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sábado, 27 de febrero de 2010

Si el corazón pensara

Leer novelas de amigos escritores siempre me produce una extraña inquietud. ¿Y si no me gusta, qué le digo? Porque un amigo puede ser muy buen amigo, y al mismo tiempo ser un mal novelista, y un excelente jugador de mus, y un pésimo ciclista, y un magnífico catador de vinos, y un cantante que desafina. Los amigos, y los hermanos, y los amores, son como son, son lo que son, y en algunas tareas funcionan bien, y en otras mal. No hay que pedirle peras al olmo.

Pero cuando me leo la novela de un amigo, y me gusta, me pongo contento. De pronto me veo liberado del penoso ritual de tener que decirle: “Mira, qué quieres que te diga, a mí me parece que tu novela hace aguas de cuando en cuando, aunque hay momentos brillantes, desde luego”. Porque si no tiene siquiera algún que otro momento brillante, entonces mi amigo novelista no solo no es novelista, sino que ni siquiera se da cuenta de que no lo es. O sea, que ni tiene madera de novelista, ni de crítico.

Es algo así como aquello que nos decíamos en el patio del colegio: “Chaval, tú eres tonto, y en tu casa no lo saben”. Un mensaje hermético para muchos. Yo siempre me quedaba pensando: “¿En mi casa no lo saben porque también son todos tontos? Pues vaya una familia de mierda que tengo. O a lo mejor es que no lo saben por otro motivo que, como yo soy tonto, no se me alcanza.” Dudas metafísicas que me hacían regresar a clase taciturno y enfurruñado.

La novela de mi amigo Antonio Rodríguez Almodóvar, “Si el corazón pensara” (Ed. Alianza) me ha gustado, aunque no sea perfecta. Gracias a Homero, profeta de los novelistas, la novela perfecta no existe. Si existiera sería como el jardín de los senderos que se bifurcan borgiano, y englobaría en su texto a todas las novelas del mundo. A la novela de Antonio Rodríguez Almodóvar le veo algunas fisuras, alguna que otra vía de agua, que no hunde el cascarón de su proyecto. Esa es una de las ventajas de las novelas largas (467 páginas) sobre los cuentos o relatos: el ritmo va marcado por mareas, y no por olas (por párrafos, y no por frases). Además se pueden permitir digresiones antinarrativas sin que su conjunto quede herido de muerte, cosa que no sucede con los relatos, obligados a ser mucho más técnicos, más milimétricos. El cuento, ya lo dijo Poe, comparte más características con el poema que con la novela.

¿Qué pasaría “si el corazón pensara”? La respuesta está antes de las dedicatorias, muy al comienzo del libro, y es una cita de Fernando Pessoa: “Si el corazón pensara, se detendría”.

Antonio quizá no lo sabe, pero es un gran novelista que aún está constreñido por el pensamiento. De algún modo la frase de Pessoa que le da el título a la novela, se aplica a la novela misma, de modo que cada vez que el narrador, Antonio, piensa, la novela decae, casi se detiene. Si el novelista pensara, su novela se detendría. Y así es. Los momentos más brillantes son justamente todos aquellos (afortunadamente la mayoría) en los que el novelista no piensa, el narrador se olvida de analizar o de hacer historia, y se deja arrastrar por el corazón desbocado de Rosa, Currito y Amparo. Entiendo perfectamente que Antonio Rodríguez Almodóvar haya gozado despellejando a Franco, a los falangistas, a Queipo de Llano y a cuanto obispo y/o fascista se le pusiera a tiro de sintagma. Son deudas históricas, y alguna vez tenía que cobrarlas. Poder llamar a Franco Gran Sapo, Tirano, Gran Genocida, general Ísimo de Moros Hambrientos y Legionarios Avarientos, Jefe de la Manada, Sumo Traidor, y otras tantas verdades más tiene que dar mucho placer, aunque la novela se resienta. “Ande yo caliente, y ríase la gente”, parece decir Antonio, que de seguro sabe que ese narrador subjetivo no es el más adecuado para narrar una novela, pero es que da tanto gustito…

Hay muchos momentos gloriosos. Mucho sexo. Mucha historia. Fútbol, putas, políticos, extraperlo, monjas, sindicalistas, policías, falangistas, obispos y anarquistas. Y unos personajes que crecen cada vez que pierden la cabeza y amordazan al narrador a golpes de corazón. Y grandes metáforas. Como la de ese sargento negro norteamericano, dueño de unos “grandes ojos de dinosaurio rezagado en la evolución natural de las especies.”

Antonio Rodríguez Almodóvar es el mayor folclorista de España, por no decir el único. Sus “Cuentos al amor de la lumbre” y los “Cuentos de la Media Lunita” reúnen la mejor y mayor colección de cuentos de tradición oral existente en la actualidad. Al final de la novela, como recordatorio de su trabajo de décadas en torno a la tradición oral, aparecen El Medio Pollito, el Gallo Kirico que se fue a las bodas de su tío Perico, y la historia de La hormiguita presumida y el ratón Pérez.

El final de la novela es uno de los grandes aciertos, muy al contrario de lo que le suele ocurrir a Arturo Pérez Reverte. El final de “Si el corazón pensara” es digno de un gran conocedor de las estructuras novelescas. El lector no quedará defraudado lo más mínimo (prohibido leer las últimas páginas por adelantado).

domingo, 25 de octubre de 2009

Con Antonio Rodríguez Almodóvar

La Biblioteca de Sarajevo fue bombardeada e incendiada el 25 de agosto de 1992 por la artillería del ejército serbobosnio. Tenía en sus fondos unos dos millones de libros y miles de documentos y manuscritos conservados a lo largo de siglos tanto por musulmanes como por serbios ortodoxos, croatas católicos y judí­os.

No es la primera, ni la última. Quemar bibliotecas es un deporte que se practica desde la antigüedad. Los dos incendios de la Biblioteca de Alejandría tienen prolongaciones en el presente. El domingo 13 de abril del 2003 la Biblioteca Nacional de Irak fue asaltada y quemada. En esa ocasión desaparecieron más de un millón de libros, así como tablillas cuneiformes sumerias que narraban la Creación o el Diluvio, ejemplares valiosos del Corán y la primera revista en lengua persa editada en el mundo.

El viernes nos levantamos temprano, nos fuimos al puerto de Santa Cruz y cruzamos en barco a la isla de Gran Canaria. Allí se iba a celebrar el Día de la Biblioteca, y teníamos una cita con Antonio Rodríguez Almodóvar para hablar de cuentos, novelas, tradición oral y de la Red Internacional de Cuentacuentos, a la que Antonio se ha incorporado como uno de los nuevos coordinadores desde hace poco.

Para quien no lo conozca (es difícil que así sea, siempre hay sucesos inexplicables), Antonio Rodríguez Almodóvar es el mayor estudioso de cuentos de tradición oral de cuantos existen en España. Es casi imposible encontrar una biblioteca que no tenga sus Cuentos al amor de la lumbre, o los Cuentos de la Media Lunita. Antonio no solo ha recogido la mayor y más exacta colección de cuentos de tradición oral de España, sino que sus estudios teóricos, bien asentados en Propp y en el estructuralismo, han generado la hermenéutica y taxonomía de cuentos más precisa de cuantas se han publicado. Recomiendo desde aquí El texto infinito (podréis leer en la web de la Red Internacional de Cuentacuentos su Introducción), y el recién salido de imprenta Del hueso de una aceituna (nuevas aproximaciones a la literatura oral), editado por Octaedro, prolongación y apostillas a El texto infinito. Su trabajo de recopilación e investigación es impagable, por más que la editorial Anaya afirme que los cientos de miles de ejemplares vendidos de sus obras han sido puntualmente abonados. Ahora, además, se descuelga con una novela para adultos, con ribetes eróticos de alta tensión en los últimos capítulos, que será publicada por Alianza editorial antes de fin de año.

En el Día de Biblioteca leyó el pregón uno de los grandes escritores canarios de literatura infantil y juvenil: Carlos Guillermo Domínguez, 85 años dedicados a la escritura. Luego estuvimos hablando de los orígenes de La Hora del cuento con Montserrat del Amo, otra de las grandes de la literatura y del cuento. Zoraida Rodríguez y Nieves Pérez Ribero, del Plan del Fomento a la Lectura, hicieron de buenas anfitrionas, nos condujeron hasta el Gabinete Literario, y nos pusieron un trozo de tarta en las manos. ¿Qué más pedir a la vida? Bueno, sí, una cosa: que dejen de una puta vez de quemar bibliotecas cada vez que a un energúmeno se le calientan tres neuronas.

Antonio Rodríguez Almodóvar, Bea y yo nos escapamos a hurtadillas del Gabinete Literario y nos fuimos a una terracita al aire libre a comer croquetas, tortilla y queso con tres pintas de cerveza a las puertas de la Biblioteca Municipal. La noche fue generosa y cálida como una mulata caribeña, y una orquesta de rumanos con saxo, contrabajo, violín, acordeón y pandereta nos rondaron con tangos y piezas clásicas de jazz. ¿Qué más pedir? Un gin-tonic y un Ballantine’s con hielo, por favor. Y que dejen de una puta vez de quemar bibliotecas, si no les importa.

Regresamos andando por la calle Triana hasta el hotel El Parque. ¡Qué buena noche, qué olor a mar! Seguimos repasando amigos comunes y geografías compartidas, proyectos de novelas y proyectos de vida (a veces las confundimos, quizá a sabiendas), memorias de la oralidad y memorias escritas. Pasado y futuro enmarcado en la sintaxis del proceso de escritura. A la mañana siguiente, después del desayuno, nos hicimos una foto. ¿Has soñado algo esta noche?, me preguntó Antonio. No me acuerdo bien, le dije, pero sí, ahora que lo dices, soñé que no volvían a quemar ninguna biblioteca. Era un sueño, claro.