antidepresivos, sexo y adrenalina (no todo al mismo tiempo, no se amontonen). Un viento helado se cuela entre la ropa a todas horas. Con los analgésicos la desolación no desaparece, pero poco a poco se transforma en una cicatriz afectiva. Un taponamiento en los ojos, en los oídos, en la nariz. Eso es lo que me pasó. Al principio pensé que era como una callosidad, una aspereza en los sentimientos, pero no es así: es más bien una desgarradura, con los bordes algo más sensibles que el resto de la piel. La piel despellejada. Se puede aguantar, aunque queda la memoria, el recuerdo de la herida. Molesta la ropa y la desnudez. Es como un cuerpo desconchado, con moratones. Se irrita un poco con los cambios de estación, con las fotos familiares, con el nombre que se pronuncia, o con los paisajes paralelos que recuerdan al muerto. Pero el tiempo pasa, con la misma tozudez con la que rompen las olas contra la roca. El cuerpo se recompone, igual que lo hizo tras los arañazos de la infancia, o después de alguna amputación quirúrgica. La pérdida y el vacío. Luego queda el muñón, y el dolor en la mano inexistente, que se agarrota y escuece aunque ya no exista.Casi termina el año. En este año he escrito dos novelas cortas, he cambiado de casa y continente, Elías se fue a vivir con Natalia, he enterrado a mis dos padres, he llorado como si no supiese de sobra que la muerte es necesaria. Ahora cada vez que levanto la vista de mi portátil, veo el mar inmenso, infinito, con un horizonte que se aleja y se curva, y eso me tranquiliza. Un año acaba, y otro empieza. Ley de muerte. Ley de vida.
Quiero daros las gracias a todos los que habéis estado dándome ánimos. No pude responder, pero me llegó hasta el último aliento vuestro. Gracias, muchas gracias.