miércoles, 16 de marzo de 2011

Vaso roto

Estoy preocupado. Tengo el ceño fruncido. Me rasco el coco.
Y todo empezó ayer, que estaba llenando el lavavajillas de loza y cubiertos, cuando se me resbaló un vaso, y se hizo añicos.
Crash.
Me quedó polvo de cristal entre los dedos, y algunas astillas invisibles. Pero no sangré.
Me fui al baño y dejé correr el agua por la mano, para que los microcristales se fueran por las cañerías. Luego la sequé con cuidado, sin frotar.
Le puede pasar a cualquiera.
No tiene importancia.
¿Quién no ha roto un vaso?
Solo los que no los lavan, los que dejan que su madre se los lave (su madre a veces es su esposa, madres que se disfrazan de concubinas).
¿Que no quieres divorciarte? Pues no te cases.
¿Que no quieres morirte? Pues no nazcas.
No importa que no hayas decidido nacer (te vino impuesto), porque casi seguro que no decidirás morir (te vendrá impuesto).
Lo dice también el refrán español con otras palabras: "La que no está acostumbrada a bragas, las costuras le hacen llagas".
Así que se me rompió un vaso.
Que no es para tanto.
Además era de oferta, de Alcampo.
Menos de un euro.

Pero es que no es por eso.

Si la cosa se hubiera quedado ahí, pues vale, tiene un pase.

Pero es que durante la cena, horas después, calculé mal la distancia de mi mano a la copa de vino, recién rellenada con un Rioja baratillo, de Mercadona.
Y la empujé.
Y se cayó.
No se rompió, pero todo el vino se derramó sobre el mantel , y una buen parte fue a la alfombra.
Un pringue.
No es por el vino, que era del montón, ni por el mantel, de las rebajas de El Gato Preto, ni siquiera por la alfombra, de Ikea, normalilla.
No era por eso.
Bea me lo notó en la cara, y me dijo: "Derramar vino trae buena suerte". Tenemos que celebrarlo.
Yo le dije: "Vale, si es por eso, puedo rociar todo el salon con lo que queda en la botella".
"No, no", dijo ella, "así no vale. Tiene que ser por descuido, sin querer."

Estábamos celebrando el final de su libro de cuentos bilingües. Casi un año de trabajo, pero al fin estaba el manuscrito terminado, y enviado a la editorial.
Había que celebrarlo.
Llené de nuevo la copa y brindamos.

Pero a mí me me habían caído ya dos vasos en un día. O un vaso y una copa, que es lo mismo.
No importa, le puede pasar a cualquiera. La emoción, el despiste, el azar.
Claro, pero es que mañana es mi cumpleaños.
Un año más.
Un poco más viejo.
Un poco más torpe.
Vuelta a la infancia.
Involución.
El descenso.

No hace falta que lo diga Bea, ya me lo digo yo:
También un poco más lúcido.
Un poco más flexible (mentalmente, solo mentalmente).
Un poco más empático.
Un poco más sabio.
Y hasta un poco más feliz.

Ya, bueno, lo uno por lo otro.
Aunque al final lo otro acabará con lo uno.
A tumba abierta.

5 comentarios:

Ruth dijo...

Que se caigan todos los vasos que hagan falta.
¡Felicidades!

Edurne dijo...

Pues feliz cumpleaños, oiga!
Y ya podéis romper toda la cristalería, aunque sea de Bohemia!
;)

ZORIONAK!

Un abrazote!

Maria Coca dijo...

Muchas felicidades!!!!!

Siempre hay que celebrar los cumpleaños. Hay que celebrar lo bueno que nos ocurre, como sea.

Y es cierto: derramar vino trae buena suerte. Así que qué alegría!!!

Besos sin cristales.

Su dijo...

Llego aquí de rebote en rebote y mira... bonita reflexión de cumpleaños, que por cierto, feliz cumpleaños.

La edad ya se sabe, unas cosas se pierden y otras muchas se ganan.

Abrazos

Carmen dijo...

Muchas felicidades, Enrique. Y no sientas los años porque tú loa ganas. Cada año, algo mejor ¿no? Pues eso es vivir.