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martes, 3 de noviembre de 2009

El mes de los muertos: Ayala y Lévi-Strauss

Acaba de empezar noviembre, y ya se han muerto Francisco Ayala y Claude Lévi-Strauss. El primero era el único de la generación del 27 que quedaba con vida, y el segundo el auténtico creador de la antropología estructuralista (la única coherente, hasta la fecha). Es posible que no se conocieran, y muy probable que se hayan leído el uno al otro a los largo de sus vidas centenarias. Juntos sumaban más de 204 años de escritura, investigación y exilios. No, Claude Lévi-Strauss no inventó los pantalones vaqueros, eso lo hizo otro Levi Strauss, un fabricante de telas de origen alemán que murió seis años antes de que naciera el antropólogo francés. Ahora se encontrarán juntos en el submundo de los cementerios, y a lo mejor se intercambian los pantalones mientras Francisco Ayala les lee algunos de sus relatos de El jardín de las malicias.

La verdad es que cuando se tienen más de 100 años, como era en ambos casos, ya poco queda por hacer o por decir, aparte de morirse y que todos se sorprendan. La naturaleza termina de hacer su trabajo ecológico con un poco de retraso. Francisco Ayala estaba cansado hasta de su nombre, según dijo en algunas ocasiones. Con 103 años la muerte se convierte en impaciencia. Todas las fotos son la última foto, todas las entrevistas la última entrevista, todos los libros el último libro. Imagino que los estudiosos y admiradores de Levis-Strauss y de Ayala que lograban acercarse lo hacían con la conciencia de estar ante la presencia de una leyenda que por un error de la biología aún está viva. No hay manera de cerrar el currículum final, y en todas las contraportadas de sus libros permanece un paréntesis con la fecha de nacimiento seguida de un guión huérfano que se asoma a un precipicio en blanco, una fosa abierta, una navaja que apunta al corazón del autor, a la espera de sepultar muy pronto su historia con la clausura del guión: (1906- ), (1908- ).

No conocí personalmente a ninguno de los dos, y los leí a los dos. Ellos dirían que sí, que estaban en los libros, que hablamos muchas veces en ese diálogo abierto en el tiempo, a contrapié, como todos los diálogos de los libros. Yo pasé muchas horas siguiendo los derroteros de sus pensamientos, recuperando a solas el discurso que habían elaborado tiempo atrás, también a solas. Menos mal que los libros no mueren, y que podré volver a conversar con ellos, siempre que no pretenda hacer muchas preguntas. Siempre que no busque demasiadas respuestas. Los buenos autores nunca dan respuestas, sino que amplifican las preguntas, y hasta te obligan a formular otras nuevas, desconocidas antes, que no tienen respuesta. Los que tienen respuestas se llaman beatos, ayatolas o creyentes. Los que tienen preguntas son los críticos, los inconformistas, los exploradores. Por supuesto que también hay preguntas con respuesta: ¿Qué tenemos hoy para cenar? Tortilla de patatas. Y en efecto, habrá tortilla. ¿Quién aceptará el próximo soborno? Será un cargo público, entre concejal y diputado. Pero esas preguntas son demasiado simples. Es el lenguaje en función fática. Ah, sí. Ajá. Claro, claro, por supuesto. ¡No me digas! Pues sí, como te lo cuento.

El mes de los muertos. Peancha está llorando en La Laguna, estoy seguro, porque hace un año murió mi madre (la misma que la suya) tras una agonía imperdonable. Y dos semanas después, mi padre. Siempre es en noviembre, siempre otoño, cuando llega el frío y el cuerpo se convierte en nieve. Ya lo advirtió César Vallejo: “Me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo.” Estamos en noviembre, pero no pienso morirme todavía. Quita, quita, qué disgusto. Además, yo por una tortilla de patatas soy capaz de matar a la muerte, y aún no he cenado. Va siendo hora.