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miércoles, 29 de septiembre de 2010

A ver si mañana lo consigo

Yo quería escribir, en serio. Me he sentado delante del ordenador, mirando al sur, más o menos por donde se asoma el Teide cuando no hay nubes (hoy hay), y me he puesto una cocacola light grande a mi lado. Me he soplado en la punta de los dedos, como hacen en las películas los jugadores que van a lanzar los dados en un casino de Las Vegas, y... se ha puesto a llover.

Así que me he levantado a toda prisa para recoger los dos cojines que estaban fuera, sobre las sillas metálicas, para meterlos dentro de casa. Es que si no, luego uno se sienta en el cojín mojado, de apariencia seca, pero con goma espuma interior con vocación de esponja, y se le queda el culo mojadito, como de niños en la cuna de un hospicio. Y esa sensación ya no se va en todo el día, por más que uno se cambie de ropa y se seque las nalgas con tres toallas. Parece que la humedad, cuando llega por contagio, se enquista por debajo de la piel, como las termitas.

Aquí estamos casi el trópico, así que solo me ha dado tiempo a salir corriendo, recibir un palo de agua, como lo llamaban en Caracas, y meterme de nuevo en casa. Nada más entrar ha dejado de llover. Así, sin más.

Y la nube meona se ha ido a toda prisa, sorteando el Teide, rumbo a Candelaria.

Me he sentado otra vez frente al ordenador, para escribir, y entonces el sol, buscando el oeste, me ha deslumbrado sin posibilidad de esconderme. Pensé por un momento meterme debajo de la mesa, pero entonces no iba a poder escribir en el ordenador. Así no se puede.

¿Así no se puede? Eso me recuerda a ese chiste narrado que circula entre los cuenteros colombianos (y algunos madrileños, que lo copiaron hace más de 15 años), donde la sustracción de palabras, una a una, invierte o pervierte el significado de la frase:

¡Ay, Carlos, así no se puede!
¡Ay, Carlos, así no sé!
¡Ay, Carlos, así no!
¡Ay, Carlos, así!
¡Ay, Carlos!
¡Ay!

Después de esa digresión mental, me he tenido que levantar para tapar el sol con las persianas venecianas. Lo de las persianas venecianas suena bien, ¿verdad?

Me he puesto a pensar que en un día como hoy, con una huelga general, aunque sea domesticada, al que tenga una casa a la sombra del Teide, con cojines en el jardín y persianas venecianas, habría que cortarle algo. Aunque solo sea la retirada.

Cuando me he vuelto a sentar me picaban los ojos.
He recibido un email de Margaret Tong desde Singapur.
La vecina le ha llamado calzonazos a su marido a pleno pulmón.
Bea me ha preguntado que cómo se deletrea la palabra kitsch.
Me han entrado ganas de mear.
Me he acordado de que tenía que descongelar un poco de pan para la cena.
El ordenador me ha preguntado si quería instalar la última versión del Adobe Reader.
Me he recortado la uña del dedo corazón de la mano derecha con los dientes.
El teléfono ha sonado con una oferta de Ikea family.
Antonio González me dice en Facebook que la felicidad se parece a la cerveza.
Una cría de lagartija sube por la pared, pero a mitad de camino se cae al suelo.

Así que hoy no he podido escribir.

A ver si mañana lo consigo.

lunes, 6 de julio de 2009

Apostillas al "Pacto de sangre"

Algunos lectores y lectoras de este blog se han sentido frustrados, decepcionados y hasta traicionados por el final brusco y extradiegético (desde el exterior del texto) de Pacto de sangre. Lo lamento, pero no puedo arrepentirme de haber finalizado así. No ha sido una venganza absurda contra los lectores, sino una necesidad imperiosa de acabar la historia con un golpe incomprensible, desafortunado, como la muerte misma. Malena muere (por más que ya esté muerta) en un momento en el que no le tocaba morir, sino seguir avanzando en sus aventuras de ultratumba. Esa es la teoría, pero la realidad es que a veces la muerte sorprende con la tarea a la mitad, y la vida se queda inconclusa. También las novelas a veces tienen muertes prematuras. Y con frecuencia tienen vidas (desarrollos) aburridas, exageradamente largas y monótonas. Solo unas pocas novelas, y vidas, tienen la intensidad justa, la longitud adecuada, los acontecimientos precisos, y un final glorioso que deja a los lectores y a los deudos con sensación de plenitud y agradecimiento. Eso es la novela de una novela. La realidad de la vida (y de las novelas) es otra, múltiple e insatisfactoria cientos de veces.

Tal vez Malena regrese, como a veces regresa un amigo que se fue a vivir muy lejos en unos momentos en los que éramos uña y carne. Pero, para qué engañarnos, los amigos casi nunca vuelven, y cuando vuelven, si es que vuelven, resulta que son otros, que han cambiado, que ya no existe la misma conexión que teníamos antiguamente, quizá porque tampoco ya nosotros somos los mismos, y decepcionamos también al amigo que regresa sin quererlo, aunque él tampoco nos diga nada.

Aunque creo que los amigos, y Malena, regresarán disfrazados con otra ropa. El amigo regresa siempre con otro nombre y edad, casi es imposible reconocerlo en el nuevo personaje que aparece de repente en nuestra vida, pero es el mismo, fíjate bien, es la misma esencia de la amistad reconfortante, como la pasión y el deseo, aunque disfrazada en las carnes de otro cuerpo. Las reencarnaciones no suceden en otras vidas después de la muerte: suceden en esta vida, delante de nuestras narices, pero nos cuesta reconocerlas.

En fin, que gracias a todos los que seguís estos escritos dispersos, unas veces más coherentes que otras. Yo seguiré intentando llegar cada día un poco más allá, por lo que las vías muertas y los fracasos están garantizados de antemano. Pero tal vez, ojalá, estas escaramuzas heterodoxas me lleven a un lugar nuevo, inexplorado. Habrá que intentarlo.

Imágenes anónimas capturadas con Google

lunes, 1 de junio de 2009

No es lo que parece

Porque lo que parece es que he abandonado, o poco menos, este blog.
Y sí, pero no.
Quiero decir, que no he dejado de escribir ni un solo día, y además lo nuevo que he escrito es de "Pacto de sangre", no me he ido a otros proyectos. Lo que pasa es que lo nuevo es una parte de la novela, intercalada, que no puede salir aún a la luz pública. Tiene que ser privada, al menos hasta que se publique, cuando ya no pueda ser frenada, mediatizada o prejuzgada. No es que me sienta violentado con vuestra lectura, que va, pero me temo que los capítulos y párrafos intercalados que estoy escribiendo, metaescritura, deconstrucción de la propia novela, atraerían a unos cuantos lectores que se sentirían directamente aludidos. Y esos nuevos lectores sí que intervendrían de forma activa.
Parece que me explico, pero no se entiende. ¿A que no?
Pues es que no puedo decir más, excepto que la escritura a veces, ahora sé que algunas veces, tiene que sumergirse para no contaminarse.
Y no me valdría como recurso cerrar la posibilidad de hacer comentarios, porque sonaría el teléfono: "Joder, Enrique, cómo se te ocurre escribir eso, te vas a ganar una hostia como no lo quites ahora mismo. Tú eres un cabrón", o cosas por el estilo.
En fin, que os hecho de menos, y echo de menos colgar nuevos párrafos aquí, pero volveré muy pronto, para al menos atar el desenlace de Malena y Rohel.
Besos por doquier.

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Imagen by Billpuerta

jueves, 6 de marzo de 2008

Génesis de una nueva especie

Al principio empezó a comerse las uñas. Era algo inconsciente, automático. Luego siguió con los pellejos, las pieles duras y los padrastros. Tal vez fuera el hambre, o tal vez solo capricho, pero no podía dejar de hacerlo. A veces se hizo sangre, pero chupaba el líquido caliente, y poco a poco la llaga cicatrizaba. Un día, esperando un autobús que nunca llegó, se comió sin querer un dedo, la mano, el brazo, y el cuerpo entero. Cuando quiso darse cuenta se había dado la vuelta a sí mismo. Desde entonces no necesitó más alimento. Acababa de nacer el catoblepas.

Foto: Chema Madoz