Mostrando entradas con la etiqueta derechos de autor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta derechos de autor. Mostrar todas las entradas

martes, 6 de abril de 2010

Mamá, ven, diles algo

Me dice Bea que deje de hacer el bobo y me ponga a escribir. Me lo dice en tono amenazante, como el que ponía mi madre cuando me decía: “¡Enrique, ponte a estudiar!” Al menos a eso me suena. O tal vez quiero que me suene a eso, porque mi madre está muerta desde hace año y medio, y es muy probable que la eche de menos sin saberlo. El caso es que Bea me dice que escriba, y yo estoy cabreado. No con ella, ni con mi madre, sino con los derechos de autor, porque resulta que hace unos pocos días recibí dos cartas de las editoriales, y en ellas me hacen el saldo de ventas de libros del año anterior. En realidad, más que un saldo es una catástrofe, porque de golpe las regalías por la venta de mis libros han bajado a la mitad de lo que cobré el año pasado. Exactamente a la mitad. Y no solo eso, sino que son la tercera parte (¡la tercera parte!) de lo que cobré hace dos años, tres, o cuatro años. No puedo decir que sea una ruina, pero de golpe y porrazo me acabo de convertir en el vizconde demediado. Mis libros de texto de la ESO han sido descatalogados, porque un nuevo plan de estudios ha barrido el conocimiento anterior, y ahora las pirámides ya no están en el Cairo, sino en Yakarta, posiblemente. Los libros cada vez duran menos (llevo décadas oyendo esa cantilena), así que los que se hayan comprado la Enciclopedia Británica o la de Espasa Calpe, que empiecen a calentar la chimenea tomo a tomo, porque ya no vale ni un carajo. Ni para decorados de “Amor en tiempos revueltos”, porque ahí siempre los ponen de cartón piedra, y dentro los productores esconden las camisetas de cocaína. Porca miseria.

Pero como Bea lo dice, y yo soy muy bien mandado, o a lo mejor solo es que echo de menos a mi madre, voy y escribo. Todavía me acuerdo de que cada vez que subía a Santander para verla, me decía: “Ay, hijo, a ver cuándo me escribes una novela de verdad, como las de Antonio Gala, tan bonitas, y no esos cuentos para niños que escribes”. Y ahí me dejaba bien jodido, porque a partir de ese momento yo era incapaz de escribir una línea. En el camino de regreso a Madrid iba mascullando todo tipo de blasfemias y jaculatorias, a partes iguales. ¿Una novela de verdad? Manda cojones. Uno puede pasarse la vida escribiendo, pero si no le escribe a su madre una novela de verdad, como las de Antonio Gala, nunca pasa de ser un puto escribano, un oficinista, un sub-escritor, ya ves tú, literatura infantil, para niños, ¿para niños?, ¿y qué sabrán los niños? A esos se les engaña con un caramelo y un palulú, así que escribir para niños es como darle margaritas a los cerdos. No se ha hecho la miel para la boca del asno, hijo mío, crece de una vez, ponte a escribir algo que valga la pena, algo de lo que me vaya a sentir orgullosa, y pueda decirle a mis amigas: Mira, esta novela la ha escrito mi hijo Enrique, para mí, mira, mira, si está dedicada y todo, fíjate lo que pone, “A mi madre, que me dio la vida y me enseñó a hablar, porque sin ella seguiría perdido”, qué cosas tiene, ¿verdad? Es que siempre ha sido un exagerado, desde pequeño, yo siempre le tenía que regañar: “Enrique, te he dicho diez millones de veces que no seas exagerado”, y él se reía, yo qué sé de qué, y no me hacía ni caso.

Pues sí, la culpa de que escriba es de mi madre. Y la culpa de que no escriba también es de mi madre, así que no sé si llamar otra vez al doctor Blanco para reanudar el psicoanálisis que dejamos aparcado hace ocho años. Pero con lo que ahora me pagan de derechos de autor, ni de coña puedo acudir a las sesiones del doctor Blanco. Tampoco puedo subir a Santander a protestarle a mi madre, porque está muerta, la cabrona. Podría ir disfrazado a la parroquia y confesar mis pecados al confesor, a ver qué me dice, que seguro que me sale más barato. Pero le tengo miedo, que igual me mete mano pensando que soy un adolescente que ha discutido con su madre. Vaya mierda. Podría acudir al departamento de mecánica de fluidos en astrofísica, para que me pongan la cabeza como un bombo, pero luego tendré resaca.

Así que agacho la cabeza, le saco la lengua a Bea cuando no me está mirando, y me pongo a escribir, para ver si así mi madre se aparece levitando por detrás de las cortinas, como en Lourdes, justo en el momento en el que se pone el sol y hay reflejos que ciegan la vista por unos instantes, y me dice que lo estoy haciendo muy bien, que está muy orgullosa de mí, que yo soy el preferido de todos sus hijos, porque los demás son unos vándalos, sobre todo Nacho, y que como premio me va a poner no una, sino dos onzas de chocolate incrustadas en el bocadillo de la merienda. Hala, joderos, que mamá me quiere a mí más que a todos vosotros, patanes, capullos, lerdos, mongoloides.

Pero creo que no va a ser así. Lástima, porque ya empezaba a creérmelo.

¡Mamá, ven, por favor, que se están metiendo conmigo, diles que me dejen en paz!

viernes, 15 de febrero de 2008

Medio millón de libros

Recibo una carta de mis editores de S.M., y en ella me dicen que acaban de enviar a la imprenta la cuarta edición de mi libro "Escribir. Manual de técnicas narrativas". Con la edición del Círculo de Lectores, ya suman más de 18.000 ejemplares, que para un libro de ensayo sobre la escritura de ficción, es un buen montón de libros.
Claro, todo es relativo, porque si lo comparo conmigo mismo, con las novelas juveniles que tengo publicadas en las colecciones Alta Mar y El barco de vapor, de Bruño y SM (Abdel; Devuélveme el anillo, pelo cepillo; El Club del camaleón; Un secuestro de película; Renata y el mago Pintón), pues resulta que 18.000 ejemplares no son tantos, porque la suma de ejemplares editados de mis cinco novelas juveniles sobrepasan el medio millón de libros, aparte de las traducciones. Alguna vez he tratado de imaginar a todos los lectores juntos, y acojona. Y si están cabreados, ya ni te cuento. Eso son muchos libros, aquí y en la China de Mao. Es la suma de todas las ediciones de los últimos 16 años, es verdad, pero con eso sí se puede vivir de los derechos de autor, qué duda cabe. ¿Por qué te piensas, si no, que puedo vivir aquí, en el campo, dedicado a escribir? Pues sí, por eso.
Pero me llaman más la atención los 18.000 libros de "Escribir", porque en los años que he estado dando clases en el Taller de Escritura, sumando todos mis alumnos y alumnas, y los alumnos de mis alumnos, no creo que lleguen a 3.000. Es verdad que todos vivían en Madrid (bueno, casi todos, porque hay medio centenar Online, y otros que arriesgaban una vez a la semana su cuerpo en la carretera para acudir a las clases desde Valladolid, Bilbao, Ciudad Real o Cuenca). Quedan por lo tanto, y de eso me alegro más que nadie, unos cuantos miles que escriben por su cuenta, francotiradores anarquistas, que buscan asesoría en los anaqueles de las librerías, leyendo mi libro "Escribir", o "La práctica del relato" de mi amigo Ángel Zapata, o "El arte de la ficción" de John Gardner, o "El gozo de escribir" de Natalie Goldberg, o tantos otros. Eso está muy bien. Es cierto que yo he aconsejado a dos o tres mil, directamente, semana tras semana, y conservo de todos ellos su amistad y sus dedicatorias como el mayor tesoro de mi biblioteca, pero saber que hay 15.000 más, y muchos más, que aprenden día a día directamente de Poe, de Chéjov, de Henry James, de Cortázar, de Rilke, de Vargas Llosa, de Carver, de Stevenson y de Monterroso, me reconcilia una vez más con todos los autodidactas.
No hay caminos cerrados: solo se necesita tener ganas de explorarlos.

jueves, 24 de enero de 2008

Por amor al hambre

Acabo de terminar de leer La carretera, de Cormac McCarthy, premio Pulitzer 2007, la novela siguiente a No es un país para viejos (ver la película de Javier Bardem y los hermanos Coen). La carretera es una desolación permanente, un apocalipsis al mediodía, el ángel exterminador, la respuesta de Hiroshima 60 años más tarde, el éxtasis de la muerte. A veces me recordaba a La lluvia amarilla de Julio Llamazares, pero a nivel continental. Una enormidad. Una belleza inhumana. Todavía la boca me sabe a ceniza, y tengo que mirar hacia atrás por si aparecen los caníbales. “Soñó que despertaba en un bosque florido con pájaros volando frente a él y el niño, y el cielo era de un azul dolorido, pero él ya estaba aprendiendo a despertarse de esos mundos de sirena. Tumbado en la oscuridad con un leve y extraño sabor a melocotón de un huerto fantasma en la boca. Pensó que si vivía lo suficiente, el mundo se perdería por fin del todo. Como el agonizante mundo que habitaban los ciegos nuevos, todo él disolviéndose lentamente en la memoria.” Páginas 19-20.
Al final de la novela, después de doscientas páginas de frío, aguas negras, hambre, cenizas, desolación y tierras baldías, afirma: “Una vez hubo truchas en los arroyos de la montaña. Podías verlas en la corriente ambarina allí donde los bordes blancos de sus aletas se agitaban suavemente en el agua. Olían a musgo en las manos. Se retorcían, bruñidas y musculosas. En sus lomos había dibujos vermiformes que eran mapas del mundo en su devenir. Mapas y laberintos. De una cosa que no tenía vuelta atrás. Ni posibilidad de arreglo. En las profundas cañadas donde vivían todo era más viejo que el hombre y murmuraba misterio”. Lo dicho: una escritura impecable.

Hablando de libros y autores, Mila me dice que si estoy tonto o qué, porque anda que no me habrá hablado veces Joseli, José Luis Suárez, el hermano de la actriz Emma Suárez, del colegio concertado donde daba clases en Madrid, dirigido por Víctor Chamorro, y donde daba clase también Teresa, la mujer de Víctor. Será verdad. Al final cerraron el centro, o lo traspasaron, no lo sé, y Víctor y Teresa regresaron a Extremadura con el dinero del Premio Gijón de Novela en el bolsillo, y abrieron una casa rural para asegurarse la jubilación. Porque esa es otra: los escritores no tenemos jubilación, porque no estamos contratados por ninguna empresa que pague la Seguridad Social. Ni siquiera a ratitos, como a los actores. Las editoriales nos pagan el 10 por ciento (en el mejor de los casos), y eso si se vende el libro. Dos años trabajando en un libro, por término medio, y siempre y cuando no te ataque la gripe del bloqueo literario, para al final, si te lo compra una editorial, se publican mil o dos mil ejemplares (esa es la tirada media, no la del Premio Planeta, que es un libro entre los 75.000 que se publican cada año en España), y si se venden mil ejemplares, quedará para el autor mil o mil quinientos euros limpios, a los que tendrá que descontar el 18 por ciento de IRPF, y 220 euros al mes de Seguridad Social, que al final se la tiene que pagar el autor de su bolsillo si quiere ir al médico, o si quiere curarle un catarro a su hijo. A mí, la verdad, no me salen las cuentas. Ni a casi nadie. Y ya vale con lo del Premio Planeta, porque ese premio pactado de antemano, solo se lo dan al que ya no lo necesita, porque hace tiempo que vende libros como churros. Llueve sobre mojado.

¿Y qué hacemos entonces los escritores? Pues la mayoría de nosotros, otras cosas, además de escribir. Algunos pocos, muy pocos, poquísimos, pueden vivir de los derechos de autor, pero para eso tienen que vender no mil, sino más de diez mil libros al año. Todos los años. Y eso es muy raro. La mayoría tiene otro oficio que le deja insatisfecho: dar clases, colaborar en varios periódicos (uno solo no es bastante), vender alpargatas, redactar informes, conducir taxis, servir cubatas, repartir cartas, y un sinfín de oficios más. Cualquier trabajo que permita tener un par de horas libres al día para seguir escribiendo, es válido, al menos hasta que llegue el glorioso día en que gracias a la virtud de la prosa y la fidelidad de los lectores, el autor pueda ganar lo suficiente como para vivir del cuento, o de la novela, o del poema.
Y para colmo, algunos desalmados disfrutan tanto de la lectura, les provoca tanto placer, que aplican la propiedad transitiva, y nos exigen que escribamos sin cobrar, por amor al arte. Será por amor al hambre. Eso es como pedirle a las putas que tampoco cobren, porque sus clientes disfrutan mucho. Tócate los huevos. Mañana me compro un loro para que recite en tu ventana algunas jaculatorias chorras de Paulo Coello, y que te multe la SGAE por no pagar derechos.