lunes, 5 de marzo de 2012

Máscaras

Soy el hombre sin rostro. Tengo ocho máscaras colgadas en la pared: mi vestuario privado de gestos. No necesito más. Antes, dependiendo del día, con quién quedaba, o qué quería conseguir en ese instante, me ponía la careta que creía más apropiada. Pero siempre me equivocaba. Para conseguir trabajo me colgaba la cara de alegría, pero eso no les gusta a los jefes, que suelen preferir el cansancio. Para regatear los precios en un mercadillo usaba la incredulidad, cuando lo que de verdad necesitaba era la sorna, y a veces la tristeza. Para enamorar a una chica usaba el asombro, cuando tenía que haber usado el dolor, y hasta la furia. Es raro, lo sé, yo no tengo la culpa. No entiendo nada. Ahora uso las máscaras al azar, y parece que funciono mejor. Ya soy un ciudadano normal. Mis hijos dicen que soy un buen padre. A veces ni me acuerdo de que no tengo rostro.
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Imagen: Flávio Brandao

1 comentario:

Miguel de Esponera dijo...

Si dudas sobre la máscara adecuada, elige siempre la más cara. Por desgracia suele acertarse entonces.

Qué bueno eso del "vestuario privado de gestos".