domingo, 18 de febrero de 2018

Pompeya, año 2079

Sigo enganchado a la serie Shameless, temporada 14, que emiten a través de Netflix. A los guionistas se les va la pinza cada vez más. La familia entera, desde Fiona hasta el pequeño Liam, fueron secuestrados hace tres temporadas, después fueron fusilados, y ahora regresan convertidos en una ONG de zombies transexuales sintoístas. Frank Gallagher tiene muchas posibilidades de convertirse en presidente. 
Me aparto la mano de la boca y dejo de comerme uñas y padrastros, porque otra vez me he hecho sangre sin darme cuenta. Ringo, mi Golden Retriever, me lame los dedos y pone su cabeza debajo de mi mano para que le acaricie. Le rasco detrás de las orejas y en el entrecejo sin apartar los ojos del televisor. Suena el teléfono, y por el tono sé que es Marcela la que está llamando. No puedo hablar con ella. Ahora no. La llamaré cuando regresen los anuncios. 
Un fogonazo de luz que llega a través de la ventana me hace desviar la vista, pero no veo nada. No veo nada. Todo está oscuro. La ventana no existe. 
Y de pronto recuerdo que no tengo televisor, que jamás he tenido un perro, que soy ciego, que nunca conocí a Marcela, y que solo soy un vampiro inmortal enterrado en las laderas del Vesubio desde hace dos mil años, cansado ya de imaginar mundos trastornados.
(c) Enrique Páez

1 comentario:

Inés Arias de Reyna dijo...

Ese punto de giro maravilloso :). Me ha encantado leerte.