Hace más de veinte años que no escribo sonetos, pero al visitar la estupenda página llena de cerezas en la nieve de Joseba Molina me entró envidia. Envidia cochina y amarilla. Cualquier pecado se redime al escribir, así que me puse a contar sílabas. Nunca es tarde, si el endecasílabo es bueno.
Ayer, mientras dormía, tuve un sueño:
Un arquitecto loco derribaba
mi casa, y una ardiente y ciega lava
oscurecía el cielo madrileño.
Miré por la ventana con el ceño
agarrotado. Comprobé si estaba
durmiendo la mujer que más amaba
y dormido en su cuna el más pequeño.
Aquello no era más que el fin del mundo,
me dije, no tendré que madrugar
nunca más. Regresé al sueño profundo
pensando en qué iba a hacer al despertar,
y al descubrir que vivo en un inmundo
territorio desierto frente al mar.