos lo que fuimos, incluso antes de nacer; y también lo que seremos, después de muertos. Perpetuados en la genética, en una historia colectiva, en un cuerpo colectivo que se desescama escupiendo cadáveres, uñas y miembros cercenados para regenerarse. No somos más que un préstamo a plazo corto.
Mi padre está en mí. Supongo que sí. Al menos tengo sus genes, su ADN, el calor de la mano, sus traumas, su aversión al deporte, sus gestos. Y de mí pasarán a Elías, con algunas alteraciones. Pero ahora también tengo su muerte, su corazón congelado, su alzheimer, sus ojos ciegos y sus escaras taladrándome la espalda. Yo soy ahora mi padre, corre la lista, un proyecto de cadáver, una promesa de extinción, de ceniza y olvido.
Hubo un tiempo necesario en que mis padres eran dios. Un dios bicéfalo indestructible, capaces de protegerme más allá del sueño y de la noche. Cuando mueren los padres muere dios, muere el paraguas protector, muere la eternidad y la invulnerabilidad. Dios ha muerto dos veces en noviembre: se llamaban Aurora y Alfredo. Me gustaría poder decir con Groucho Marx la frase “Dios ha muerto, Carlos Marx también ha muerto, y yo mismo no ando muy bien de salud”, pero tampoco ando bien de humor a estas horas.
Mientras escribía “El viaje de Lidia” no podía imaginar que estaba escribiendo mi propio viaje: quemando la casa a orillas del río Ambroz, buscando a mi madre ausente, y asistiendo a la muerte de mi padre. De algunas cosas sí que era consciente: mi hermano Gonzalo murió hace tiempo, y aún le echo de menos. Ringo ya no está conmigo.
Bea me observa, preocupada, y me pregunta si me voy a morir. Aún no, le digo. Tenemos tiempo. Calculo que unos treinta y tantos años. Hace apenas diez días mi hermano Coke escribió con caligrafía hermosa los nombres de mis padres en el cemento que sella su tumba, y todos sus hijos apretamos la huella de nuestro pulgar en el cemento fresco. Diez huellas huérfanas en un espejo que ya no nos refleja. También nosotros, y nuestras huellas, estamos enterrados en Santander, muy cerca de la tumba de Gonzalo. Salimos del cementerio con dos cadáveres a cuestas, inyectados por debajo de la piel, en lo más profundo del hueso. Hacía frío. Pocos días después se desató el vendaval de lluvia y nieve por toda la península, pero nosotros ya lo teníamos dentro, como una garrapata congelada, una costra de hielo por debajo del abrigo.
Siento la amputación de un cuerpo que no es el mío, pero sé que volveré a sentir calor dentro de unos meses, cuando me acostumbre a estar un poco muerto, y a caminar con la espalda vencida por el peso de los cadáveres, el tiempo y los espejos.
