pero escucha un gemido intermitente, de cuando en cuando, y ese lamento le taladra el tímpano hasta lo insoportable, y al mismo tiempo le da alguna esperanza. Sophie remueve adoquines con una fuerza que desconoce, y cada piedra que mueve queda marcada con una huella de sangre procedente de sus manos. Sophie no se rinde. Al levantar una puerta tumbada descubre una pierna diminuta que asoma entre el polvo. Es la de su hija Anne, lo sabe por la sandalia rosa que aún lleva puesta. Se abalanza desesperada, pero en el mismo momento en el que toca la pierna de Anne, tan frágil, tan fría, sabe que está muerta desde hace varias horas. Va a desenterrarla, pero el mismo gemido intermitente, a sus espaldas, le hace regresar al centro de la casa y escarbar con furia. Ahora lo escucha con más nitidez, y se estremece al escuchar un lamento que ni siquiera parece humano. Podría ser su marido, o alguno de sus otros tres hijos, supervivientes del terremoto. Ayudándose de una palangana metálica a modo de pala, desescombra y remueve hasta llegar al origen de los sollozos. Al fin lo consigue, pero no es su marido, ni ninguno de sus hijos. Todos están muertos. Sophie está sola, porque el gemido que arranca debajo de las piedras es de Blaqui, el perro de los niños.
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jueves, 14 de enero de 2010
Sophie
Al amanecer Sophie, una mujer negra, ensangrentada y medio desnuda, araña los escombros de su casa a las afueras de Puerto Príncipe, en Haiti. Sabe que sus cuatro hijos pequeños y su marido están debajo de las paredes derruidas. Sophie no puede verlos,
pero escucha un gemido intermitente, de cuando en cuando, y ese lamento le taladra el tímpano hasta lo insoportable, y al mismo tiempo le da alguna esperanza. Sophie remueve adoquines con una fuerza que desconoce, y cada piedra que mueve queda marcada con una huella de sangre procedente de sus manos. Sophie no se rinde. Al levantar una puerta tumbada descubre una pierna diminuta que asoma entre el polvo. Es la de su hija Anne, lo sabe por la sandalia rosa que aún lleva puesta. Se abalanza desesperada, pero en el mismo momento en el que toca la pierna de Anne, tan frágil, tan fría, sabe que está muerta desde hace varias horas. Va a desenterrarla, pero el mismo gemido intermitente, a sus espaldas, le hace regresar al centro de la casa y escarbar con furia. Ahora lo escucha con más nitidez, y se estremece al escuchar un lamento que ni siquiera parece humano. Podría ser su marido, o alguno de sus otros tres hijos, supervivientes del terremoto. Ayudándose de una palangana metálica a modo de pala, desescombra y remueve hasta llegar al origen de los sollozos. Al fin lo consigue, pero no es su marido, ni ninguno de sus hijos. Todos están muertos. Sophie está sola, porque el gemido que arranca debajo de las piedras es de Blaqui, el perro de los niños.
pero escucha un gemido intermitente, de cuando en cuando, y ese lamento le taladra el tímpano hasta lo insoportable, y al mismo tiempo le da alguna esperanza. Sophie remueve adoquines con una fuerza que desconoce, y cada piedra que mueve queda marcada con una huella de sangre procedente de sus manos. Sophie no se rinde. Al levantar una puerta tumbada descubre una pierna diminuta que asoma entre el polvo. Es la de su hija Anne, lo sabe por la sandalia rosa que aún lleva puesta. Se abalanza desesperada, pero en el mismo momento en el que toca la pierna de Anne, tan frágil, tan fría, sabe que está muerta desde hace varias horas. Va a desenterrarla, pero el mismo gemido intermitente, a sus espaldas, le hace regresar al centro de la casa y escarbar con furia. Ahora lo escucha con más nitidez, y se estremece al escuchar un lamento que ni siquiera parece humano. Podría ser su marido, o alguno de sus otros tres hijos, supervivientes del terremoto. Ayudándose de una palangana metálica a modo de pala, desescombra y remueve hasta llegar al origen de los sollozos. Al fin lo consigue, pero no es su marido, ni ninguno de sus hijos. Todos están muertos. Sophie está sola, porque el gemido que arranca debajo de las piedras es de Blaqui, el perro de los niños.
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