jueves, 10 de enero de 2008

La arquitectura del sueño

Tras la muerte de Gonzalo, durante años me desperté dando gritos después de soñar que vivía en un sótano, al que accedía a través de un ascensor vertiginoso. La oscuridad de aquel pozo era tan densa que no podía verme las manos hasta que me palpaba la cara. Luego soñé que estaba inmóvil, desnudo y boca abajo, dando botes con la cabeza sobre el alto taburete de un bar de carretera. Empecé a psicoanalizarme, y el doctor Blanco me dijo que la parálisis era herencia de familia. Gracias a Freud, a los siete meses ya me había trasladado a vivir al sótano de la pizzería Sandos, a la que descendía a través de unas largas escaleras empinadas. Dos años después, a razón de tres sesiones semanales, conseguí plaza en un semisótano del cementerio de la Almudena, y a través de un breve ventanuco horizontal que flotaba junto al techo podía ver las botas militares embarradas, y el dobladillo de los pantalones de los que pasaban cerca del panteón donde estaba escondido. Fueron tiempos difíciles. Marisa se fue de casa, y seguí hurgando cinco años más hasta que soñé que los grises me perseguían, pero que yo esquivaba sus porras moviendo mi silla de ruedas escaleras arriba, hasta burlarme de ellos con un matasuegras desde el tercer piso de un centro comercial. “Ya te mueves”, me dijo el doctor Blanco antes de darme el alta, “ya solo te falta escribir”. Y en eso estamos.

Me envía mi hermana china, Berna Wang, lamiradaoblicua.bitako.com, unos micropoemas hermosos como desvanecimientos. Gracias, Berna.
Esteban Cortijo, desde el Ateneo de Cáceres, me recuerda que nos hemos prometido un viaje juntos a Portugal con Piti, para comer caldeiradas y zapateiras con vino verde junto al mar, y navegar a bordo de molinceiros por la ría de Aveiro, y rendir honores a la Venecia portuguesa. Que sea pronto.
Y Ana Victoria desde Costa Rica, la Nena y Alekos desde Barcelona, Nacho desde Buenos Aires, Basilio desde Canarias, y Elías, Emilio, Lara, Jorge, Javier y unos cuantos alumnos y alumnas desde Madrid, me felicitan el año y el blog. Aunque casi no me acuerdo, he debido ser bueno en algún momento de mi vida, porque si no, de qué.

Bea se ha bajado la mesa de estudio que tenía en el altillo, y la ha plantado en ángulo recto a cuatro metros de la mía. Dice que así me acompaña. Tengo suerte, qué duda cabe: con solo levantar los ojos la veo inclinada sobre su portátil; y detrás, al fondo, el ventanal que da sobre el río Ambroz, entreverado por las ramas deshojadas de los alisos y las acacias. Pesándolo bien, he sido bueno de cojones.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Querido Enrique

He descubierto tu blog gracias a la China Mala. No se si te acordaras de mi. Cuando era un ser humano fui alumno tuyo. Ahora convertido en elefante, me llamo Tiburcio Samsa y soy mucho mas feliz. Odio recordar mis tiempos de humano, pero me alegra reencontrar a los amigos (y maestros).

Enrique Páez dijo...

Tiburcio, amigo, me alegra que seas feliz. Has debido de ser muy bueno en tu anterior vida humana, y por eso ahora tienes de premio un elefante con la trompa larga. Pero haces bien en recordar a tu antepasado Samsa, ilustre y humilde a un tiempo.
Sé bienvenido, y dales besos de mi parte a la mala china, que la imagino levitando en la sierra de Aragón.
Enrique

Bea dijo...

Si, has sido muy bueno. Y serás premiado como supervisor de nubes, tumbado en una hamaca de cara al cielo.

Anónimo dijo...

Ahora que me había acostumbrado a no echarte de menos, apareces con estos textos y yo, que tengo cierta tendencia a la adicción, voy y me engancho.
Como diría mi amigo Enrique Páez, hay que joderse
;-D
Un beso,
a los dos.
Lara

Anónimo dijo...

Con la llegada del nuevo año me ha sucedido una cosa extraña, sucede que cuando el aburrimiento de la oficina me puede, acabo por recordar que Enrique (Enrique uno de los pocos lectores con que cuentan mis relatos, al que, también por eso, guardo especial ternura) está escribiendo un blog, así que miro a ambos lados y aprieto el ratón sobre el iconillo de Internet. Y también me gusta eso, el saborcillo de lo prohibido y hecho a destiempo, pero casi de inmediato se me olvida porque la lectura me absorbe. Después tengo que volver a lo de siempre, pero mañana habrá más.

Un beso para los dos,
Carmen

Quizá algún día me encuentre con sus padres en Santander, cuando vaya a ver a mi abuelo, que también tiene su mitad de los 180 años y que también vive en una residencia cerca de Puerto Chico. Pero no creo que me atreva a decirles que les reconozco por la foto.

Edgar Quinet dijo...

Es un placer dejarme caer por tu blog. Hace muuuuchos años te hice una entrevista que se publicó en DELIBROS con motivo de la publicación de tu manual de técnicas narrativas de SM. Luego también me dejé caer por tu taller y conocí a Zapata (oh grande!) y aprendí a desaprender.

Nada más. Te mando un saludo y ánimos para que no dejes de bloguear.

Enrique Páez dijo...

Gracias, Carmen. Ojalá tu abuelo se haga amigo de mi padre.
Felicidades por tu blog, Edgar. Es de los más (in)sensatos.