No es la primera, ni la última. Quemar bibliotecas es un deporte que se practica desde la antigüedad. Los dos incendios de la Biblioteca de Alejandría tienen prolongaciones en el presente. El domingo 13 de abril del 2003 la Biblioteca Nacional de Irak fue asaltada y quemada. En esa ocasión desaparecieron más de un millón de libros, así como tablillas cuneiformes sumerias que narraban la Creación o el Diluvio, ejemplares valiosos del Corán y la primera revista en lengua persa editada en el mundo.
El viernes nos levantamos temprano, nos fuimos al puerto de Santa Cruz y cruzamos en barco a la isla de Gran Canaria. Allí se iba a celebrar el Día de la Biblioteca, y teníamos una cita con Antonio Rodríguez Almodóvar para hablar de cuentos, novelas, tradición oral y de la Red Internacional de Cuentacuentos, a la que Antonio se ha incorporado como uno de los nuevos coordinadores desde hace poco.
Para quien no lo conozca (es difícil que así sea, siempre hay sucesos inexplicables), Antonio Rodríguez Almodóvar es el mayor estudioso de cuentos de tradición oral de cuantos existen en España. Es casi imposible encontrar una biblioteca que no tenga sus Cuentos al amor de la
En el Día de Biblioteca leyó el pregón uno de los grandes escritores canarios de literatura infantil y juvenil: Carlos Guillermo Domínguez, 85 años dedicados a la escritura. Luego estuvimos hablando de los orígenes de La Hora del cuento con Montserrat del Amo, otra de las grandes de la literatura y del cuento. Zoraida Rodríguez y Nieves Pérez Ribero, del Plan del Fomento a la Lectura, hicieron de buenas anfitrionas, nos condujeron hasta el Gabinete Literario, y nos pusieron un trozo de tarta en las manos. ¿Qué más pedir a la vida? Bueno, sí, una cosa: que dejen de una puta vez de quemar bibliotecas cada vez que a un energúmeno se le calientan tres neuronas.
Antonio Rodríguez Almodóvar, Bea y yo nos escapamos a hurtadillas del Gabinete Literario y nos fuimos a una terracita al aire libre a comer croquetas, tortilla y queso con tres pintas de cerveza a las puertas de la Biblioteca Municipal. La noche fue generosa y cálida como una mulata caribeña, y una orquesta de rumanos con saxo, contrabajo, violín, acordeón y pandereta nos rondaron con tangos y piezas clásicas de jazz. ¿Qué más pedir? Un gin-tonic y un Ballantine’s con hielo, por f
Regresamos andando por la calle Triana hasta el hotel El Parque. ¡Qué buena noche, qué olor a mar! Seguimos repasando amigos comunes y geografías compartidas, proyectos de novelas y proyectos de vida (a veces las confundimos, quizá a sabiendas), memorias de la oralidad y memorias escritas. Pasado y futuro enmarcado en la sintaxis del proceso de escritura. A la mañana siguiente, después del desayuno, nos hicimos una foto. ¿Has soñado algo esta noche?, me preguntó Antonio. No me acuerdo bien, le dije, pero sí, ahora que lo dices, soñé que no volvían a quemar ninguna biblioteca. Era un sueño, claro.
5 comentarios:
Privilegiados. Menudo momento para atesorar. No os imaginais que envidia me dais. Y encima justo ahora que voy a empezar a trabajar con los "cuentos de la media lunita".
También ha existido la mala costumbre de quemar a los creadores de libros, alimento indispensable de las bibliotecas, ¿o debería decir 'existe'?
Un abrazo.
Qué día más bonito pasasteis!
Y si, ojalá no se quemen más bibliotecas...
Besicos
Ojalá tu sueño se convierta en realidad. Ninguna bibliotecas deberían conocer el fuego sino el tiempo.
Excelente crónica, Enrique.
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