miércoles, 24 de marzo de 2010

La memoria que no tengo

Blanca Giles era de la pandilla, y tenía novio. Cuando yo la conocí ya estaba saliendo con Manolo Conde. Blanca vivía en Cea Bermúdez, y Manolo en Goya 116, qué casualidad, porque yo pasé mi infancia en el portal de al lado desde que nací hasta los 9 años, en que nos trasladamos a Caracas. Pero no, yo no recuerdo a Manolo de la infancia.

El Palacio de Deportes estaba en construcción, y cuando se inauguró empezaron los grandes espectáculos en su interior. Los carteles mostraban unas patinadoras con falditas diminutas, el culito en pompa y los brazos en abiertos en cruz: Holliday on Ice. Mis padres nuca me llevaron a verlo, y yo soñaba con las patinadoras cada noche. Luego cambiaron los carteles por los del Circo Price, y en ellos aparecía una trapecista columpiándose en bañador sobre un palito a 20 metros de altura: Pinito del Oro. A esa sí que me llevaron, mi padre no se puedo aguantar las ganas, y yo creí que al domador le iba a comer la cabeza un tigre. Qué miedo.

Pero no, a Manolo nunca lo vi por el barrio. No lo conocí hasta que Blanca me lo presentó 15 años más tarde: “Enrique, este es Manolo, mi novio”, me dijo hinchando mucho el pecho. Blanca era bajita y tetona, y una buenaza de cuidado. Seguimos siendo amigos cuando se casó con Manolo en Chinchón, y cuando tres años después se fueron a vivir a Málaga. Pero antes de trasladarse al sur vivieron en la calle Galileo y en San Hermenegildo, junto a San Bernardo. Blanca se quedó embarazada, y durante los exámenes de fin de curso los de la pandilla cruzábamos la noche a golpes de antetaminas (Centramina, Simpatina), pero ella se desvelaba solo con sobredosis de Optalidones disueltos en cocacola. Manolo le tenía prohibidas las anfetas. Pero a lo que iba, que me pierdo: en la terraza de Blanca había dos sillas de madera con brazos. Un día, aburrido de leer “Los conceptos fundamentales del materialismo histórico”, con un lápiz afilado y con letras grandes grabé perforando la pintura un poema espantoso en el reposabrazos. Decía así:

Blanca
desbanca
la banca
con el anca.
Aún manca
le arranca
la palanca.

El poema era malo, ya lo he dicho. Supongo que fue mi venganza contra Blanca por haberme recomendado el libro de Marta Harnecker.

No me da pena por la silla, ni por Blanca. No fue una putada demasiado grande, porque el fin de semana siguiente Manolo ya la había lijado y pintado nuevamente, y la había dejado como nueva. En realidad lo siento por mí mismo, porque aún me acuerdo de ese poema absurdo que nunca me gustó.

¿Qué por qué me da pena? Pues porque un día mi padre me dijo que la memoria tiene un límite, y que llega un momento en que ya no cabe más, y que entonces el cerebro elimina algunos recuerdos poco útiles para dejar espacio a los nuevos recuerdos, así que me yo me pregunto, no sin inquietud: ¿A qué amigo he olvidado, y que ahora debería llamar para quedar a comer el próximo domingo? ¿De qué trataba ese libro que me gustó tanto, y del que ya he olvidado hasta el autor y el título? No lo sé, está perdido en la memoria, por culpa de un poema horroroso que lo ha desterrado al olvido. Al menos Borges dejó un poema magnífico que todavía no he olvidado:

"De estas calles que ahondan el poniente,
una habrá (no sé cuál) que he recorrido
ya por última vez, indiferente
y sin adivinarlo, sometido

a Quién prefija omnipotentes normas
y una secreta y rígida medida
a las sombras, los sueños y las formas
que destejen y tejen esta vida.

Si para todo hay término y hay tasa
y última vez y nunca más y olvido
¿quién nos dirá de quién, en esta casa,
sin saberlo nos hemos despedido?

Tras el cristal ya gris la noche cesa
y del alto de libros que una trunca
sombra dilata por la vaga mesa,
alguno habrá que no leeremos nunca.

Hay en el Sur más de un portón gastado
con sus jarrones de mampostería
y tunas, que a mi paso está vedado
como si fuera una litografía.

Para siempre cerraste alguna puerta
y hay un espejo que te aguarda en vano;
la encrucijada te parece abierta
y la vigila, cuadrifronte, Jano.

Hay, entre todas tus memorias, una
que se ha perdido irreparablemente;
no te verán bajar a aquella fuente
ni el blanco sol ni la amarilla luna.

No volverá tu voz a lo que el persa
dijo en su lengua de aves y de rosas,
cuando el ocaso, ante la luz dispersa,
quieras decir inolvidables cosas.

¿Y el incesante Ródano y el lago,
todo ese ayer sobre el cual hoy me inclino?
Tan perdido estará como Cartago
que con fuego y con sal borró el latino.

Creo en el alba oír un atareado
rumor de multitudes que se alejan;
son los que me han querido y olvidado;
espacio y tiempo y Borges ya me dejan."

2 comentarios:

Beatriz Montero dijo...

Qué poema más bonito el de Borges. No me extraña que lo recuerdes. Besos.

Basilio dijo...

No es seguro que la memoria tenga un límite, y que desalojemos recuerdos para hacer hueco a nuevos conocimientos. Lo que ocurre es que se nos llenan de telarañas, los recuerdos. Los olvidamos en rincones oscuros y les ponemos encima periódicos viejos y libros y sueños a los que ya hemos renunciado: dejamos que la rutina nos lleve por caminos conocidos y olvidamos como viajar a aquellos recuerdos. Pero están ahí, esperando a que un dia, quizá cuando seamos viejos y no recordemos si es lunes o jueves o si hemos desayunado, entonces vuelva a pasársenos por la mente, o mejor, por el corazón aquella cara, aquél susto, aquella ansia, aquellas palabras, aquél beso. Por que recordar es eso, re-cordar, volver a pasar por el corazón. Y si algo pasó una vez por el corazón, seguro que, si encontramos un momento, volveremos a pasarlo por ahí de nuevo.
Un abrazo, amigo Enrique