jueves, 24 de septiembre de 2009

Cuentacuentos sin fronteras en Tenerife

(Noticia publicada en www.LoquePasaenTenerife.com)

Cuentacuentos sin fronteras en Tenerife

Los escritores Beatriz Montero y Enrique Páez gestionan desde la isla una red internacional de narradores orales. En un mes se han inscrito en su web 300 cuentistas. Uno de sus planes es montar un festival en Santa Cruz.

Enrique Páez
y Beatriz Montero decidieron hace tiempo dejar su residencia en Madrid para instalarse en Tenerife. Después de un concienzudo análisis de varios lugares en los que establecerse, entre ellos Costa Rica o Tailandia, se decantaron por Canarias. En sus maletas trajeron también su gran pasión, la literatura. Ambos son escritores y ella, además, narradora oral. Ahora, desde esta isla, coordinan junto a otras diez personas de otros tantos países una red internacional de cuentacuentos.

La iniciativa, lanzada hace un mes, se sostiene con una web y un blog de blogs que agrupa las bitácoras de muchos de los intérpretes. En este tiempo se han dado de alta más de 300, aunque los administradores del sitio ya contaban con una base de datos que superaba los 1.000 contactos. Gracias a su experiencia también aportaron al proyecto varios acuerdos con organizaciones relacionadas con la enseñanza y el uso de la lengua.

En la web se pueden dar de alta dos perfiles de usuario: narradores y organizadores de eventos. El objetivo es tender lazos entre los cuentacuentos de todo el mundo (hasta ahora más del 90% procede de España y Latinoamérica), ayudarlos a difundir su trabajo y colaborar en la organización de reuniones y talleres. "Queremos interconectar, promover la animación a la lectura e impulsar la oralidad, que hoy en día está deteriorada", comentó Enrique durante la charla con este digital, de la que arriba tienes un resumen en vídeo.

¿Qué hace un cuentacuentos? Básicamente, narra, utilizando la voz y el lenguaje corporal, relatos procedentes de la cultura popular (transmitidos de boca en boca) o la literatura. Los textos se reinterpretan evitando la cita literal: a diferencia de un actor de teatro o monologuista al uso, el cuentacuentos no memoriza sino que improvisa. Beatriz Montero lo explica con un símil: "Yo lo comparo siempre a cuando recuerdas un viaje que has hecho. Es una historia que, como la has vivido, puedes relatar muchas veces y cada vez es distinta, incorporas una cosa nueva, exageras otra".

¿Qué aporta la narración oral? Enrique Páez destacó, entre otros beneficios, que nos hace más creativos, nos estimula a leer y escribir y nos ayuda a expresarnos mejor en público. "Debería ser una materia obligatoria en los cursos de formación del profesorado", opinó. Asimismo, una de sus ventajas es que puede servir para eliminar barreras culturales y potenciar la integración de los inmigrantes. Ellos dos han tenido ocasión de disfrutar de un mismo relato en la voz de personas de distintos países. "Te sirve para percibir que es algo universal", señaló Beatriz.

¿Hay actividad en Tenerife? La narración oral goza de buena salud en la isla gracias a la organización de festivales como los de El Sauzal y Los Silos y programas esporádicos o regulares en La Laguna y la Casa de la Cultura de Santa Cruz. Beatriz y Enrique consideran que, en proporción, hay más actividad de este tipo en Canarias que en la península.

La red internacional de cuentacuentos ha tenido una acogida que sus promotores no esperaban, hasta el punto de que confiesan estar "un poquito desbordados". Su grupo en Facebook tiene más de 350 seguidores y su perfil de esa misma red social cuenta con más de 1.000 amigos, entre ellos 10 institutos Cervantes. Ahora, su objetivo es dar el salto desde internet y organizar un "gran festival" en Santa Cruz Tenerife. Por lo pronto, el 19 de noviembre la iniciativa será presentada en una de las tiendas Fnac y en una biblioteca municipal de Madrid por sus coordinadores en Canarias, México y Cuba.

(----fin de la noticia---)

lunes, 21 de septiembre de 2009

Cuento, novela, epidermis, útero y espacio

Hay un espacio irreal sobre el que se escribe, descrito en el cuerpo textual de la misma escritura, y un espacio real físico y tangible desde el que se escribe. En este breve apunte trataré justamente de la inversión de factores que aquí es evidente, pues lo irreal imaginado se convierte en real y objeto de estudio, mientras lo real pasa de tener la menor importancia (durante la producción, en el tiempo en el que yo escribo, en el espacio concreto que me rodea mientras escribo, espacio que no está reflejado de modo directo en este escrito, y que de modo indirecto y subconsciente apenas aparecerá en las erratas, asociaciones y lapsus linguae que ni el propio autor sería capaz de descifrar), y que llegará a su término con el olvido temprano de la memoria de ese espacio y su completa desaparición, cuando el producto está acabado y en manos de otros.

Pero nos interesa aquí y ahora hacer una pequeña reflexión de la analogía entre el cuerpo físico del autor, genérico-abstracto y personal-concreto al mismo tiempo, y el género de la escritura durante el proceso de la escritura, del acto de escribir. Se ha señalado innumerables veces, y nuestra opinión es coincidente en ese punto, a pesar de que Poe sostenga lo contrario en su autoanálisis de la escritura de El cuervo, que la escritura del cuento es más externa, epidérmica, centrípeta, divergente, exacta, milimetrada, medida, concentrada, microscópica y cerebral que la de la novela, a la cual correspondería una escritura más interna, visceral, centrífuga, interiorizante, convergente, egotista e intestinal. Eso es lo que al menos la mayoría de los autores (no de los críticos) han manifestado con respecto a su propia escritura. José Luis Sampedro, por ejemplo, asegura que el trabajo de un escritor (él habla de novelistas, su especialidad) se asemeja al de un minero, que cada mañana debe descender a la mina, garganta adentro a través de su propio cuerpo, para buscar entre los intestinos los materiales y las piedras que serán necesarias para la construcción de su historia. Aunque la historia que vaya a escribir trate de sirenas. La escritura, según él, nace de allí, del submundo de las entrañas. Y termina afirmando que no en vano, al escribir con las entrañas, estamos elaborando productos entrañables, que la escritura es lo más entrañable que tiene el hombre. Así se escriben las novelas, con más intestino que cerebro, aunque Flaubert y Vargas Llosa a veces parezca, sólo lo parece, que digan lo contrario (vease La orgía perpetua, de Vargas Llosa).

También con la lectura, dando un salto al lector y a la pragmática, pasa lo mismo: un cuento, habitualmente, es admirado desde afuera, como construcción. Nos admiramos de su equilibrio, de la cabriola sorprendente que el autor nos ofrece, como un buen chiste, como una ocurrencia, un destello, un relámpago que nos ilumina brevemente; en cambio en la novela existe una fusión con el autor y los personajes, se lee desde dentro, olvidados ya de que estamos ante un producto literario, confundidos y convencidos de que aquello es un fragmento de vida, y no ya de la vida del autor o de los personajes, sino de nosotros mismos, los lectores, que en un último proceso de identificación y empatía, vivimos, sufrimos y gozamos de y con las peripecias de sus personajes. Y si así no sucediera, entonces existirá un doble fracaso: del autor como demiurgo, que ha sido incapaz de secuestrarnos de nuestra realidad para trasladarnos a la suya, y de nosotros como lectores, que hemos sido incapaces de despegarnos de nuestra piel y vestirnos con la piel de otro.

Así pues, el proceso de escritura de un cuento, según Cortázar (seguidor y traductor de Poe), tal y como explica en su ensayo “El cuento breve y sus alrededores”, es un acto de catarsis y extrañación:

“Un verso admirable de Pablo Neruda: Mis criaturas nacen de un largo rechazo, me parece la mejor definición de un proceso en el que escribir es de alguna manera exorcizar, rechazar criaturas invasoras proyectándolas a una condición que paradójicamente les da existencia universal a la vez que las sitúa en el otro extremo del puente, donde ya no está el narrador que ha soltado la burbuja de su pipa de yeso. Quizá sea exagerado afirmar que todo cuento breve plenamente logrado, y en especial los cuentos fantásticos, son productos neuróticos, pesadillas o alucinaciones neutralizadas mediante la objetivación y el traslado a un medio exterior al terreno neurótico; de todas maneras, en cualquier cuento breve memorable se percibe esa polarización, como si el autor hubiera querido desprenderse lo antes posible y de la manera más absoluta de su criatura, exorcizándola en la única forma en que le era dado hacerlo: escribiéndola.”


En un cuento no debe faltar ni sobrar nada. Es una obra de encaje de bolillos, de relojería milimétrica, de prestidigitación, como la del mago que saca un conejo del sombrero. La pluma del escritor de cuentos es un bisturí que abre el cuerpo del lenguaje, lo sangra y lo recompone con asepsia, precisión y mascarillas. En un cuento cuenta (importa) cada palabra, cada frase, y sobre todo lo que no se cuenta, lo que queda elidido, pero que existe, y que solo se recompone y prolonga en la lectura y participación del lector, que juega con el escritor a un juego no declarado ni previsto, pero siempre presente, de adivinanzas y tinieblas.

En la novela, por contra, se permiten hilachos sobrantes en forma de digresiones más o menos oportunas, historias secundarias, frases poco afortunadas y exceso de adjetivos o adverbios. No importa ahí la exactitud, porque una novela no es una báscula de precisión, sino la construcción de una historia que está más allá de cada frase, la modificación y crecimiento de un personaje, la construcción o destrucción de un espacio narrativo. Si en un cuento hay un mar que palpita con la fuerza de las frases como olas , en una novela son los párrafos como mareas los que construyen la historia. Hay grandes novelistas de frases torpes y cacofónicas que sin embargo construyen universos vivos y asombrosos; como hay cuentistas magníficos, velocistas de 100 metros lisos, que se pierden en el exceso de vida salvaje de la novela maratoniana.

El cuento, en su contemporaneidad, no puede sino ser un animal ciudadano, cortés, educado, minimalista, premeditado y controlado; mientras que la novela, antigua y atávica como la épica, es una animal salvaje, indomable, imprevisible, desbordante, excesivo y descontrolado. El salto de la novela al cuento es el mismo salto del campo a la ciudad, del XIX al XX, del aire libre al ambiente cerrado. No recuerdo que se haya hecho ningún estudio acerca de la diferencia de espacios entre el cuento y la novela, pero estoy casi seguro de que los personajes del cuento habitan, normalmente, en lugares cerrados, bajo techo, íntimos y familiares, conocidos y rutinarios, casi femeninos (en las cualidades esenciales de lo femenino-interior), mientras que los de la novela serán con más frecuencia espacios abiertos, sin paredes ni vallas (o en lucha contra ellas), sociales, ajenos, desconocidos y selváticos, casi masculinos, en ese mismo sentido tópico de lo esencial masculino-exterior.

No me cabe duda de que la anterior aseveración puede ser considerada por alguien como políticamente incorrecta, y que no será del gusto de las corrientes de igualitarismo sexual, que pretenden disfrazar hasta el lenguaje con vestidos unisex, pero no está demostrado que esa corriente de la political correctness sea la que más se acerca a la verdad o al rigor científico, histórico, hermenéutico o humanístico.

Pero se podría ir algo más allá, en el paralelismo y la posible sexualidad del espacio. Desde luego, hay un espacio interior en la mujer que no puede ser obviado: el espacio intrauterino, en donde se gesta el mayor prodigio de la naturaleza, la auténtica creación en sí misma, la obra que tiene vida per se, y no de modo metafórico, analógico ni alegórico, sino genético y biológico puro y duro. Si el milagro de la creación, tal cual, sucede, se manifiesta, crece y explosiona dentro del cuerpo de la mujer (un espacio interior, protegido y protector, amable y amado, añorado hasta la muerte), no es del todo descabellado pensar que el varón, el hombre observador y hacedor, pero incompleto y torpe comparado con la destreza de la mujer que fabrica no utensilios o reflejos de la vida, sino la vida en sí misma, reproductora, multiplicadora y perpetuadora de la propia especie, ponga más ahínco o interés en sublimar su ausencia de gestación en gestaciones paralelas, pálidos espejos de la vida auténtica que nace y crece dentro del vientre de la hembra. Y a este respecto, es el propio Anzieu Didier en El cuerpo de la obra (pág. 92-93) quien recuerda y cita a E. Jones, “De la nature du génie” (1956):

“Tan sólo el término de ‘inspiración' evoca un acto de absorción física. Los poetas hablan a menudo de la gestación de sus sueños, y las palabras ‘concebir' y ‘procrear' se aplican igualmente a actividades corporales. Un escritor puede decir que está pariendo una idea o que está de dolores de parto al hablar de su estado intelectual. Además hay que subrayar que a veces sucede --y este era el caso de Freud-- que la gestación del pensamiento que precedía a la iluminación estuviera acompañado por el tipo de malestar que recuerda los dolores del parto. El hecho de que las mujeres dispongan de medios más directos para expresar este instinto explicaría, entonces, el hecho innegable de que el pensamiento creador más importante sea casi una prerrogativa del sexo masculino. Es el equivalente --el único al que puede aspirar-- del don de creación, de parto corporal concedido a la mujer .”

Desgraciadamente, no son buenos tiempos estos en los que vivimos ahora para hacer afirmaciones como las precedentes, porque parece que contradicen los estudios de género, siempre necesarios, que se realizan sobre la diferencia entre masculino y femenino a lo largo de la historia. Y no queremos nosotros aquí y ahora levantar la polémica, sino añadir, para lo que pudiera servir y para quien le pueda interesar, un rasgo más con respecto a la creación que no suele estar presente en dichos estudios de género, más interesados en hacer justicia y desenmascarar las presiones machistas históricas y auténticas del lenguaje y la sociedad que en otras explicaciones que, insistimos, no son alternativas sino complementarias.

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Post Scriptum: Terminado este artículo, me pregunta Ruth, una ciberamiga bloguera y profesora en el País Vasco, si de él se puede deducir que las mujeres por el hecho de parir ya no tienen derecho ni talento para escribir. La observación me pareció tan alarmante que no me queda más remedio que declarar aquí que ni en mil años y cien reencarnaciones estaría yo diciendo eso. Para nada. No porque no me atreviera a decirlo si lo pensara, sino porque no lo pienso. Lo que aporto aquí, al final del texto, y tal vez no me haya expresado bien, es un apunte genético que pudiera explicar en parte, solo en una pequeña parte, el fervor de los hombres (género masculino) por tratar de dominar y manipular no solo la guerra y la economía, sino también la historia de las artes. Decir que las mujeres no pueden o no tienen capacidad para realizar tareas artísticas es un insulto. La frase, desafortunada por su pretendida totalización que afirma "el hecho innegable de que el pensamiento creador más importante sea casi una prerrogativa del sexo masculino" no es mía, sino de Didier, y ahí diferimos Didier y yo, porque él no tiene en cuenta un elemento fundamental, y es que la historia y la cultura han sido secuestradas, reescritas y manipuladas en exclusiva por el género masculino desde sus inicios hasta la fecha.

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Foto capturada con Google. Si es tuya dímelo y te cito o la borro.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Un muerto cada tres segundos

Este es un texto falso que sustituye al que había antes, para evitar su copia.
Percuntia tempora fati conqueror, in uentos inpendo uota fretumque; ne retine dubium cupientis ire per acquor; si bene nota mihi est, ad Caesaris arma iuuentus naufragio uenisse uolet. lam uoce doloris utendum est: non ex acquo diuisimus orbem; Epirum Caesarque tenet totusque senatus, Ausoniam tu solus habes». His terque quaterque uocibus excitum postquam cessare uidebat, dum se desse deis ac non sibi numina credit, sponte per incautas audet temptare latebras quod iussi timucre fretum, temeraria prono expertus cessisse deo, fluctusque ucrendos classibus exigua sperat superare carina.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Red Internacional de Cuentacuentos




En Caracas cantaban "No estaba muerto, que estaba de parranda".
Eso estaríais pensando que me pasaba a mí, después de tan larga ausencia.

Pues tampoco es verdad, porque yo ni estaba muerto, ni estaba de parranda, sino montando la web www.cuentacuentos.eu de la Red Internacional de Cuentacuentos. Un jaleo que no veas.
En la coordinación estamos:
Tenemos localizados a más de 1000 cuentacuentos (básicamente de habla hispana) en cerca de 40 países de los cinco continentes, y muchos ya están empezando a conectarse y conocerse a través de nuestra web cuentacuentos.eu

O sea, un trabajo del carajo. Pero está quedando chula pichula (la página, digo), con bibliografías exhaustivas, centenares de relatos, enlaces a casi todo, links a festivales de cuentacuentos, teórica de la narración y páginas personales de narradores orales.
También hemos montado un blog de blogs de cuentacuentos. Se llama redinternacionaldecuentacuentos.blogspot.com , y en él se despliegan varias decenas de blogs de narradores de todo el mundo.

Ni muerto ni de parranda.

Y yo que vivía tan tranquilo en Tenerife mirando al mar, contando olas y vigilando la isla de la Palma, a lo lejos, para que no se la lleven.

Pues eso, que si estás interesado/a en la narración oral y los cuentacuentos, que nos hagas una visita. Y si eres del oficio, que te apuntes. Sale gratis.

Un abrazo, que vuelvo a mis scripts de la web.

jueves, 20 de agosto de 2009

En casa siempre es mucho mejor

—Oye, Luci, si quieres te espero a que termines y te invito a tomar algo, que acabo de cobrar —dijo Adrián recogiendo del mostrador el sobre de la paga semanal sin separar los ojos del escote de la secretaria.

Luci lo miró y arrugó la nariz, como si de repente le hubiese llegado un insoportable olor a podrido. Esa era su respuesta. Adrián le daba asco, apestaba a vino rancio, era el tipo más sucio del almacén, el más vago y el más desagradable. No sabía por qué aún no lo habían despedido.

—Vamos a dejarlo para otro año, ¿vale? Para dentro de mil o dos mil años, si te parece. Si no tienes otra cosa que hacer, ya puedes ir saliendo.

La chica le dio la espalda para ver si así se daba por enterado.

—Yo ya estoy salido. Joder, nena, que no me entere yo que ese culito pasa hambre.

Luci se dio la vuelta como si la hubiese picado un alacrán en la espalda. Ese cabrón se había pasado tres pueblos. En un rápido vistazo se dio cuenta de que estaban solos, aunque el resto de sus compañeros no podían andar muy lejos. Adrián seguía allí, abierto de piernas con el mono azul sucio de grasa, mostrando unos dientes amarillos que pretendían ser una sonrisa. Con la mano derecha se apretaba el paquete hinchado por encima del mono.

—Mira que eres cerdo. No te puedes hacer idea del asco que me das —dijo Luci tratando de no gritar—. Esta vez voy a dar parte a dirección.

Adrián, sin dejar de mirar el escote de Luci, carraspeó y estuvo a punto de escupir al suelo. Antes de hacerlo se dio cuenta de que estaba en la oficina, y no en el almacén, así que apretó las mejillas y se tragó el gargajo.

—No te hagas la ofendida, Luci, que se nota cómo te gustan las pollas. Yo solo quiero que pruebes la mía, que seguro que te va a gustar más que la de esos mariconcetes de la oficina. ¿Qué me dices? Bueno, luego me contestas, que ahora tengo curro.

Adrián ladeó la cabeza, dándose la razón a sí mismo, y salió de la oficina rechinando las muelas. Ya estaba harto de hacerse pajas pensando en la guarra de Luci. Estaba seguro de que era una de esas estrechas que luego gritan de gusto cuando le metes un pepino como dios manda. ¿A qué venían si no esos escotes y esas minifaldas? La tía buscaba guerra, y él tenía guerra entre las piernas para ella y para su amiga Juana. Vaya par de zorras.

Aún faltaban dos horas para terminar la jornada. Joder, qué viernes tan largo. Si Luci no decía nada, es que le gustaba el juego. Las mujeres cuando dicen que no, es porque quieren que insistas. Todas son iguales. Incluso su mujer y su hija. Otras dos putas de campeonato. Si su mujer no follaba era porque era fea y gorda, y daba asco. ¿Quién iba a querer follar con esa foca? Aunque para hacer mamadas seguro que todavía servía. A él no, pero los demás, en el mercado, y en las tiendas… Estaba convencido de que estaba gorda de tanto tragar pollas. Menuda guarra. De vez en cuando tenía que darle un par de hostias para que no le perdiera el respeto, porque las tías son así, lo llevan en la sangre las jodidas, en cuanto te das la vuelta se bajan las bragas. Él le había quitado las bragas a más de dos docenas de putas en los últimos años, y todas le decían lo mismo: "Paga por adelantado, cariño, que después de correrte ya no hay quien cobre." Su mujer seguro que lo hacía gratis. Pues mira, hoy se iba a llevar la hostia que le tenía que haber dado a la Luci.

—Adrián, cojones, ¿quieres mover esas cajas de una puta vez? Es el único trabajo que tenías que hacer desde el mediodía. No sé para qué coño vienes al almacén. Para tocarte los huevos quédate en casa, cabrón —le dijo Juan Luis, el encargado.

Otro chupapollas. Ese estaba cabreado porque su mujer era la más puta del barrio. Le venía a buscar cada tarde y bajaba del coche enseñándoles a todos el coño. Nunca lo pudo ver bien, pero seguro que tenía el chocho peludo.

Aunque para puta, puta, su hija Soraya. A la madre tenía que salir. Con trece años se ponía unas minifaldas que ni las negras de la Casa de Campo se atrevían a ponerse. Incluso tenía un cajón lleno de tangas minúsculos que olían a perfume. Seguro que se los ponía para que los chicos del instituto le comieran el coño. Alguna vez había tenido que meterle una hostia para que se enderezara, pero ya lo dice el refrán: Puta la madre, puta la hija, puta la manta que las cobija.

Una hora antes de sonar el timbre de salida, Adrián vio llegar al gerente Menéndez acompañado de Julián, el segurata. ¿A qué cojones venían esos? Vaya par de julandrones. Menéndez tenía mala cara. La de siempre, vaya. Venían a buscarle.

—Adrián, aquí tienes tu carta de despido. Ahora recoges todas tus cosas y no vuelves por aquí en tu vida. La semana que viene te llamará el contable para ingresarte el finiquito.

—No puedes despedirme. Tengo contrato fijo —dijo Adrián no seguro del todo.

—Tú te vas al puto paro a partir de hoy. Y no me toques las pelotas o declaramos despido procedente y te ponemos una demanda por acoso. Luci nos lo contado todo. Mira que eres gilipollas.

¡Será hija de puta! Esa se merecía no una polla, sino un bate de béisbol en la cabeza.

—¿No me has oído? Lárgate —insistió Menéndez. Luego se giró hacia el segurata del almacén—: Julián, acompáñale a la salida y asegúrate de que lo perdemos de vista.

—Qué hijos de puta —dijo Adrián empujado por Julián—. Tenía que haberos puesto un petardo en el almacén.

Se fue al bar de Quino, y empezó a beber con más intensidad que otros viernes. Pandilla de cabrones. Quino le servía los cubatas, uno tras otro. Sabía que era viernes, y que Adrián llevaba pasta encima.

—Me importa un huevo ese trabajo de mierda. Que se lo metan por el culo. Mi mujer y mi hija son las que tendrían que trabajar, que son unas vagas de cojones. No sé para qué las mantengo.

Esa noche también se pasó por el polígono en busca de alguna puta, pero llevaba demasiado alcohol encima como para que se le empinara. A la segunda, una rumana que no hablaba una palabra de español, le dio una bofetada, para ver si así se arrancaba a hablar, y en seguida apareció su chulo con una navaja en la mano. Tuvo que pagarle el servicio que no había hecho, y un extra por la hostia.

Volvió a casa mucho más cabreado y más borracho que de costumbre. Abrió la puerta tambaleándose. Su mujer estaba viendo la tele, como siempre. Y su hija en el cuarto, oyendo música. Dos putas zánganas.

Sin abrir la boca le dio un bofetón a la mujer, que rodó hasta el suelo. Ella se levantó como una gata en celo y se encerró en el baño.

—¡Sal, puta! —gritó dando un puñetazo en la puerta.

La puerta de la habitación de la hija se abrió a su espalda, y se asomó Soraya con un camisón corto.

—¡Déjanos en paz, cabrón! —oyó que le gritaba su hija. Su propia hija.

Se volvió hacia ella, pero la chica volvió a meterse en la habitación y cerró la puerta, tratando de cerrarle el paso.

Una patada reventó la puerta hasta los goznes. La puta de su hija le levantaba la voz, y se vestía de fulana para que los chicos la sobasen a conciencia. Él iba a enseñarle lo que era el sexo con un hombre de verdad, para que aprendiera a respetarse a sí misma a partir de entonces.
Esa vez sí pudo penetrarla.

En casa siempre es mucho mejor que con las putas del polígono. Y más barato.

Fotos capturadas con Google. Si alguna es tuya, dímelo y te cito, o la borro.

lunes, 17 de agosto de 2009

No vale la pena preguntar

Le compró la casa a un subastero, y le costó la mitad de lo que había tasado el banco.
La mitad.
Al principio sintió desconfianza. No es normal que alguien venda por la mitad una casa con mil quinientos metros de terreno, aunque fuera verdad que las ventas estaban detenidas desde que había comenzado la crisis.
—Ya sé que la casa vale más, no se crea que soy tonto —le dijo el subastero—, pero a mí también me costó mucho menos, no voy a perder dinero. Estoy en el negocio desde hace demasiados años, y sé que para ganar hay que comprar y vender rápido, nada de acumular casas año tras año.
—Ya, pero es tan barata —insistió.
—Mire, si le hace ilusión yo le subo el precio, qué quiere que le diga. Además, si he de serle sincero, quiero venderla pronto por mi mujer.
—¿Su mujer?
—Sí. Bueno, será mi mujer el mes que viene. Es brasileña, y como no me dé prisa en regresar a Manaos, igual me la quita un negro. No me fío. Quiero volver cuanto antes. Es una garota por la que cualquiera estaría dispuesto a cruzar el océano en una barca con remos.
Le sorprendió que aquel subastero embrutecido hiciera gala de ese ardor amoroso. Quizá fuera solo sexo, y estaba encoñado. Con las brasileñas todo es posible. Daba igual, el caso es que la casa y el terreno estaban en el lugar adecuado y al precio que por primera vez podía permitirse.
Aún así se asesoró en una agencia inmobiliaria. Y en el Registro de la Propiedad Inmobiliaria. Le dijeron que todo era legal. El notario comprobó que los papeles eran correctos, y estampó la firma en el documento de compra-venta. Él entregó un cheque nominal por ciento veinte mil euros, y a cambio recibió las llaves del portón de la verja de entrada y de la casa.
Su nueva casa.
Estaba hecha una pocilga, pero no hizo falta contratar ni a un albañil ni a un fontanero. Solo limpieza. Se trasladó allí en dos semanas. Su casa, con terreno suficiente para cultivar tomates, lechugas, papas, cebollas, coles, pimientos, calabazas, unos cuantos árboles frutales y una rosaleda. El sueño de toda su vida.
El primer año fue duro: remover la tierra, prepararla, abonarla, sembrar, montar el sistema de riego, aguantar las agujetas en los riñones, y comer mendrugos de tierra cada día. Al segundo año, los primeros frutos, pero escasos. El tercer año mejor. El cuarto año espléndido. A partir del quinto año le sobró más de la mitad de la producción, contrató a un jubilado del pueblo para que se ocupara de la huerta, y él empezó a dedicarse a los rosales. El sexto año fue el mejor.
Pero el séptimo apareció aquel tipo en mitad de la noche. No lo vio llegar, pero acostumbrado al silencio le extrañó escuchar esos golpes repetidos tan cerca de la ventana de su dormitorio. Al levantarse a oscuras y asomar su cabeza por la ventana abierta, supo que no estaba tan cerca como parecía, pero estaba dentro del terreno de la casa, de eso no había duda. Además de los golpes de una pala escarbando la tierra, también estaba la luz: una linterna de carburo que alumbraba de modo fantasmal a un hombre cavando una fosa en el huerto de tomates, cerca del lindero norte.
No era supersticioso, pero por un momento se le pasó por la cabeza la imagen de la muerte preparando su tumba.
Pero no era la muerte. Solo era un hombre cavando en el huerto. Debería llamar a la policía. Un hombre estaba en su jardín escarbando entre las plantas en mitad de la noche. Eso le contaría a la policía, que allí había un tipo desconocido.
Aunque aquel no podía ser un ladrón de tomates, esa era una idea absurda.
Quien quiera que fuese, había llegado hasta allí con una idea muy clara y una determinación fija. Buscaba algo que sabía que estaba allí. No era el azar, no era un fantasma.
Su casa era su casa desde hacía siete años, pero ¿y antes de que fuese suya?
Él se la compró al subastero, y el subastero a la Hacienda pública. Un embargo. La expropiación de bienes a un delincuente. Alguien que había cometido un delito y que ahora regresaba para terminar el trabajo.
A lo mejor lo de llamar a la policía no era buena idea. Tal vez hubiera otras alternativas.
Un antiguo delito, y regreso al lugar de origen. ¿Un asesinato? ¿Y para qué iba el asesino a regresar para desenterrar al muerto? No era un asesinato, no había cadáveres en el jardín.
Un robo, y el ladrón regresaba para recuperar el botín. ¿Siete años después? Claro, después de sufrir la condena. Acababa de salir en libertad.
Esa era la respuesta. No podía ser otra.
Y entonces, ¿qué?
Si llamaba a la policía, detendrían al ladrón, pero también investigarían y el botín acabaría en manos de su dueño anterior, la víctima del robo. Adiós a la pasta, como si lo viera.
Podría hacer ruido y espantarle, pero aquel hombre no se iba a asustar por tan poca cosa. El agujero era ya lo bastante grande como para llamar la atención al dueño del huerto por la mañana, así que aquel hombre no iba a querer regresar otro día a terminar el trabajo. No podría engañarle tan fácilmente.
Podría tratar de llegar a un acuerdo con él. Fifty-fifty. Tal vez. Aunque alguien que ha esperado siete años y ha sufrido siete años de encierro quizá no fuera la persona más dispuesta a dialogar.
Por último, podría sorprenderle, atizarle en la cabeza, y meterle en el hoyo que ya estaba preparado, casi a la medida.
Uf, vaya trago.
También podía no hacer nada. Volver a la cama y hacerse a la idea de que no había visto nada, que sólo había tenido una pesadilla en mitad de la noche. Eso era lo menos arriesgado. Lo más prudente.
Pero estaba harto.
¿Harto de qué?
Harto de no haber sabido nunca agarrar a la vida por los huevos. Harto de que hasta el subastero que le vendió la casa se arriesgara comprando y vendiendo la casa de un delincuente para trasladarse a vivir a Brasil con una garota de infarto. Harto de que la mayor emoción en su vida, a esas alturas, fuera la de ver si prendía el esqueje del rosal que había plantado cerca del naranjo. Harto de no tener mujer, de no tener hijos, de no tener amigos. Harto de no ser nadie, y de no tener apenas nombre, porque nadie lo llamaba nunca.
¿Le debía algo a ese hombre que escarbaba cerca de sus tomateras tratando de recuperar un botín?
No.
¿Debería comportarse bien o mal por algún motivo? ¿Acaso creía en el cielo y en el infierno? ¿Iba a cambiar algo la historia de la humanidad dependiendo de sus actos?
Tampoco.
La duda es una consejera terrible. Un escalofrío le recorrió la espalda. Al final optó por dejar que fuera el azar el que tomara la decisión: “Si sale cara bajo al huerto y lo mato, si sale cruz me echo a dormir y lo dejo en paz.”
Deseó con todas sus fuerzas que saliera cruz.
Pero salió cara.
Han pasado tres años, y ya empieza a olvidar los detalles de aquella noche en la que bajó a oscuras y de puntillas a la planta baja, salió por la puerta trasera, se armó con un azadón pequeño, caminó descalzo y en pijama sin notar las piedras que se le clavaban en los pies, hasta llegar a la espalda de aquel hombre que cavaba en su huerto en mitad de la noche.
Le hundió el azadón en la espalda, a la altura de los hombros, como si quisiera partirlo en dos. El golpe fue tan fulminante que el hombre ni siquiera hizo el menor ruido al caer sobre la tierra. Nunca llegó a verle la cara. Ni siquiera pudo desenterrar el azadón hundido en la espalda de aquel hombre.
Tardó una semana en localizar el botín a menos de diez metros de la tumba del forastero. No se había equivocado. Una bolsa con cinco millones de euros en billetes usados. Nunca supo de dónde procedían, pero con ellos pudo comprar un barco, un nombre, una finca en Paraguay, y una esposa fiel que le dio dos hijos durante los tres primeros años.
¿Cómo se llamaba aquel hombre?
Qué más da. Hay veces que no vale la pena preguntar.

jueves, 13 de agosto de 2009

Amor en Gitmo

Este es un texto falso que sustituye al que había antes, para evitar su copia.
Percuntia tempora fati conqueror, in uentos inpendo uota fretumque; ne retine dubium cupientis ire per acquor; si bene nota mihi est, ad Caesaris arma iuuentus naufragio uenisse uolet. lam uoce doloris utendum est: non ex acquo diuisimus orbem; Epirum Caesarque tenet totusque senatus, Ausoniam tu solus habes». His terque quaterque uocibus excitum postquam cessare uidebat, dum se desse deis ac non sibi numina credit, sponte per incautas audet temptare latebras quod iussi timucre fretum, temeraria prono expertus cessisse deo, fluctusque ucrendos classibus exigua sperat superare carina.

lunes, 10 de agosto de 2009

La dificultad de reencarnarse

Este es un texto falso que sustituye al que había antes, para evitar su copia.
Percuntia tempora fati conqueror, in uentos inpendo uota fretumque; ne retine dubium cupientis ire per acquor; si bene nota mihi est, ad Caesaris arma iuuentus naufragio uenisse uolet. lam uoce doloris utendum est: non ex acquo diuisimus orbem; Epirum Caesarque tenet totusque senatus, Ausoniam tu solus habes». His terque quaterque uocibus excitum postquam cessare uidebat, dum se desse deis ac non sibi numina credit, sponte per incautas audet temptare latebras quod iussi timucre fretum, temeraria prono expertus cessisse deo, fluctusque ucrendos classibus exigua sperat superare carina.

viernes, 7 de agosto de 2009

La máquina Underwood

En el verano de mis diecisiete años me compré una máquina de escribir de la marca Iberia en un mercadillo que Los traperos de Emaús habían organizado en Algorta. Era de carro ancho, para poder escribir tablas numéricas con el folio colocado en horizontal, en lugar de colocarlo del modo habitual, de pie, más alto que ancho. También se serviría para escribir en formatos DIN A-3, que entonces no existían, así que me iba a dar igual.

Me costó cien pesetas. Más que usada, estaba reventada y oxidada. Debió de escribir mil partes de guerra en cuarteles de montaña, dictar veinte sentencias de muerte, cincuenta desahucios, trece mil albaranes de almonedas, y veinte testamentos. Y todo ello antes de que llegaran las máquinas Hermes, porque el teclado ni siquiera era del tipo QWERTY, sino uno inventado por algún ingeniero portugués de asombrosa perspicacia, distinto del universal, ibérico al cien por cien. Un teclado HCESAR, instaurado en un decreto por Oliveira Salazar y luego vendido a Franco para fastidiar a los extranjeros. Como el ancho de vía de los trenes de la Renfe. Que se jodan en Europa: que cambien ellos el ancho de vía, que cambien ellos los teclados. Ni en España ni en Portugal se pone el sol, y si no que se lo pregunten a los emigrantes en los centros gallegos de todo el mundo, nuestros auténticos embajadores.

No pude usar la máquina Iberia, no me podía hacer con el teclado, y Los traperos de Emaús no me devolvieron las cien pesetas. Cago en Dios. Pero a cambio me vendieron otra, una Underwood de teclado QWERTY y carro estrecho por cincuenta pesetas. No pude decir que no.

Tampoco funcionaba: al igual que la Iberia, la Underwood estaba atascada y oxidada. Con un tarro de mayonesa vacía, bajé a la gasolinera y compré 250 cc de gasolina, la capacidad del tarro. La manguera me salpicó por todas partes, y estuve con pestazo a gasolina en los pantalones durante todo el verano. Luego, en casa, le quité el cepillo de dientes a Jaime, que no lo usaba nunca, y empecé a limpiar la Underwood en la pila de la cocina. Salud me echó de casa en cuanto se olió el asunto (o sea, casi en seguida, con esa peste), y tuve que trasladar mi taller de limpieza y reparación a las escalinatas de la iglesia de San Ignacio. Allí nadie me molestó. Estuve casi tres horas petroleando la máquina, y cuando terminé de limpiarla y levanté la vista, no solo tenía una máquina que funcionaba a la perfección, sino que además los parroquianos me habían dejado trece pesetas junto al tarro de mayonesa. Por unos momentos creí que Dios existía, pero se me pasó rápido.

Subí a casa. Después de secar la máquina, le eché aceite tres en uno por los extremos del rodillo, el tabulador, el timbre y los engranajes de las teclas. La palanca para espaciar y cambiar de línea parecía un garfio que había que atenazar con el índice y el pulgar de la izquierda. Cuando pulsaba la palanca de carro libre, un muelle lanzaba el rodillo hasta el extremo derecho y hacía sonar el timbre con un martillazo. La mesa sufría una sacudida, pero la Underwood se quedaba quieta sobre sus cuatro patas metálicas calzadas con zapatones redondos de goma negra.

Escribí con esa máquina hasta finalizar Filología, con algunos trabajos de entre cincuenta y cien folios que aún recuerdo: “Blas de Otero: la matemática del soneto”, “Don Quijote en Walt Whitman y León Felipe”, “La función de los intelectuales durante la Segunda República”, “Apuntes para una crestomatía del árabe literal”, “La poética del espacio en los narradores de la postguerra”, “Los orígenes de los deícticos en el castellano”. Batallas de la época. A fin de cuentas yo me negué a hacer la mili, así que no puedo hablar de otros cuarteles: mientras otros pelaban patatas y jugaban a pegar tiros en Ceuta, yo destripaba endecasílabos y hexámetros dactílicos. Cada cual tiene su batalla y su memoria, y sé que la mía no es más heroica que la de los demás.

Me llevé la Underwood de Bilbao al Chaminade, pero antes escribí con ella todos los poemas de “7x7 antología”, que se publicó en CLA (Comunicación Literaria de Autores), junto a Eduardo Rodrigálvarez, Ramón J. Blázquez, José Luis Morales, Toty de Naverán, Karmele Larrabe y Rafael Martínezl. Dos años después la trasladé a la calle Teruel, en Alvarado, cerca de Cuatro caminos. Franco agonizaba en la dictablanda mientras la platajunta salía a manifestarse cada tarde en la Gran Vía. Mira que nos dieron hostias los grises. De allí a Hospitalet. Después, Aluche, Villaverde, República Dominicana, Malasaña y la movida madrileña.

Ya no la tengo. La perdí en un divorcio, cuando vuelan los periódicos, los libros, los platos, los zapatos, los preservativos, los negativos de las fotos sacadas en vacaciones y las máquinas de escribir.

¿A que no sabes lo que he hecho con tus cosas? El camión de la basura pasa a las nueve y cuarto, tú sabrás si te da tiempo a recogerlas.

No me dio tiempo.

No sé, a lo mejor debería buscarla otra vez en algún almacén de Los traperos de Emaús. Es casi seguro que esté allí. La cabra tira al monte. La reconocería al tacto. Solo tendría que cerrar los ojos y empezar a golpear esas teclas redondas, enmarcadas en un anillo de metal plateado, para saber que esa es mi máquina Underwood, la de toda la vida, la que me enseñó a escribir. Joder, claro que la reconocería. Y ella a mí también: tiene mis huellas dactilares grabadas en cada una de sus teclas. Estoy seguro que empezaría a tocar la campanilla desde lejos, como el perro que mueve el rabo y llama al amo. Estoy aquí, tengo diez novelas atascadas en el rodillo, por favor, libérame, tira el traidor Vaio por la ventana y quédate conmigo. Solo necesito una cinta bicolor, negra por arriba y roja por abajo. Ni te imaginas lo que soy capaz de escribir.

Si alguien la tiene, por favor, que me la devuelva. Seguro que levanta sospechas, porque escribe unos endecasílabos que te cagas.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Oficio de masoquistas (4)

Un escritor escribe mil palabras al día. ¿Todos los escritores hacen eso? No, claro que no. La mayoría escribe mucho menos. Algunos días más, y otros días menos. Yo estoy convencido que los escritores que escriben mil palabras al día, sin descanso, 365.000 palabras al año, es muy raro que sean escritores que no publiquen con frecuencia. Escribir esa cantidad significa una pasión difícil de entender si no es porque está recompensada por una íntima satisfacción personal, que suele ir acompañada por una calidad que aumenta mes a mes, y que tarde o temprano está unida a la publicación. No es necesario que publique todo lo que escribe, porque una novela tiene alrededor de 50.000 a 100.000 palabras, y con ese ritmo de trabajo el escritor podría producir una media de una novela de 180 páginas cada dos meses. Seis novelas al año. En dos años habría escrito las 2.200 páginas de una trilogía inmensa como Millenium. Uf. Vaya esfuerzo. Y conste que hay escritores que lo han hecho, o que lo hacen actualmente. Por ejemplo, Simenon tenía exactamente ese ritmo de trabajo: escribía seis novelas al año. Jordi Sierra y Fabra ha escrito entre los 26 años y los 56 años, treinta años de producción, algo más de trescientos libros, en su mayor parte novelas. Treinta años, trescientos libros. Un año, diez libros: nueve novelas y un ensayo o biografía cada año. Con dos cojones. ¿Cómo hizo Lope de Vega para escribir 1500 obras de teatro? Si escribió durante sesenta años sin descanso, tuvo que escribir dos obras al mes, y si un mes no escribía, al mes siguiente escribía cuatro. Y con rima.

Pienso que no hace falta tanto. Tal vez se pueda escribir menos, aunque insisto, digan lo que digan, el que escriba esa cantidad puede que sea un escritor enfermo de logorrea, pero sin duda es un escritor.

Hay un invento llamado estadística, mentiroso como pocos, que dice que si un escritor escribe 500 palabras los sábados y otras 500 los domingos, pero no escribe nada entre semana porque el trabajo, los niños y la suegra, y el mes de agosto tampoco porque estamos de vacaciones, entonces escribe 48.000 palabras al año, que son 131 al día. Mentira cochina, porque nos había dicho que de lunes a viernes no escribe nada porque la casa, la parienta y la gimnasia. Mil al día son 365.000 al año, cosa muy distinta de 48.000. Más de siete veces y media menos. O sea, que en un escritor que escribe todos los días mil palabras, caben siete escritores y medio de los de fines de semana pero con vacaciones. Lo más fácil será encontrar al medio, aunque parezca lo contrario, porque medio escritores hay un puñado gordo. ¿Todo esto es verdad? Ni de coña.

Lo más fácil es ser un escritor que escribe poco, o nada. Es mucho más cómodo, qué duda cabe. Más descansado. Un escritor de fines de semana perezosos. No es necesario abandonar el otro trabajo, ni divorciarse. Un escritor de 500 palabras los sábados y 500 los domingos. Tres páginas cada fin de semana. Y en agosto, vacaciones. Tampoco es para sudar sangre. Un par de horas el sábado, y otras dos horas en domingo. Página y media cada día de trabajo. No es para desriñonarse, digo yo. Y aún así, el escritor de fines de semana lánguidos (en agosto no, por favor), cada año podría tener 48.000 palabras. Eso es un libro de 144 páginas. De los normales, quizá tirando a corto, pero habitual en las librerías. Un libro al año. O uno gordo cada dos años. ¿Es esa la producción de los escritores distraídos, de los de cuatro horas a la semana como mucho dedicadas a la escritura? Ni de coña. La producción es mucho menor. La media es de un libro cada cinco años, así que no le dedican ni el 10 por ciento del tiempo laboral del resto de los trabajos (las famosas 40 horas semanales que echan los curritos), sino menos, mucho menos. Ni cuatro horas a la semana. Entre una y dos horas en total cada semana. Menos tiempo que a fregar platos. Menos que a hacerse pajas. Menos que a hacer la compra. Menos que la suma de los desayunos de la semana. Menos tiempo que a leer los blogs de los amigos. Joder, ¿eso es ser escritor? Vale, pues entonces yo soy jugador de baloncesto y vigilante de puestas de sol.

Un escritor debería escribir mil palabras al día. Si un día escribe menos, al día siguiente escribe más. Si en una semana no llega ni a mil, es que está de baja. Si en un año no llega a diez mil, entonces está incapacitado. Ha dejado de ser escritor. Tal vez, años después, vuelva a escribir creyendo que es el mismo, pero es mentira, ya no será el mismo.

El carné de identidad miente más que la estadística, porque asegura que un chaval de quince años llamado Enrique Páez es el mismo que asegura llamarse también Enrique Páez quince años más tarde, con treinta, y todo porque coincide el número de carné de identidad. Pura casualidad. Espejismos absurdos. Son dos personas distintas. Si lo sabré yo. No se parecen en casi nada. Yo no me reconozco en el Enrique de los 15 años, ni en el de los 30. Y me cuesta reconocerme en el de los 45. Si fuera a la inversa, el de 15 me haría pedorretas, el de 30 cortes de mangas, y el de 45… no sé, a lo mejor el de 45 diría: “¡De puta madre! ¿Dónde hay que firmar?”

Escribir no es tan difícil. No nos engañemos: lo jodido es picar carbón en una mina durante treinta años, conducir un autobús urbano ocho horas al día, cuarenta horas a la semana, limpiar las letrinas de las oficinas todos los días por 300 euros al mes, poner cervezas y cafés en un bar, recoger la basura con un camión articulado desde el atardecer hasta el amanecer, cultivas patatas en Bolivia, hacer de puta en la casa de Campo. Hay trabajos jodidos. Escribir es un trabajo, y no es de los jodidos. Pero el escritor tiene que escribir, digo yo. No vale decirlo y no hacerlo. Mil palabras no es tanto. Hay que plantarse a escribir cada día, todos los días, como el resto de los curritos. Mil al día. Aquí van 1.080. Yo hoy ya he cumplido. Mañana más.

Imagen anónima capturada con Google. Si es tuya, avísame y te cito o la borro.

viernes, 31 de julio de 2009

ETA, vete a hacer puñetas

Los macarras de ETA salen de vacaciones con tienda de campaña y una bomba en la mochila. Jo, qué juerga. Cuando regresen a Hernani hincharán el pecho delante de sus colegas:

“Hemos puesto un petardo en un cuartelillo de Mallorca y le hemos volado la cabeza a dos picoletos, qué risa. Les hemos jodido en verano. El mejor policía, el policía muerto. Luego nos fuimos a tomar el sol y a ver si ligábamos con alguna guiri, pero con la emoción del pepinazo no se nos empinaba. Cago en dios, eso es cosa del gobierno. Luego nos quedamos dormidos en la piscina del camping, y a Andoni se quemó toda la espalda. Mira que le avisé, joder, Andoni, ponte un poco de crema, que te vas a quemar. Pero ya sabéis cómo es, que no hace ni puto caso. Por cierto, os hemos traído una ensaimada con cabello de ángel, ya sabemos que es una horterada, pero es que están que te cagas. Para el futuro tenemos que ir pensando en poner una fábrica en Erandio. Lo tengo todo pensado. Ponme otro zurito, chaval, que estamos celebrando.”

Que nadie se piense que estos niñatos podridos son herederos de los guerrilleros antifranquistas. Ni de coña. Eso sería tanto como decir que las mafias rusas que se dedican a la trata de blancas son las herederas de Trotsky, Lenin y el ejército bolchevique. Y un huevo. Los nuevos etarras son macarras envenenados, gallitos de taberna, analfabetos voluntarios. No se distinguen apenas de las maras salvadoreñas, excepto en que los mareros no piden subvenciones al gobierno ni acuden gratis al médico de la Seguridad Social. En el resto se parecen: también entre los pandilleros de ETA ahora hay que hacerse valer, echarle huevos, demostrar que el fin justifica los medios. Andoni echa un trago y trata de explicarse un poco mejor:

“Esto es una guerra, joder, así que si dejamos niños muertos, pues mala suerte. La culpa no es nuestra, sino de sus padres, por ser guardias civiles. Esos cabrones tienen que saber que los mataremos como a cucarachas allá donde estén. Y no solo a todos los policías, militares, picoletos, y ertzainas, sino también a sus mujeres y a sus hijos, para que no se reproduzcan. También iremos a por los concejales vendidos, a por los que nos traicionen, a por los profesores que no piensen como nosotros, a por los periodistas, a por los empresarios que no paguen en impuesto revolucionario, y a por los clientes del Corte Inglés, por burgueses.”

“No jodas, Andoni, que mi hermana trabaja allí, a ver si te la vas a cargar a ella también.”

“Hostias, eso se avisa… Bueno, pues al Corte Inglés de Barcelona, y así aprovechamos para ir al concierto de U2, que están haciendo una gira de puta madre.”

“Como la nuestra, Andoni, con fuegos artificiales y todo.”

“Sí, como la nuestra… Bah, no es igual, que nosotros lo hacemos gratis, lo nuestro es por vocación.”

“Es verdad. Joder, Andoni, si es que eres un crack. Lo tienes clarísimo. Anda, invítame a otro zurito.”

“Chaval, pon otra ronda, que invito yo. Estamos celebrando, ¿no?”

Ilustraciones capturadas con Google. La segunda pertenece a Pepo Pérez

martes, 28 de julio de 2009

Millenium: Los críticos que no amaban a los autores

Me he leído la trilogía Millenium, más de 2200 páginas entre los tres tomos, y no he tenido que hacer esfuerzos titánicos. Las he leído con placer, como otros dos millones de lectores españoles, y unos cuantos más de más allá de nuestras fronteras. ¿Por qué hay que odiar o criticar los libros que hacen disfrutar al lector? Yo debo reconocer que Millenium me ha devuelto el placer de la lectura, y que yo, como escritor, siento una doble envidia que no me importa reconocer: envidia del éxito comercial (pues sí, yo quisiera tener el éxito de Stieg Larsson, vender diez millones de libros y cabrear a dos docenas de críticos literarios por vender tantos libros sin su permiso); y envidia por una cualidad literaria que tiene Stieg Larsson y que muchos críticos desprecian: el saber conectar con los lectores, y hacerles disfrutar con una historia narrada con naturalidad, sin demasiados artificios. Eso no es tan fácil, porque si así fuera, todos los autores estaríamos escribiendo otra historia similar. El que diga que no le importa no vender diez millones de libros, porque la opinión favorable de diez millones de lectores se la trae floja comparada con la suya propia, miente más que Bush, Aznar y Berlusconi juntos y desnudos bajo la colcha. Leo los comentarios de algunos críticos, escritores algunos de ellos, que dicen que lo han leído, o le han echado un pequeño vistazo por encima, y que es pura bazofia, y me entra al risa floja. Están verdes, dijo la zorra. Es una basura, dijo el crítico.

Lo diré de otro modo: a mí no habría importado haber escrito esa trilogía. Debe ser que soy tan gilipollas que sí que me importa tener diez millones de lectores y veinte millones de euros en derechos de autor. Será que respeto más la opinión de los lectores que la de los críticos, sobre todo cuando van en proporción de un millón contra uno. Dejad de llamadme Ismael, matad a la ballena y llamadme gilipollas de una puta vez. Vaya huevazos que tienen algunos.

Yo podría hacer una relación de aspectos que no me han gustado de la trilogía. No demasiados, porque básicamente me ha gustado, así que los aciertos superan con creces a los defectos. ¿Que no son novelas perfectas? Pues afortunadamente no lo son, porque el día que alguien escriba la novela perfecta, la que lo dice todo y lo incluye todo con la perfección infinita, se cerrará el kiosco de la literatura y los escritores nos dedicaremos a hacer tapetes de macramé donde apoyar el libro. Perdón, El Libro.

Parece que los apocalípticos y los integrados siguen estando en desacuerdo en cuanto a la cultura de masas, pero cuando leo algunas críticas como la de Alejandro Gándara, no puedo más que sonreír ante esa necesidad de autoafirmarse mirando el mundo (los libros, los lectores) desde una atalaya de soberbia patética. Y mira que me hizo gracia eso de “En cuanto al libro, puede que sea entretenido si uno se excita viendo crecer un geranio o cómo se seca la pintura en una pared”. Debe ser que el El Mundo les piden a los blogueros contratados a sueldo que sean malos malotes, para generar polémica y vender mucho. Qué pena: hacer críticas así sí que es venderse, y no escribir Millenium.

He calculado que Millenium puede tener cerca de 750.000 palabras (cien mil más, cien mil menos), y como sé lo que cuesta escribir 50.000 palabras (lo he hecho varias veces, así que no hablo de oídas), yo me quito el sombrero. Sé que el solo hecho de escribir esa cantidad de trama narrada sin que se caiga de las manos (diez millones de lectores aseguran que las novelas de Larsson se mantienen en pie sin dificultad alguna) es una proeza que pocos, muy pocos autores consiguen. Ojalá hubiera más. Ojalá yo fuera uno de ellos. Puta envidia la mía, ya te digo.

domingo, 19 de julio de 2009

El gato 03

Este es un texto falso que sustituye al que había antes, para evitar su copia.
Percuntia tempora fati conqueror, in uentos inpendo uota fretumque; ne retine dubium cupientis ire per acquor; si bene nota mihi est, ad Caesaris arma iuuentus naufragio uenisse uolet. lam uoce doloris utendum est: non ex acquo diuisimus orbem; Epirum Caesarque tenet totusque senatus, Ausoniam tu solus habes». His terque quaterque uocibus excitum postquam cessare uidebat, dum se desse deis ac non sibi numina credit, sponte per incautas audet temptare latebras quod iussi timucre fretum, temeraria prono expertus cessisse deo, fluctusque ucrendos classibus exigua sperat superare carina.

domingo, 12 de julio de 2009

El gato 02

Este es un texto falso que sustituye al que había antes, para evitar su copia.
Percuntia tempora fati conqueror, in uentos inpendo uota fretumque; ne retine dubium cupientis ire per acquor; si bene nota mihi est, ad Caesaris arma iuuentus naufragio uenisse uolet. lam uoce doloris utendum est: non ex acquo diuisimus orbem; Epirum Caesarque tenet totusque senatus, Ausoniam tu solus habes». His terque quaterque uocibus excitum postquam cessare uidebat, dum se desse deis ac non sibi numina credit, sponte per incautas audet temptare latebras quod iussi timucre fretum, temeraria prono expertus cessisse deo, fluctusque ucrendos classibus exigua sperat superare carina.

viernes, 10 de julio de 2009

El gato 01

Este es un texto falso que sustituye al que había antes, para evitar su copia.
Percuntia tempora fati conqueror, in uentos inpendo uota fretumque; ne retine dubium cupientis ire per acquor; si bene nota mihi est, ad Caesaris arma iuuentus naufragio uenisse uolet. lam uoce doloris utendum est: non ex acquo diuisimus orbem; Epirum Caesarque tenet totusque senatus, Ausoniam tu solus habes». His terque quaterque uocibus excitum postquam cessare uidebat, dum se desse deis ac non sibi numina credit, sponte per incautas audet temptare latebras quod iussi timucre fretum, temeraria prono expertus cessisse deo, fluctusque ucrendos classibus exigua sperat superare carina.

lunes, 6 de julio de 2009

Apostillas al "Pacto de sangre"

Algunos lectores y lectoras de este blog se han sentido frustrados, decepcionados y hasta traicionados por el final brusco y extradiegético (desde el exterior del texto) de Pacto de sangre. Lo lamento, pero no puedo arrepentirme de haber finalizado así. No ha sido una venganza absurda contra los lectores, sino una necesidad imperiosa de acabar la historia con un golpe incomprensible, desafortunado, como la muerte misma. Malena muere (por más que ya esté muerta) en un momento en el que no le tocaba morir, sino seguir avanzando en sus aventuras de ultratumba. Esa es la teoría, pero la realidad es que a veces la muerte sorprende con la tarea a la mitad, y la vida se queda inconclusa. También las novelas a veces tienen muertes prematuras. Y con frecuencia tienen vidas (desarrollos) aburridas, exageradamente largas y monótonas. Solo unas pocas novelas, y vidas, tienen la intensidad justa, la longitud adecuada, los acontecimientos precisos, y un final glorioso que deja a los lectores y a los deudos con sensación de plenitud y agradecimiento. Eso es la novela de una novela. La realidad de la vida (y de las novelas) es otra, múltiple e insatisfactoria cientos de veces.

Tal vez Malena regrese, como a veces regresa un amigo que se fue a vivir muy lejos en unos momentos en los que éramos uña y carne. Pero, para qué engañarnos, los amigos casi nunca vuelven, y cuando vuelven, si es que vuelven, resulta que son otros, que han cambiado, que ya no existe la misma conexión que teníamos antiguamente, quizá porque tampoco ya nosotros somos los mismos, y decepcionamos también al amigo que regresa sin quererlo, aunque él tampoco nos diga nada.

Aunque creo que los amigos, y Malena, regresarán disfrazados con otra ropa. El amigo regresa siempre con otro nombre y edad, casi es imposible reconocerlo en el nuevo personaje que aparece de repente en nuestra vida, pero es el mismo, fíjate bien, es la misma esencia de la amistad reconfortante, como la pasión y el deseo, aunque disfrazada en las carnes de otro cuerpo. Las reencarnaciones no suceden en otras vidas después de la muerte: suceden en esta vida, delante de nuestras narices, pero nos cuesta reconocerlas.

En fin, que gracias a todos los que seguís estos escritos dispersos, unas veces más coherentes que otras. Yo seguiré intentando llegar cada día un poco más allá, por lo que las vías muertas y los fracasos están garantizados de antemano. Pero tal vez, ojalá, estas escaramuzas heterodoxas me lleven a un lugar nuevo, inexplorado. Habrá que intentarlo.

Imágenes anónimas capturadas con Google

lunes, 29 de junio de 2009

Pacto de sangre 29

Este es un texto falso que sustituye al que había antes, para evitar su copia.
Percuntia tempora fati conqueror, in uentos inpendo uota fretumque; ne retine dubium cupientis ire per acquor; si bene nota mihi est, ad Caesaris arma iuuentus naufragio uenisse uolet. lam uoce doloris utendum est: non ex acquo diuisimus orbem; Epirum Caesarque tenet totusque senatus, Ausoniam tu solus habes». His terque quaterque uocibus excitum postquam cessare uidebat, dum se desse deis ac non sibi numina credit, sponte per incautas audet temptare latebras quod iussi timucre fretum, temeraria prono expertus cessisse deo, fluctusque ucrendos classibus exigua sperat superare carina.

jueves, 25 de junio de 2009

Pacto de sangre 28

Este es un texto falso que sustituye al que había antes, para evitar su copia.
Percuntia tempora fati conqueror, in uentos inpendo uota fretumque; ne retine dubium cupientis ire per acquor; si bene nota mihi est, ad Caesaris arma iuuentus naufragio uenisse uolet. lam uoce doloris utendum est: non ex acquo diuisimus orbem; Epirum Caesarque tenet totusque senatus, Ausoniam tu solus habes». His terque quaterque uocibus excitum postquam cessare uidebat, dum se desse deis ac non sibi numina credit, sponte per incautas audet temptare latebras quod iussi timucre fretum, temeraria prono expertus cessisse deo, fluctusque ucrendos classibus exigua sperat superare carina.

martes, 23 de junio de 2009

Pacto de sangre 27

Este es un texto falso que sustituye al que había antes, para evitar su copia.
Percuntia tempora fati conqueror, in uentos inpendo uota fretumque; ne retine dubium cupientis ire per acquor; si bene nota mihi est, ad Caesaris arma iuuentus naufragio uenisse uolet. lam uoce doloris utendum est: non ex acquo diuisimus orbem; Epirum Caesarque tenet totusque senatus, Ausoniam tu solus habes». His terque quaterque uocibus excitum postquam cessare uidebat, dum se desse deis ac non sibi numina credit, sponte per incautas audet temptare latebras quod iussi timucre fretum, temeraria prono expertus cessisse deo, fluctusque ucrendos classibus exigua sperat superare carina.

domingo, 21 de junio de 2009

Pacto de sangre 26

Este es un texto falso que sustituye al que había antes, para evitar su copia.
Percuntia tempora fati conqueror, in uentos inpendo uota fretumque; ne retine dubium cupientis ire per acquor; si bene nota mihi est, ad Caesaris arma iuuentus naufragio uenisse uolet. lam uoce doloris utendum est: non ex acquo diuisimus orbem; Epirum Caesarque tenet totusque senatus, Ausoniam tu solus habes». His terque quaterque uocibus excitum postquam cessare uidebat, dum se desse deis ac non sibi numina credit, sponte per incautas audet temptare latebras quod iussi timucre fretum, temeraria prono expertus cessisse deo, fluctusque ucrendos classibus exigua sperat superare carina.