Para emociones desbordadas: Un pantano fangoso, un humedal con mosquitos, unos manglares con tortugas y cangrejos.
Para violencia seca: un polígono industrial, un congreso de farmacéuticos, unas favelas en el extrarradio de Río de Janeiro, una taberna abertxal en Donosti, una brownstone quemada en Brooklyn, de unos invernaderos de kiwis en Almería, un burdel en Ankara, unas chabolas de rumanos en Madrid.
Para arruinar la infancia: El patio de un colegio de jesuitas, las minas de oro de Perú, los chats de anorexia y bulimia, los contratos de castidad que firman padre-hija, los círculos de capacobardes del instituto, los campamentos de pederastas infiltrados en los boyscouts, los confesionarios parroquiales, los gimnasios.Para rendirse: Una ciudad al atardecer, el parque los domingos por la tarde, la sala de espera de un hospital, una biblioteca vacía, un puente dinamitado, un cementerio al mediodía, el aeropuerto, la estación de trenes, la zona de la piscina donde no se hace pie.
Para equivocarse: Un bar a las tres de la noche, un salón de bodas, una fiesta de fin de curso, el camino de Santiago, una comisaría a las seis de la tarde, la cola del paro, las siluetas a contraluz, las urnas electorales, las teclas del teléfono.
Para crecer: En plena guerra, en un monasterio del Tibet, en un barco mercante, en una silla de ruedas, en la consulta de un psicoanalista, en un asilo de ancianos, en una escuela primaria, en un departamento de medicina forense, en una granja de supervivencia, en una tienda de ortopedia, en un taxi.
Para nacer / para morir: A orillas del mar, en lo profundo del bosque, en pleno éxtasis (con sexo, con drogas, con dolor, con vértigo, con epifanías), debajo de un champiñón gigante, matando (a otro, a la madre, a uno mismo), con fuegos artificiales, en silencio y al fondo de una cueva.