Este es un texto falso que sustituye al que había antes, para evitar su copia.
Percuntia tempora fati conqueror, in uentos inpendo uota fretumque; ne retine dubium cupientis ire per acquor; si bene nota mihi est, ad Caesaris arma iuuentus naufragio uenisse uolet. lam uoce doloris utendum est: non ex acquo diuisimus orbem; Epirum Caesarque tenet totusque senatus, Ausoniam tu solus habes». His terque quaterque uocibus excitum postquam cessare uidebat, dum se desse deis ac non sibi numina credit, sponte per incautas audet temptare latebras quod iussi timucre fretum, temeraria prono expertus cessisse deo, fluctusque ucrendos classibus exigua sperat superare carina.
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lunes, 10 de agosto de 2009
lunes, 6 de julio de 2009
Apostillas al "Pacto de sangre"
Algunos lectores y lectoras de este blog se han sentido frustrados, decepcionados y hasta traicionados por el final brusco y extradiegético (desde el exterior del texto) de Pacto de sangre. Lo lamento, pero no puedo arrepentirme de haber finalizado así. No ha sido una venganza
absurda contra los lectores, sino una necesidad imperiosa de acabar la historia con un golpe incomprensible, desafortunado, como la muerte misma. Malena muere (por más que ya esté muerta) en un momento en el que no le tocaba morir, sino seguir avanzando en sus aventuras de ultratumba. Esa es la teoría, pero la realidad es que a veces la muerte sorprende con la tarea a la mitad, y la vida se queda inconclusa. También las novelas a veces tienen muertes prematuras. Y con frecuencia tienen vidas (desarrollos) aburridas, exageradamente largas y monótonas. Solo unas pocas novelas, y vidas, tienen la intensidad justa, la longitud adecuada, los acontecimientos precisos, y un final glorioso que deja a los lectores y a los deudos con sensación de plenitud y agradecimiento. Eso es la novela de una novela. La realidad de la vida (y de las novelas) es otra, múltiple e insatisfactoria cientos de veces.
Tal vez Malena regrese, como a veces regresa un amigo que se fue a vivir muy lejos en unos momentos en los que éramos uña y carne. Pero, para qué engañarnos, los amigos casi nunca vuelven, y cuando vuelven, si es que vuelven, resulta que son otros, que han cambiado, que ya no existe la misma conexión que teníamos antiguamente, quizá porque tampoco ya nosotros somos los mismos, y decepcionamos también al amigo que regresa sin quererlo, aunque él tampoco nos diga nada.
Aunque creo que los amigos, y Malena, regresarán disfrazados con otra ropa. El amigo regresa siempre con otro nombre y edad, casi es imposible reconocerlo en el nuevo personaje que aparece de repente en nuestra vida, pero es el mismo, fíjate bien, es la misma esencia de la amistad reconfortante, como la pasión y el deseo, aunque disfrazada en las carnes de otro cuerpo. Las reencarnaciones no suceden en otras vidas después de la muerte: suceden en esta vida, delante de nuestras narices, pero nos cuesta reconocerlas.
En fin, que gracias a todos los que seguís estos escritos dispersos, unas veces más coherentes que otras. Yo seguiré intentando llegar cada día un poco más allá, por lo que las vías muertas y los fracasos están garantizados de antemano. Pero tal vez, ojalá, estas escaramuzas heterodoxas me lleven a un lugar nuevo, inexplorado. Habrá que intentarlo.
Imágenes anónimas capturadas con Google
absurda contra los lectores, sino una necesidad imperiosa de acabar la historia con un golpe incomprensible, desafortunado, como la muerte misma. Malena muere (por más que ya esté muerta) en un momento en el que no le tocaba morir, sino seguir avanzando en sus aventuras de ultratumba. Esa es la teoría, pero la realidad es que a veces la muerte sorprende con la tarea a la mitad, y la vida se queda inconclusa. También las novelas a veces tienen muertes prematuras. Y con frecuencia tienen vidas (desarrollos) aburridas, exageradamente largas y monótonas. Solo unas pocas novelas, y vidas, tienen la intensidad justa, la longitud adecuada, los acontecimientos precisos, y un final glorioso que deja a los lectores y a los deudos con sensación de plenitud y agradecimiento. Eso es la novela de una novela. La realidad de la vida (y de las novelas) es otra, múltiple e insatisfactoria cientos de veces.Tal vez Malena regrese, como a veces regresa un amigo que se fue a vivir muy lejos en unos momentos en los que éramos uña y carne. Pero, para qué engañarnos, los amigos casi nunca vuelven, y cuando vuelven, si es que vuelven, resulta que son otros, que han cambiado, que ya no existe la misma conexión que teníamos antiguamente, quizá porque tampoco ya nosotros somos los mismos, y decepcionamos también al amigo que regresa sin quererlo, aunque él tampoco nos diga nada.
Aunque creo que los amigos, y Malena, regresarán disfrazados con otra ropa. El amigo regresa siempre con otro nombre y edad, casi es imposible reconocerlo en el nuevo personaje que aparece de repente en nuestra vida, pero es el mismo, fíjate bien, es la misma esencia de la amistad reconfortante, como la pasión y el deseo, aunque disfrazada en las carnes de otro cuerpo. Las reencarnaciones no suceden en otras vidas después de la muerte: suceden en esta vida, delante de nuestras narices, pero nos cuesta reconocerlas.En fin, que gracias a todos los que seguís estos escritos dispersos, unas veces más coherentes que otras. Yo seguiré intentando llegar cada día un poco más allá, por lo que las vías muertas y los fracasos están garantizados de antemano. Pero tal vez, ojalá, estas escaramuzas heterodoxas me lleven a un lugar nuevo, inexplorado. Habrá que intentarlo.
Imágenes anónimas capturadas con Google
jueves, 10 de enero de 2008
La arquitectura del sueño
Tras la muerte de Gonzalo, durante años me desperté dando gritos después de soñar que vivía en un sótano, al que accedía a través de un ascensor vertiginoso. La oscuridad de aquel pozo era tan densa que no podía verme las manos hasta que me palpaba la cara. Luego soñé que estaba inmóvil, desnudo y boca abajo, dando botes con la cabeza sobre el alto taburete de un bar de carretera.
Empecé a psicoanalizarme, y el doctor Blanco me dijo que la parálisis era herencia de familia. Gracias a Freud, a los siete meses ya me había trasladado a vivir al sótano de la pizzería Sandos, a la que descendía a través de unas largas escaleras empinadas. Dos años después, a razón de tres sesiones semanales, conseguí plaza en un semisótano del cementerio de la Almudena, y a través de un breve ventanuco horizontal que flotaba junto al techo podía ver las botas militares embarradas, y el dobladillo de los pantalones de los que pasaban cerca del panteón donde estaba escondido. Fueron tiempos difíciles. Marisa se fue de casa, y seguí hurgando cinco años más hasta que soñé que los grises me perseguían, pero que yo esquivaba sus porras moviendo mi silla de ruedas escaleras arriba, hasta burlarme de ellos con un matasuegras desde el tercer piso de un centro comercial. “Ya te mueves”, me dijo el doctor Blanco antes de darme el alta, “ya solo te falta escribir”. Y en eso estamos.
Me envía mi hermana china, Berna Wang, lamiradaoblicua.bitako.com, unos micropoemas hermosos como desvanecimientos. Gracias, Berna.
Esteban Cortijo, desde el Ateneo de Cáceres, me recuerda que nos hemos prometido un viaje juntos a Portugal con Piti, para comer caldeiradas y zapateiras con vino verde junto al mar, y navegar a bordo de molinceiros por la ría de Aveiro, y rendir honores a la Venecia portuguesa. Que sea pronto.
Y Ana Victoria desde Costa Rica, la Nena y Alekos desde Barcelona, Nacho desde Buenos Aires, Basilio desde Canarias, y Elías, Emilio, Lara, Jorge, Javier y unos cuantos alumnos y alumnas desde Madrid, me felicitan el año y el blog. Aunque casi no me acuerdo, he debido ser bueno en algún momento de mi vida, porque si no, de qué.
Bea se ha bajado la mesa de estudio que tenía en el altillo, y la ha plantado en ángulo recto a cuatro metros de la mía. Dice que así me acompaña. Tengo suerte, qué duda cabe: con solo levantar los ojos la veo inclinada sobre su portátil; y detrás, al fondo, el ventanal que da sobre el río Ambroz, entreverado por las ramas deshojadas de los alisos y las acacias. Pesándolo bien, he sido bueno de cojones.
Empecé a psicoanalizarme, y el doctor Blanco me dijo que la parálisis era herencia de familia. Gracias a Freud, a los siete meses ya me había trasladado a vivir al sótano de la pizzería Sandos, a la que descendía a través de unas largas escaleras empinadas. Dos años después, a razón de tres sesiones semanales, conseguí plaza en un semisótano del cementerio de la Almudena, y a través de un breve ventanuco horizontal que flotaba junto al techo podía ver las botas militares embarradas, y el dobladillo de los pantalones de los que pasaban cerca del panteón donde estaba escondido. Fueron tiempos difíciles. Marisa se fue de casa, y seguí hurgando cinco años más hasta que soñé que los grises me perseguían, pero que yo esquivaba sus porras moviendo mi silla de ruedas escaleras arriba, hasta burlarme de ellos con un matasuegras desde el tercer piso de un centro comercial. “Ya te mueves”, me dijo el doctor Blanco antes de darme el alta, “ya solo te falta escribir”. Y en eso estamos.Me envía mi hermana china, Berna Wang, lamiradaoblicua.bitako.com, unos micropoemas hermosos como desvanecimientos. Gracias, Berna.
Esteban Cortijo, desde el Ateneo de Cáceres, me recuerda que nos hemos prometido un viaje juntos a Portugal con Piti, para comer caldeiradas y zapateiras con vino verde junto al mar, y navegar a bordo de molinceiros por la ría de Aveiro, y rendir honores a la Venecia portuguesa. Que sea pronto.
Y Ana Victoria desde Costa Rica, la Nena y Alekos desde Barcelona, Nacho desde Buenos Aires, Basilio desde Canarias, y Elías, Emilio, Lara, Jorge, Javier y unos cuantos alumnos y alumnas desde Madrid, me felicitan el año y el blog. Aunque casi no me acuerdo, he debido ser bueno en algún momento de mi vida, porque si no, de qué.
Bea se ha bajado la mesa de estudio que tenía en el altillo, y la ha plantado en ángulo recto a cuatro metros de la mía. Dice que así me acompaña. Tengo suerte, qué duda cabe: con solo levantar los ojos la veo inclinada sobre su portátil; y detrás, al fondo, el ventanal que da sobre el río Ambroz, entreverado por las ramas deshojadas de los alisos y las acacias. Pesándolo bien, he sido bueno de cojones.
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