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martes, 10 de enero de 2012

Los niños están para comérselos

Yo siempre quise comerme un niño. Todos lo hemos pensado alguna vez cada vez que nos asomamos a una cuna en casa de amigos o a un cochecito en el parque. “¿No está para comérselo?”, nos pregunta la madre. Vaya que sí.
Yo creo que a la parrilla puede estar muy bien, en una barbacoa, sin más misterio. O también al horno, a cuatro patas y en posición fetal, con una manzana reineta en la boca, una ramita de perejil en el culo, y dos rodajas de limón entre los muslos. O la mejor de todas: empalado y dando vueltas en un asador como en los dibujos de Asterix el Galo, o los pollos a L’ast de la avenida de la Albufera. Quizá con un chorrito de limón, o de vino blanco, una pizca de mostaza, y la piel untada con aceite. Los riñones, el hígado, los pulmones, las criadillas y el corazón aparte. Igual que los sesos y la lengua. Aparte no quiere decir a la basura, mucho cuidado, sino servido en un costado de la fuerte para poder diferenciar los sabores de muslo y pechuga con respecto al resto de la casquería. Desde mi punto de vista con los intestinos no hay nada que hacer. Son demasiado pequeños y estrechos, y no dan ni para hacer unas morcillas escuálidas de arroz o de cebolla. Y con la sangre tampoco, aunque los hay que consiguen solidificarla con un poco de gelatina, la cortan en pequeños taquitos y hacen un sofrito con cebolla y ajo. No digo que no esté mal, ni mucho menos, pero es que da mucho trabajo, y es un pringue. Yo, personalmente, me quedo con el magro. Pierna y brazo, o pata y paletilla, como lo quieras llamar.
Consejo: No hay que hacerlo mucho, porque es una carne muy tierna y se reseca en seguida, lo cual sería una pena. Los mejores son los niños añojos, de entre uno y dos años; o mejor aún si son lechones, de los que aún no ha sido destetados y ni siquiera han probado los potitos de Nestlé. Eso sí que son manjar de dioses.
Segundo consejo: A la madre no la inviten a comer, que en cuanto te descuidas se mosquea y te monta el pollo del año.