sábado, 23 de febrero de 2008

Lo que no suma, resta

El día que Paco Mañas leyó su séptimo relato, ya llevábamos casi tres meses de clases en el Taller, y casi todos los alumnos eran capaces de localizar los lugares comunes más relevantes en los escritos ajenos. Siempre en los ajenos, porque en los propios es más difícil: están demasiado cerca, han sido cosidos con hilos invisibles de sangre y lágrimas, y están empañados por las vivencias. No recuerdo demasiado del relato, pero sí recuerdo, imposible olvidarlo, que en un momento de la historia Paco presentó a un nuevo personaje ante la audiencia: “Juvenal era un muchacho animoso y optimista”. La carcajada despertó de la siesta al vecino del tercero izquierda. Paco enmudeció, de pronto, sin saber qué había pasado, se ajustó las gafas y nos miró con asombro. Ya éramos amigos, así que habíamos empezado a perdernos el respeto. Isa Cañelles, que era más miope que Paco, pero igual de sensible, le explicó, entre risas, que no podía describir como “animoso y optimista” a un personaje que, para mayor obviedad, se llamara Juvenal, y fuera, qué remedio, un muchacho. “Animoso y optimista”, les recordé, son abstractos, inasibles, imposibles de fotografiar. Don´t tell, show (No lo digas, muéstralo). Demasiadas obviedades, demasiada impostura, demasiados adjetivos innecesarios, demasiadas redundancias, y poca naturalidad. “Pues no sé por qué no voy a poder decir de mi personaje que era animoso y optimista”, se quejaba Paco. Otra carcajada. Paco era un buen tipo, y aguantaba el chaparrón con entereza. Creo recordar que era ingeniero, curtido en ensayos de fatiga de materiales. Celia Herrero, la periodista, trató de calmarlo: “Déjalo, Paco, no discutas, que esta vez no llevas razón”, le decía. Yo intenté convencerle, una vez más, de que en un relato lo que no suma, resta. Que animoso es casi lo mismo que optimista, o está muy cerca, y que son notas propias de cualquier muchacho, que además se llamara Juvenal. Que era parecido a decir que “La pequeña Esther se durmió con una sonrisa infantil en los labios”. ¿Acaso una niña tiene otra opción diferente a la de poseer una sonrisa infantil? Otro asunto sería que la niña Esther se durmiera con una sonrisa perversa en los labios, porque, en principio, la perversión no pertenece al campo semántico de las niñas. Todavía.
“Ponme otro ejemplo”, decía Paco.
Vale. Exageremos un poco, para que lo veas: “La blanca, suave y esponjosa nieve caía mansamente sobre los tejados”. ¿Que qué sobra? Casi todo. Para empezar, los adjetivos “blanca, suave y esponjosa”, porque la nieve, en sí misma, no tiene más remedio que ser blanca, suave y esponjosa. Además, al tener los adjetivos antepuestos al nombre, hacen que la nieve sea aún más blanca, suave y esponjosa. Y para colmo, a la nieve no le queda más remedio que “caer mansamente”, así que sobra todo lo obvio, lo redundante, lo que no hace sino repetir rasgos intrínsecos de la nieve, y que, por lo tanto, enlentecen el relato. Solo con función enfática (lo vi con mis propios ojos) se podría admitir ese exceso.
Paco tenía paciencia. Aguantó tres años en el Taller de Escritura, y terminó escribiendo buenos relatos. Publicó varios en las antologías del Taller. Y sigue siendo un buen amigo, al que echo de menos. Pero desde entonces, como castigo cariñoso, para nosotros fue el animoso y optimista Paco.

6 comentarios:

Fernando Alcalá dijo...

¡Cómo me recuerdan estas anécdotas al taller al que voy desde hace un par de años! lo que se ríe uno. Y lo que aprende. Pero sobre todo lo que se ríe uno (de uno mismo sobre todo).

Recaredo Veredas dijo...

Hola Enrique. Buen post, tan obvio como necesario. �jala todos los autores tuvieran en cuenta tan elementales normas. Saludos.

maraña dijo...

Ay, los talleres.
Gracias por la visita y a tu pregunta, sí, sigo dando clases. Más que nada para tener un anecdotario como el tuyo :-)
Besos
Chiki

leo dijo...

Hola:
Qué difícil ver los propios errores. Me desespera. Llega un momento en que uno escribe con las tijeras de podar adjetivos en la mano.
Un saludín, maestro.

Carmen dijo...

Cómo me gustan tus recuerdos, Enrique, porque también me pertenecen un poco. Cuántos errores y qué dificil verlos en nuestros textos. Esta anécdota de Paco Mañas no la conocía pero sí a él. Un compañero fantástico del taller y al que se le echa de menos. Mira que si un día aparece por el blog.
No desesperemos.

Enrique Páez dijo...

Ya veo que todos habéis participado en talleres de escritura, algunos incluso desde la silla de coordinación (buena suerte Recaredo, besos Chiki).
Abrazos a mansalva