sábado, 12 de enero de 2008

Taller de Escritura (Inicio)

Hace quince años, en septiembre de 1993, después de un pavoroso verano en Calella del Mar cercado por hooligans y karaokes, puse en funcionamiento el Taller de Escritura de Madrid. Al principio, durante los cinco primeros años, en realidad se llamó Taller de Escritura Enrique Páez, sin más. Yo tenía entonces 38 años, cuatro novelas juveniles publicadas en el Barco de Vapor y en la editorial Bruño, y un hijo de trece años. Dinero no. Ni siquiera podía permitirme pagar el alquiler completo de una casa en Madrid, así que todavía compartíamos piso en la calle Monteleón 15, el epicentro de Malasaña, con Annie Pinto y su hija Marta. Las dos eran estupendas, pero estaban aún más perdidas que yo, que ya es decir. Los amigos de Annie que pasaban por allí tampoco ayudaban mucho a despejar dudas, sino más bien a fomentarlas: Miguel Ángel Mendo, Félix Lorrio, Antonio Lafuente (los tres Yetis), Moncho Alpuente, Blanca Berlín, Patricia, Jaime, Enrique Camarasa, Polo y los congelados… La movida madrileña languidecía de modo soporífero, y los yonquis morían a decenas en la plaza del Dos de Mayo, a cincuenta metros de nuestro portal, con las jeringuillas clavadas en los brazos y atragantados por las ensaimadas de crema de la pastería La Oriental. Pasé tanto frío aquel año que mis uñas se tiñeron de azul, como las de los tuaregs del sur de Mauritania. En los diez años anteriores yo había estado dando clases en colegios de primaria (Daoiz y Velarde en Alcobendas, Parque Aluche y Juan XXIII en Madrid, Public School 52 Sheepshead Bay en Nueva York), institutos de secundaria (Rey Pastor en Madrid, John Dewey High School en Brooklyn, NY), y hasta una universidad privada (Tracor Arts School, en Madrid). Pero, aunque estaba cerca, aún no había encontrado mi sitio, mi lugar de trabajo.
Lo encontré después del verano. Lo imaginé en agosto, sentado en una silla de lona en la playa de Calella, mientras Aída escandalizaba a su tía Marisa relatándole cómo su novio le pegaba de vez en cuando, pero sin mala intención, porque era su forma de expresarse.
--Cada uno es como es, ¿no, tía?
--Claro. Tú, por ejemplo, eres tonta, Aída.
Ese verano yo sabía que estaba haciendo algo mal, o que me faltaba hacer algo para cambiar el extraño círculo de tiza en el que estaba atrapado. Así que me leí tres o cuatro libros de autoayuda: Mis zonas erróneas, la historia del ratón cabreado porque alguien se había comido su quesito, Cuando digo NO me siento culpable, y hasta uno de Dienética, que aún no sé muy bien qué es. El pudor me impidió leer Usted puede sanar su vida, de Louise L. Hay. Estaba desesperado, había vendido mi alma al diablo, pero aún era decente.
No puedo decir que esté orgulloso de aquellas lecturas de Reader’s Digest, pero todos tenemos un pasado oscuro, y esto es una parte del mío. Otros votaban a Zaplana y a Álvarez del Manzano, y yo no dije nada.

En algún momento de esas lecturas erráticas, me caí del guindo. “Voy a montar un Taller de Escritura”, me dije. Yo había sido invitado como autor en dos ocasiones al Taller de Escritura de Clara Obligado para someterme a las preguntas de sus alumnas. Y Norma, mi amiga Norma, la que dejó viudo a Roberto Pepe y huérfano al pequeño Andrés, había muerto de cáncer unos años antes después de importar el modelo de talleres literarios desde Argentina. Irene Fernández Núñez todavía recuerda sus reuniones amasando arcilla para empaparse de tierra dúctil antes de arrancar palabras con el lápiz. Así que empecé a diseñar los programas de estudio, la estructura del Taller, y la publicidad. Fue el momento preciso, porque mes y medio después tenía seis grupos de 15 alumnos cada uno asistiendo a mis clases del Taller. José María Delgado Aguiar fue el primero en matricularse, a mediados de septiembre de 1993. Al principio fue un poco extraño, porque ni siquiera tenía local (impartía las clases en el salón de casa), ni sillas suficientes para todos ellos. Annie y Patricia se escondían como colegialas detrás de las cortinas para escuchar los relatos de los alumnos, y cuchicheaban como cotorras. En el Pepe Botella, el bar de María y Carlos que aún está en la Plaza del Dos de Mayo, me senté con los primeros alumnos de la tarde. Patricia Rivas siempre se sentaba a mi izquierda, mientras Marava Dominguez Torán, la pesadilla de Leopoldo María Panero, no paraba de hablar. Pero eso solo fue durante el primer mes de octubre, porque en noviembre ya nos habíamos mudado a la calle Manuela Malasaña 33, y allí permanecimos los cuatro primeros años. Las sillas de tijera que compré en el Rastro aún están en el Taller. ¿No os acordáis de la mesa larga, fabricada con dos tablones de aglomerado contrachapado de un metro por dos, alrededor de la cual nos sentábamos a escribir y leer los primeros cuentos? Seguro que sí.

3 comentarios:

Sonia Aldama dijo...

Enrique, me da pena que cierres el taller de escritura, yo fui alumna y no sé si aprendí a escribir, pero que aprendí mucho de vosotros y que conocí a personas que no podré olvidar nunca, eso lo puedo jurar.
Muchos besos,
Sonia

Enrique Páez dijo...

A mí también me da pena, Sonia. A fin de cuentas hubiera preferido hacerle una fiesta de puesta de largo a la niña guapa que cumple 15 años, en lugar de un entierro. Pero aún quedan sus hijos y sus hijas. Tú, por ejemplo.
Besos,
Enrique

Enrique dijo...

A mí, mi querido Enrique P, me parece tan hermoso lo que hiciste que ahora, trabajando como profesor en la Escuela de Escritores, no puedo menos que sentir la belleza de lo que creaste aquel año y agradecértelo. Y si ahora cierras ese ciclo es porque hay otros que están floreciendo.

Gracias, Enrique, de corazón.
Enrique Valladares.