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lunes, 2 de enero de 2012

Cuando me hablan de cultura, saco la pistola

Después de eliminar el Ministerio de Cultura, el PP hoy, para estrenar el año, suprime la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas.
Dicen que hay que recortar gastos superfluos, así que lo mejor es deshacerse de los libros.
A la hoguera, a las industrias culturales de papel y carbón. A partir de hoy los libros van por un camino (¿incineradoras?), y las bibliotecas por otro (¿cuarteles?).
Parecen seguir los consejos de Göebbels: "Cuando me hablan de cultura, saco la pistola".
Llevan apenas diez días en el poder. ¿Qué nos espera en los próximos 4 años?

viernes, 18 de noviembre de 2011

Sí, soy un abstencionista

Yo no voto. No son solo los políticos y los partidos los que están viciados, sino el propio sistema. la estructura misma de la democracia la que apesta. La lucha ya no está en las urnas. Este sistema enfermo no se cura desde dentro. Ya no van a usar mi voto para justificar su ineficacia. Seguiré protestando, luchando y trabajando desde fuera del sistema. Me piden el voto, y yo recuerdo aquel cartel anarquista que decía: "Vota: escoge amo".

Soy abstencionista, y practico la abstención activa para deslegitimar el Estado de partidos. Mi opción es consciente, voluntaria y tiene como fin el aislar a la clase política. El abstencionista es ácrata, anarquista. El abstencionista se abstiene conscientemente frente a toda autoridad estatal, frente al estado totalitario de partidos. Lucha por la acción destructiva frente al corrupto Estado de partidos mediante la abstencion electoral activa. Yo opto por la abstención activa para derribar el Estado de partidos.

Desde hace tiempo pienso como Lod Acton que el poder corrompe, y que el poder absoluto corrompe absolutamente.

Y me gusta la reflexión de Proudhon:

“Ser gobernado significa ser observado, inspeccionado, espiado, dirigido, legislado, regulado, inscrito, adoctrinado, sermoneado, controlado, medido, sopesado, censurado e instruido por hombres que no tienen el derecho, los conocimientos, ni la virtud necesarios para ello. Ser gobernado significa, con motivo de cada operación, transacción o movimiento, ser anotado, registrado, controlado, grabado, sellado, medido, evaluado, sopesado, apuntado, patentado, autorizado, licenciado, aprobado, aumentado, obstaculizado, reformado, reprendido y detenido.

Es, con el pretexto del interés general, ser abrumado, disciplinado, puesto en rescate, explotado, monopolizado, extorsionado, oprimido, falseado y desvalijado, para ser luego, al menor movimiento de resistencia, a la menor palabra de protesta: reprimido, multado, objeto de abusos, hostigado, seguido, intimidado a voces, golpeado, desarmado, estrangulado por el garrote, encarcelado, fusilado, juzgado, condenado, deportado, flagelado, vendido, traicionado y por último, sometido a escarnio, ridiculizado, insultado y deshonrado.

¡Eso es el gobierno, esa es su justicia, esa es su moral!”

PIERRE JOSEPH PROUDHON - 1809/1865

¿Que no te gusta mi opción? Pues mira qué bien: a mí no me gusta la tuya. Ya estamos en paz.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Contra la Universidad (Historia del poder en cuatro folios)

Durante siglos, hasta la Edad Moderna, el poder ha estado en manos de la aristocracia. Durante la larga Edad Media los reyes, duques, condes, barones y cortesanos cortaban el bacalao, exprimían a los campesinos a cambio de protección (había que protegerse de ellos mismos, como en la mafia), y desvirgaban a las doncellas la primera noche de bodas (el derecho de pernada, ius primae noctis en latín vulgar) con la excusa de que así el marido no podría protestar porque la novia no fuera virgen antes del matrimonio. Democracia igualitaria: todas violadas por el señor conde en la primera noche, para no hacer distingos. La aristocracia, bendecida por sus títulos nobiliarios protectores, gobernaba un mundo desigual.

Cuando hace años conocí a Chicho Sánchez Ferlosio (me lo presentó mi amigo Alberto Pérez, el cantante de boleros), yo ya había escuchado algunas de sus canciones demoledoras. Las que cantaba él, y las que musicó para Amancio Prada a partir de poemas de Agustín García Calvo, que había sido mi profesor de latín en la Complutense. De todas las canciones de Chicho, la que más me gustó siempre, con diferencia, era una que cantaba con Rosa, su compañera de toda la vida. Se titulaba Coplas retrógradas, y la grabó en 1982, pero yo la escuché por primera vez en La Mandrágora, un día en el que le hicieron hueco en su espectáculo Alberto Pérez, Joaquín Sabina y Javier Krahe. Chicho desgranaba las críticas contra el Estado estrofa a estrofa:

Dicen que son mis coplas
del diecinueve
porque digo que es blanca
la blanca nieve.
Yo no me enfado,
que mi siglo parece
que no ha empezado.

Después y durante la Edad Media, la iglesia fue tomando posiciones de poder. En la época de los griegos y los romanos el poder religioso estaba muy fragmentado y en manos de muchos dioses que, además, a imagen y semejanza de los humanos, luchaban entre ellos por el poder en el monte Olimpo. Había semidioses e infradioses, los héroes competían con ellos, y las mujeres humanas podían seducirles. Unos dioses de andar por casa (y no solo los dioses domésticos). Pero los cristianos trajeron un dios furioso, celoso y feroz. El dios cristiano exigía exclusividad, droga dura, heroína inyectada: basta ya de blandenguerías de hachís doméstico. Un dios como dios manda, en mayúscula y con mala hostia: Dios, sin más. Y las brujas, a la hoguera. Así que los aristócratas tuvieron que arrimar una silla y hacer hueco a los nuevos arribistas, obispos y arciprestes. A fin de cuentas una excomunión no era algo que pasara desapercibido, y esos santones vestidos son sotanas decían tener un contrato con Dios, le hablaban al oído, lo escondían a oscuras en el copón de la sacristía. En realidad esos obispos eran los hermanos segundos de la aristocracia. El mayor heredaba todos los títulos y las tierras, para que no se fragmentara el poder. El segundo se quedaba sonándose los mocos, así que lo metían en un convento con una dote y lo nombraban obispo. Poder económico y poder religioso dentro de la misma familia: el conde y el obispo cenaban juntos el domingo. Al terminar la cena el conde se follaba a una recién casada, pero antes el obispo le regaba el coño con el hisopo de agua bendita, por aquello de desinfectar el mal. Y Chicho no deja de cantar:

Dicen que son mis coplas
del dieciocho
porque yo a lo podrido
lo llamo pocho.
Ay, Pero Grullo,
si tuvieran las cortes
consejo tuyo.

Pero había aristócratas con más de dos hijos, así que el tercero se quedaba en el castillo soplando moscas y mirando al techo. “Tenemos que hacer algo con Tercero, que se nos va a enquistar”. “Pues mira, que se meta en el ejército, así tendrá algo que hacer: que conquiste tierras y mate moros, que hay muchos. Es un oficio respetable, ¿no te parece?” Así que Mambrú se fue la guerra, mire usted qué pena. No sé cuando vendrá, do-rre-mí, do-rre-fá, no sé cuándo vendrá. Y al regresar el tercero le enseñó a sus dos hermanos mayores la sangre que aún chorreaba por su espada, y sin envainarla de nuevo les preguntó si no habría un trocito de pastel para él también, que el poder siempre da mucho morbo y apetece. Y claro, con esos argumentos de peso, es fácil ceder, y le hicieron hueco en el consejo de ministros. Aristocracia, iglesia y ejército, todo sin salir de la familia. Para qué más. Chicho sigue cantando, a su puta bola:

Dicen que son mis coplas
del diecisiete
porque ataco a los miembros
del gabinete.
Son tan modernos
que provocan la envidia
de otros gobiernos.

El Estado, hasta la revolución francesa, contemplaba estos tres estamentos, que eran uno solo, pero había que disimular. Ni el ejército se iba a levantar contra la iglesia, ni la iglesia iba a dejar mimar a la aristocracia, ni los aristócratas iban a dejar de regalarle cañones a los militares. Todo queda en familia. ¿Cuántos aristócratas había en los gobiernos de la reina Victoria o Carlos III? Pues todos, qué bobería. ¿Cuántos ministros eran militares en la época de Franco? Pues todos, leche, todos. Poco a poco se fueron colando los del Opus, y así hasta que llegó la democracia.

Ahora las cosas dicen que están cambiando. Ya no importan los títulos nobiliarios. Han perdido lustre. Ahora importan los títulos universitarios. Las nuevas catedrales se llaman universidades, los nuevos semilleros del poder están en la Universidad. ¿Cuántos ministros de los actuales gobiernos tienen título universitario? Pues todos. ¿Cuántos parlamentarios son universitarios (abogados exégetas, hermeneutas de las leyes, la mayoría)? Pues el 90 por ciento, tirando por lo bajo.

A mí no me salen las cuentas, porque eso no representa el mismo porcentaje de los españoles medios. Antiguamente, la minoría de aristócratas, obispos y generales dominaban los despachos ministeriales y del poder. Eso no ha cambiado: solo se ha disfrazado. ¿Cuántos españoles son universitarios? Pues el 12 %. ¿Y nadie se extraña de que el 12 % ocupe el 90 % de los puestos de poder? La desproporción es exagerada. ¿No se parece a la misma desigualdad de los aristócratas en poder en la Edad Media? Ahora hay una nueva casta que ha secuestrado el poder, que ha derrocado a los tres hermanos mayores, pero sin dejar el poder fuera de la Familia. El cuarto hermano se puso a estudiar, y jubiló a los mayores, pero es importante que el poder siga controlado dentro de la Familia. Ahora son los universitarios los neo-príncipes, como antes los aristócratas, los obispos y los militares. Vuelven a mandar los títulos, de licenciado para arriba. ¿Usted no ha sido bautizado en la universidad, no ha sido bendecido por el rector, no tiene una orla, un uniforme y una foto del viaje de fin de carrera a Atenas? Pues usted no pinta nada. Usted no tiene criterio, y se la vamos a meter doblada. Agáchese, por favor, y mire fijamente en dirección a Santiago de Compostela. Haga el favor de facilitar las cosas mientras me desabrocho la bragueta. Chicho insiste, haciendo suyo el túnel del tiempo:

Dicen que son mis coplas
del dieciséis
porque digo los fechos
que vos faceis.
Vuesos entuertos
por doquiera nos facen
presos o muertos.

Y yo digo que no puede ser la universidad la única representada en los centros del poder. No puede ser que una minoría que mayoritariamente tiene origen burgués siga controlando el 90 por ciento de los mecanismos del poder (en los gobiernos, en las empresas, en las autonomías, en los ayuntamientos, en la banca, en la prensa), mientras el otro 90 por ciento, herederos centenarios de los siervos de la gleba, siguen siendo ninguneados. Y digo que existen otros cauces, otros mundos, otros saberes, otras éticas, que no son las de los paraninfos. Existen gremios, sindicatos, cooperativas, autogestiones, asociaciones, y formas de cultura popular, música, oralidad y solidaridad extramuros de la universidad. Existe un universo mil veces más grande que los campus que se pretende negar e invisibilizar. Los parias son los mismos de siempre, siglos de esclavitud los contemplan, pero ahora los nuevos reyezuelos muestran el desprecio y la soberbia agitando un título universitario que les devuelve una vez más el derecho de pernada.

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Fotos capturadas con Google. Si son tuyas dímelo y te cito o las borro.

miércoles, 14 de enero de 2009

Jueces golpistas

La democracia, después de 5000 años de historia, ha conseguido que los ciudadanos elijan a sus representantes mediante elecciones libres, y esa Asamblea de diputados que representa al pueblo tiene el encargo de redactar y aprobar las leyes con letra clara y pocas ambigüedades. A pesar de ello, o por encima de ello, existe un colectivo, el de los jueces, nacidos en su gran mayoría del vientre rancio de la burguesía, estudiantes morosos gracias al dinero de papá, que tras licenciarse en Derecho, han conquistado una áspera oposición a la judicatura. Como premio han conseguido un puesto de trabajo gubernamental estable, muy bien pagado, y con prestigio indudable. Ellos leen las leyes y las traducen a su libre albedrío, según su conciencia burguesa y acomodaticia, su conciencia anestesiada por la buena vida. Son los nuevos aristócratas, los Grandes de España, y se niegan a perder el poder que por linaje y soberbia creen que sigue siendo suyo. Si el pueblo elige a unos representantes que legislan, ellos, los jueces, reinterpretan las leyes, y someten la representación popular a golpe de sentencias judiciales contra todo aquello que no les guste, tanto si son Estatutos autonómicos como si son matrimonios gays.
Con Franco estaban más cómodos, y su conciencia libre y pura no se inmutaba al aplicar sentencias de muerte, ni al encarcelar a homosexuales, secuestrar a la prensa y enjaular a la oposición. De casta le viene al galgo. Las dictaduras no suelen enfrentarse a los jueces, porque les es más fácil contratarlos como cofrades y sirvientes.
La democracia limita el poder caprichoso de los jueces, y eso les jode. ¿Cómo es posible que valga lo mismo el voto de un juez que el de un albañil embrutecido? De eso nada. Los jueces se rebelan y se hacen dueños de la hermenéutica judicial. Parecen decir: “Las leyes dirán a partir de ahora lo que nos salga de los cojones.”
No siento ningún respeto hacia esos jueces golpistas que ahora se ponen en huelga porque se les empieza a señalar con el dedo, hacia esos jueces incapaces de hacer su trabajo con un mínimo de decencia (¿no se les ha ocurrido aún anotar en una agenda las fechas topes para recurrir o ejecutar sentencias contra delincuentes peligrosos?). Dicen que la justicia está saturada desde hace décadas, pero jamás han levantado la voz. Ahora sí, ahora que su trabajo se pone en entredicho, ahora que sus opiniones no son leyes, ahora que no hay reverencias a su paso, es cuando enseñan los dientes podridos y se rasgan las togas.
Ya escucho sus quejas: “Ah, no, es que tengo mucho trabajo y no tengo medios, así que consiento que mi juzgado esté empantanado, dejo en libertad a los criminales, pido aumento de sueldo, y me atrinchero en la Sala.” Señor juez, si su trabajo no lo puede realizar en condiciones y aún no sabe cuáles son las prioridades, dimita y no se haga cómplice del desbarajuste. A usted, señor juez, le pagamos con nuestros impuestos; y sí, tenemos derecho a exigirle que cumpla con su triste trabajo de oficinista engreído. Y por favor, no reflexione, no es necesario, porque su independencia espiritual apesta a corporativismo y ambición desde hace siglos.
Ya lo dijo Lord Acton en 1887, y su pronóstico se renueva día tras día con enfermiza literalidad: “El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”.