miércoles, 23 de enero de 2008

Los cúmulos estelares

Hay especialidades raras. No digo ya las gastronómicas, porque aún me acuerdo del plato de chinicuiles (gusanos fritos en mantequilla) que me comí en un restaurante carísimo de Puebla: estaban hinchados, huecos por dentro, y con un cierto sabor a ganchitos infantiles, o gusanitos de queso. De segundo, para no desentonar, nos pedimos un plato de saltamontes al horno y hormigas chicatanas tostadas. No, no, yo me refiero a especialidades curriculares, a ramas de estudio, a desvaríos de la mente. Mi hermana Esperanza, por ejemplo, dedicó su tesina a estudiar La rama horizontal de los cúmulos estelares, que son las estrellas más antiguas y calientes del universo, y no esas guarras de Hollywood, las Paris Hilton o Jenna Jameson, porque las estrellas de ese universo que observaba Esperanza a través de los telescopios nocturnos eran mucho más ardientes: por encima de los 200 millones de grados Kelvin, más o menos. Dónde va a parar.
Cuando yo estudiaba en la Complutense, una de las posibilidades que tenían los frikis (entonces eran dilettantes) para cabrear a sus padres, era la de matricularse en la especialidad de Filología semítica, o Bíblica trilingüe, que era declaración firme y clara de que los estudios universitarios no servían para nada. Además había un catedrático, cuyo nombre he olvidado, que impartía la asignatura optativa El código de Hammurabi. Cada año tenía, como mucho, tres alumnos. El profesor estaba especializado en la columna cuarta del Código, y conseguía que los alumnos, durante una año entero, elaboraran un extenso trabajo, o hasta una tesis doctoral, sobre la cuña tercera, o la quinta, de la columna cuarta del Código de Hammurabi. No daba tiempo para más, qué agobio.
Otro de mis profesores, del que guardo un buen recuerdo, fue Francisco Yndurain, padre de Domingo, que más tarde también dio clase allí, aunque con mucho menos ingenio. En segundo éramos casi doscientos alumnos, y don Francisco dividió a toda la clase en grupos de cinco para que, durante todo el año, organizados en cuadrillas para abarcar todas las páginas, cotejáramos las variaciones de los puntos suspensivos en las distintas ediciones hechas en vida del Diario de un poeta recién casado, de Juan Ramón Jiménez, y dedujéramos consecuencias. Eso sí que era hilar fino. Se ve que don Francisco era el padre de todos los frikis que en el mundo han sido.
Pero no. Qué va. Los hay peores. Un grupo de estudiosos sesudos, capitaneados por el catedrático de latín Agustín García Calvo, y entre los que estaban el escritor Rafael Sánchez Ferlosio, el filósofo Fernando Savater, el psicoanalista argentino Jorge Alemán (ex Grupo Cero), el poeta loco Leopoldo María Panero, y otros cuarenta asistentes más, nos reunimos durante tres años todos los miércoles por la tarde en una cafetería de Juan Bravo, luego en La Aurora (calle Andrés Borrego) y finalmente en el Manuela (Calle San Vicente Ferrer) para estudiar el origen de los deícticos en el castellano, y como consecuencia, la imposibilidad de conjugar el mundo del que se habla con el mundo en el que se habla. Tres años dándole a la pelota con ese tema. Con dos cojones.

3 comentarios:

Esaque dijo...

Y es que también hacen falta para los cúmulos mundanos estudiosos con un par. Te apoyo y hasta te envidio un poquito.

Juanfran dijo...

"...cotejáramos las variaciones de los puntos suspensivos en las distintas ediciones hechas en vida del Diario de un poeta recién casado, de Juan Ramón Jiménez, y dedujéramos consecuencias".

Las consecuencias no me las puedo ni imaginar, pero seguro que fueron irreversibles. Nadie se puede quedar igual después de eso. XDD

Entre lo de los ataúdes con forma de perrito caliente, Rasputín, y ahora los bíblicos trilingües, te está quedando un blog cojonudísimo.

Un abrazo.
Juanfran.

Enrique Páez dijo...

Bienvenida, esaquetieneunblog, y que además es un blog personal y divertido, como debería ser la vida misma.
Hola, Juanfran, cuánto tiempo. Espero que sigas escribiendo a espaldas y a pesar del jefe. A ver si estrenas tu blog.
Abrazos,
Enrique