anterior, abro el bote de pintura, mojo y escurro el pincel, y empiezo a untar con brochazos uniformes la barandilla metálica. La mancha blanca avanza, día tras día, iluminando las traviesas y el pasamanos. Es un trabajo minucioso, pero no conviene obsesionarse con el perfeccionismo, porque en ese caso el trabajo no concluiría nunca, y la barandilla permanecería para siempre sin acabar de pintar, truncada, bicolor, como un proyecto que nunca pudo consumarse. Como una vida quebrada en la mitad.A veces creo que estoy representando mi vida: al principio arranqué muy ilusionado, con algo de inconsciencia, sorprendido por el efecto que causaba cada brochazo, cada pequeño avance de la pintura. Me quedaba mucho por delante, y me resultó difícil saber de antemano si la barandilla era demasiado larga o demasiado corta, si mi vida iba a ser breve o cansina. A estas alturas ya tengo pintada más de la mitad de la barandilla. Hay más barrotes blancos que negros, eso se ve a simple vista. Ya he vivido más de la mitad de mi vida. Quizá por eso hay días en los que noto algo parecido al cansancio, y pinto con desgana, casi por obligación, porque no puedo dejar la barandilla así, a medio pintar, como la radiografía de un fracaso. Otros días, en cambio, me levanto de un salto de la cama, sujeto la brocha con energía, y le canto boleros a los barrotes al tiempo que les cambio de color, que les enseño una nueva cara con la que asomarse al precipicio que se abre al otro lado de la barandilla.
Miro hacia atrás, y veo que he pintado mucho, que hay más blanco que negro en el pasado. El futuro es una barandilla negra, que cambiará de color en el preciso instante en el que pueda tocarla con mis manos. Calculo a ojo que el bote de pintura me va a llegar hasta el final, un poco justito. Quizá me sobre un poco, que me servirá para retocar algo del pasado, o quizá para un proyecto blanco y nuevo, no tan grande como el de la barandilla, sino más modesto, de puro placer de artesano jubilado. O quizá le regale el resto a alguien, para que lo aproveche. Una pequeña herencia. No me gustaría tirarlo por el retrete y contaminar más aún el medio ambiente.
Pero aún menos me gustaría haber calculado mal mis fuerzas y mi capital de pintura blanca. Si me quedara corto, la barandilla y la vida serían proyectos inacabados, truncados. También pasaría si, pongamos que por accidente, un día le diera una patada al bote de pintura y esta se derramara por el suelo, y chorreara balcón abajo, como sangre blanca desperdiciada. ¿Suicidio, asesinato, o accidente? Que lo investiguen los del CSI. A veces no se saben las causas, pero siempre quedarán claras las consecuencias.
Puede ser también que al final, cuando queden apenas dos o tres barrotes por pintar, me encuentre con que el bote de pintura está seco. No queda más pintura. Se acabó el crédito. Se acabó el futuro. La empresa quebró. Alguien tendrá que prestarme un poco de lo suyo, un poco de pintura extra, que casi seguro que no tendrá el mismo tono, el matiz exacto. Una chapuza. No hay dos botes iguales, no hay dos vidas iguales. Qué lástima verse derrotado en las últimas traviesas, tener que pedirle a otro que acabe lo que tú no has podido terminar por haber planificado mal las fuerzas de tu vida. Un viejo dependiente y chapucero. Quítate ya de ahí, que no eres más que un estorbo. Manda huevos, ¿a quién le importa tu puta barandilla, si en cuanto te mueras vamos a tirar el balcón abajo para mandar construir una cristalera?
Qué quieres que te diga. La muerte siempre gana la partida. Todos los finales son tristes. Las barandillas blancas solo existen en los cementerios. Los demás, los que aún estamos vivos, estamos hechos de jirones de pintura, barandillas a medio terminar. A lo más, como diría mi amigo Ángel Zapata, somos la huella que deja una deriva.
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Imagen anónima capturada con Google. Si es tuya dímelo y te cito o la borro.
