porque tengo mucha suerte. Tengo tanta suerte que las fuerzas del universo, con Luisa L. Hay a la cabeza, han decidido darme una nueva oportunidad para obligarme a escribir o morir de hambre. Un poco de presión. Un empujoncito. Jo, gracias. Los escritores necesitamos que nos obliguen a trabajar, se nos supone vagos patológicos. Precisamos que nos exijan que cumplamos los plazos de entrega, que nos pongan deadlines, como en los periódicos. Así que tendré que agradecer esta putada, como en la historia zen del pobre campesino chino a quien su único hijo, llamado Zijn, se le fractura un brazo, una pierna y dos costillas domando caballos. Qué mala suerte tienes, le dicen sus vecinos. Buena suerte, mala suerte, ¿quién lo sabe?, responde él. Al día siguiente se declara la guerra, y se llevan al frente de batalla a todos los jóvenes del pueblo, menos a Zijn, que se queda junto a su padre curando sus huesos rotos. Alabado sea Buda, Confucio y Alá. Los católicos dicen que son cruces que nos manda el Señor para alcanzar la santidad. Aquí el que no se consuela es porque no quiere.Así que le doy gracias al universo por ser tan generoso conmigo. Dios escribe recto con renglones torcidos. Tócate los huevos. Pero como creo que aún no he conseguido suficiente motivación, voy a llamar a casa de mi vecino, el boxeador, ese que tiene tan malas pulgas, y llamarle hijo puta en toda su jeta. Seguro que me zumba. Después regreso a casa y verás cómo me sale un soneto bien caliente.