era una revista oficial, del Ministerio de Administraciones Públicas o algo así, pero tenía una tirada de 800.000 ejemplares. Una barbaridad. A mí me pareció que alguien que dirigía una revista y que tenía bajo su batuta a un grupo de redactores, si se apuntaba como alumno al Taller de Escritura era porque definitivamente tenía muchas ganas de escribir. Y no me equivoqué. Cada semana Alfonso traía su relato recién escrito, y lo leía en alto para someterlo a la crítica feroz de todos los presentes. A veces nos traía pruebas de imprenta de artículos que escribía para otras revistas, y salía con la columna llena de anotaciones para corregir antes de que las máquinas de la imprenta se pusieran en marcha. Entre sus compañeros, ese año, estaban Javier Sagarna (actual director de la Escuela de Escritores), Magdalena Tirado (actual profesora de Novela en Fuentetaja), Inés Arias de Reyna, Carmen Cacho, Lola Escudero, Lourdes Casanova, María José Guillén Rubio, Antonio Huerta, Ana Cristina López Corral y Ana Ossenbach. Más de la mitad han terminado publicando algún libro, supongo que aquella fue una buena añada. Pero el caso de Alfonso fue especial, porque al finalizar el primer curso de Relato breve, juntó los relatos que había escrito a lo largo de los tres trimestres, y los presentó al premio Fernández Lema. Y lo ganó. El libro se publicó con el nombre “Propósito y Excusa”. El jurado justificó al premio diciendo que era asombroso el despliegue de técnicas narrativas diferentes desarrolladas a lo largo de los relatos: parecía casi como si hubiesen sido escrito por distintos autores. Y no, no hubo distintos autores; solo Alfonso, que se ciñó como alumno aplicado al programa de Relato breve de ese año, el cual proponía la escritura de un nuevo cuento cada semana desde un punto de vista diferente, o jugando con el tono narrativo, o a partir de un modelo chejoviano, o con estructura de monólogo interior, y un largo etcétera (hasta 36 sesiones en nueve
meses). Al año siguiente Alfonso se inscribió en el curso de Novela, y durante nueve meses le acompañé en el viaje alucinante de construir la trama y los personajes de su novela “Al final de la mirada”, que ganó el premio Juan Pablo Forner 1998, y que se publicó en la colección Andanzas de Tusquets, junto con las de Almudena Grandes y Luis Landero. Nunca un profesor ha estado tan orgulloso de los triunfos de un alumno como lo estuve yo entonces.Desde entonces, Alfonso es mi amigo. Ha seguido ganando premios, y publicando novelas y libros de relatos. Y desde hace cinco años imparte los cursos de Novela del Taller de Escritura de Madrid. Dice que es su modo de devolver lo que recibió en su momento, y que en realidad pagaría, en lugar de cobrar, por impartir esos cursos. También ha fundado la editorial Gens, que publica solo narrativa de alta calidad.
Ahora me acaba de enviar un correo: dice que le ha llamado el Concejal de Cultura de su pueblo, Jabugo, para comunicarle que el Ayuntamiento ha decidido ponerle su nombre a la biblioteca de su municipio. Biblioteca Alfonso Fernández Burgos. Está más contento que el espejo de Scarlett Johansson, y dice que lo próximo será una estatua ecuestre, pero que le da un poco de miedo. Yo le digo que se convierta en glorieta, y mejor aún si tiene fuente.
No sé. Todo esto me da un poco de yuyu, porque si mi amigo Alfonso se convierte en biblioteca, tiene que ser porque ya estamos viejos de cojones.